50 años tras el telón de Bellas Artes

Una enorme cortina de metal se levanta despacio. Parece la de un local comercial cualquiera, hasta que detrás de ella comienzan a aparecer las butacas rojas, los arcos de mármol de los balcones, el palco presidencial, los asientos del primero y segundo piso y, finalmente, si la mirada sigue el trayecto hacia el techo, el vitral de la cúpula de Bellas Artes. Esa es la imagen que aparece todos los días frente a don Jorge, haya funciones o simplemente ensayos en el recinto artístico más importante del país; ese es el escenario opuesto que, con público o sin él, ha visto durante los 50 años que lleva trabajando en ese lugar.

En uno de los costados del oscuro espacio donde cuelgan las bambalinas, don Jorge Peláez revisa el programa de funciones que tiene para la semana. Este día no hay presentaciones ni ensayo, pero su labor como jefe de foro del Teatro de Bellas Artes continúa. Él se encarga de coordinar los talleres ­–áreas de trabajo– que hacen posible una puesta en escena, desde la tramoya hasta el maquillaje y sonido, por lo que es necesaria su presencia en casi todo momento.

“Lo que más me gusta es ver cómo se levanta una casa o un edificio dentro de este espacio”, comenta el hombre de pelo cano y lentes de pasta, quien, a pesar de haberse jubilado desde hace 20 años, no ha podido separarse del teatro.

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Recuerda que entró a trabajar a Bellas Artes en junio de 1965, cuando tenía 23 años de edad. Había estudiado la carrera de Dibujo en la Academia de San Carlos y, poco después, un familiar suyo lo llevó a explorar ese mundo que había detrás de lo que él, hasta ese momento, sólo había apreciado como cualquier otro espectador.

“Ya conocía Bellas Artes desde pequeño. Nos trajeron a una función de teatro infantil cuando tenía unos 12 años de edad. Por eso, al llegar a esta parte que no es tan majestuosa (detrás del escenario), no me sentí muy impresionado”, relata el experimentado trabajador mientras da unos pasos sobre los escotillones que guardan, siete metros abajo del escenario, las paredes de la concha acústica empleadas cada vez que hay una presentación musical.

Don Jorge entró a laborar al área de producción y desde entonces ha visto pasar a su lado, entre los pasillos y telones de fondo, a artistas de la talla de Luciano Pavarotti, Plácido Domingo o Maya Plisétskaya, así como a cientos y cientos de directores y músicos de orquesta reconocidos que han pisado el escenario del que actualmente es responsable.

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Él no pertenece a la generación que puede dar testimonio de los trabajos que realizaron Rivera, Siqueiros, Orozco o González Camarena cuando pintaron los murales del vestíbulo de Bellas Artes; sin embargo, por lo que le contaban algunos compañeros que trabajaron desde antes en el recinto, supo más o menos cómo fueron las jornadas de aquellos artistas.

“A Diego Rivera le gustaba trabajar durante las noches y casi nadie de los que laboraban en Bellas Artes quería permanecer en vela con él. Sólo hubo una persona que se quedaba a apagar las luces cuando Diego se retiraba”, relata. Se trataba del maestro Galicia, quien trabajó en el palacio desde que fue inaugurado, en 1934, hasta hace aproximadamente cinco años, fecha en que la muerte lo retiró de su labor.

Este hombre del que platica don Jorge ha sido de las pocas personas homenajeadas en pleno escenario y probablemente esa ceremonia, dice, es uno de los momentos más emotivos que recuerda haber vivido como trabajador de Bellas Artes.

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EL PASO DEL TIEMPO

Durante los años que lleva trabajando en el recinto, don Jorge ha sido testigo de algunos cambios en la dinámica de su trabajo. “A veces siento feo que la tecnología vaya desapareciendo oficios. Por ejemplo, los realizadores de telones, los que dibujaban los bocetos, han sido reemplazados por proyecciones digitales”, comenta don Jorge y lleva su mirada hacia las estructuras de madera que se utilizan para la tramoya de la obra Viva la mamma, de Donizetti, que actualmente está en cartelera.

Además, dice que algunos cantantes de ópera le han llegado a pedir “un micrófono para sus presentaciones, lo que me parece increíble, pues personas como Caruso llenaban una plaza de toros sólo con su voz, sin necesidad de bocinas”. Pero lo que a su parecer se ha perdido más “es la actitud de reclamo, de parte del público, por un buen espectáculo”, pues antes, afirma, había un sentido más crítico en torno a lo que veían los espectadores.

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Por otra parte, las transformaciones en el mundo laboral de don Jorge han sido las del aspecto físico del Palacio de Bellas Artes, como fue la construcción del estacionamiento subterráneo para 1993 y las recientes remodelaciones en su interior.

Entre 2008 y 2010 se renovaron plataformas, tramoya, escenario, foso, iluminación, acústica, cabinas y butacas, como parte de la mayor intervención hecha a su teatro y sala de espectáculos, desde que se construyó el palacio. Sin embargo, por fallas detectadas después de ser reinaugurado por el entonces presidente Felipe Calderón, en noviembre de 2010, el recinto se vio obligado a cerrar de nueva cuenta sus puertas al público y no las volvió a abrir hasta 2012. Para estos últimos trabajos se invirtieron alrededor de 700 millones de pesos, según informaron autoridades de Bellas Artes a principios de 2014.

A diferencia del año pasado, cuando se conmemoraron los 80 años del Palacio de Bellas Artes –con una gran cantidad de eventos y más de mil recorridos y entrevistas ofrecidas a medios de comunicación de México y otros países, de acuerdo con personal de este lugar–, un día antes de que el recinto cumpla 81 años y que los trabajadores tengan su día de asueto, todo luce en calma. De pronto comienza a bajar un telón negro, no con el que se cierra el escenario, pero sí con el que va terminando la función del día para don Jorge.

(Fotos: Alfredo Boc)

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Inició su carrera periodística hace cinco años en El Universal. Ha colaborado en los suplementos Domingo y Confabulario. Se considera apasionado de la Ciudad de México, de su pasado y de las historias que la habitan, más aún si son mera fantasía.