Carlos Santamaría, el niño que ama la Química y estudia en la UNAM

Sobre la orilla de un estanque rectangular, vacío como casi todos los que hay en Ciudad Universitaria, el pequeño Carlos Santamaría Díaz camina acompañado de uno de los reporteros que han acudido a entrevistarlo. Detrás de ellos aparece El retorno de Quetzalcóatl, mural que dejó plasmado en 1952 el pintor y escultor José Chávez Morado en el antiguo edificio de Ciencias, inmueble donde ahora se encuentra la Facultad de Diseño Industrial de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM).

Aunque es disperso –casi nada, si se toma en cuenta que tiene nueve años de edad– y aprovecha en cuanto puede para correr, llegado el momento, Carlos atiende cada una de las preguntas que se le formulan. De vez en vez toca la cubierta esponjosa del micrófono que le da curiosidad. No habla demasiado, es más bien conciso en sus respuestas, básicas, pero suficientes para dejar en claro lo que piensa acerca de sí mismo. “Yo sólo soy un niño que hace lo que le gusta hacer”, sostiene el pequeño de piel clara y cejas desvanecidas que desde hace ocho meses, cuando se inscribió en un diplomado en Bioquímica y Biología Molecular, ha llamado la atención de los medios informativos al ser considerado un ‘niño genio’.

Carlos va a clases de atletismo, le gusta la natación, el béisbol, el chocolate y los videojuegos de Mario Bros. Lo único que pareciera no embonar con el modelo típico de un pequeño de su edad es la pasión que tiene por la Química, así como el hecho de que no asiste a una primaria, sino que cursa la escuela en línea, es decir, vía internet.

Fabián Santamaría, padre de Carlos, asegura que él y su esposa tuvieron que buscar un lugar en el que su hijo se pudiera desarrollar plenamente, pues las escuelas donde había estudiado, tanto en México como en España, no eran los sitios idóneos, ni para su aprendizaje, ni para las inquietudes que ha tenido el pequeño desde que prácticamente estaba en la cuna.

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“Cuando volvimos de España hace un año, con un conflicto muy fuerte que era saber qué hacer con mi hijo, primero busqué una respuesta en la SEP, pero como él me insistía que quería estudiar Química, yo lo traje a conocer Ciudad Universitaria y cuando llegó aquí, se transformó”, relata don Fabián.

Después de que sus padres hablaron con autoridades de la Facultad de Química, Carlos Santamaría fue aceptado en el Diplomado en Bioquímica y Biología Molecular para la Industria Farmacéutica y Biotecnología, que se imparte en esta institución de estudios superiores.

Las clases comenzaron para el niño de nueve años en agosto de 2015 y terminaron en febrero de 2016, obteniendo las siguientes calificaciones: 10, en el módulo de Estructura de Proteínas; 8, en el módulo de Métodos de Purificación y Análisis de Proteínas, y 9, en el módulo de Principios de Biología Molecular y Expresión de Proteínas.

Ahora sólo le queda completar un módulo que tiene que ver con cuestiones legales, y ya se está preparando para hacerlo, dice su papá. Mientras tanto, el pequeño sigue asistiendo a clases de Álgebra Superior, invitado por el Departamento de Matemáticas de la Facultad de Química.

La idea, comenta su papá, es ver cómo se desempeña en las aulas, bajo un sistema universitario y con los temas que siempre le han gustado, sin importar lo que se diga de su hijo. En caso de que ocurra de manera positiva, continuarán las gestiones en torno a la situación académica de Carlos.

De acuerdo con directivos de la UNAM, los diplomados que imparte esta institución están abiertos a cualquier persona. Por otra parte, el Reglamento General de Inscripciones de la UNAM señala en su apartado Materias Aisladas: “Las solicitudes para cursar solamente materias aisladas en el nivel licenciatura podrán autorizarse cuando haya cupo en los planteles y grupos respectivos y cuando los solicitantes tengan antecedentes suficientes, a juicio de los directores de las facultades y escuelas que se trate”.

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¿SOBREDOTACIÓN INTELECTUAL?

De acuerdo con datos del Sistema para el Desarrollo Integral de la Familia de la Ciudad de México (DIF-CDMX), institución que dirige desde 2014 el Programa Integral para el Diagnóstico y Atención a la Sobredotación Intelectual (PIDASI), el gobierno capitalino brinda atención a un total de 101 niños y adolescentes, de entre seis y 14 años, identificados con estas características. La cantidad de niños registrados en este programa, sin embargo, es muy pequeña si se compara con la de los posibles casos que, detectados o no, podrían existir en toda la entidad.

“La Federación Iberoamericana del World Council for Gifted and Talented Children ha mostrado el dato de que aproximadamente 2% de la población infantil presenta características de sobredotación intelectual. En este sentido, se ha calculado que en la Ciudad de México podría haber más de 27 mil niños y niñas con estas mismas características”, señala Gamaliel Martínez, director general del DIF-CDMX.

Para definir si un niño es sobredorado intelectual, el DIF-CDMX, así como diferentes instituciones de todo el mundo, se basan en las pruebas o tests que miden el Coeficiente Intelectual (CI) de los niños, como la Wechsler. El rango promedio a partir del cual se distinguen o separan los casos más sobresalientes varía según la media de una población determinada.

En el caso específico de los niños que son atendidos por el PIDASI, los coeficientes van desde los 130 hasta los 160 puntos alcanzados. A estos niños se les proporciona atención psicoafectiva y también son integrados a diversas actividades que ejercitan su potencial creativo. Aunque, a decir de expertos, no deben confundirse ni la creatividad ni las buenas calificaciones con la sobredotación intelectual, incluso este último concepto es empleado con ciertas reservas por pedagogos y psicólogos.

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De acuerdo con Gerardo Ortiz, especialista en temas de procesos educativos y profesor titular de la Universidad Pedagógica Nacional (UPN), “pareciera que la noción de sobredotación intelectual en México es para un niño que puede cumplir con todos los espectros y esquemas cognitivos, de una manera más compleja que todos, y lo que encontramos en quienes son considerados sobredotados es que muchas veces son muy hábiles en una cosa, pero no necesariamente en todas”.

Por lo anterior, la Secretaría de Educación Pública (SEP) se refiere a los niños con sobredotación intelectual como alumnos con aptitudes sobresalientes. En la página web de la Dirección de Educación Especial de esta institución, que se encarga de atender estos casos, define a estos últimos como:

“Aquellos (alumnos) capaces de destacar significativamente del grupo social y educativo al que pertenecen, en uno o más de los siguientes campos del quehacer humano: científico-tecnológico, humanístico-social, artístico y/o de acción motriz. (…) Requieren de un contexto facilitador que les permita desarrollar sus capacidades personales, y satisfacer necesidades e intereses para su propio beneficio y el de la sociedad”.

EL PANORAMA EDUCATIVO

Otro caso de sobredotación intelectual, que en su momento causó gran revuelo tanto en la Ciudad de México como en otros países, fue el del capitalino Andrew Almazán, quien, en 2007, a los 12 años de edad, comenzó a estudiar las carreras de Medicina y Psicología, simultáneamente. Por esta situación y por haber cursado los niveles de educación básica, media y media superior con excelencia académica, fue considerado por diferentes medios informativos y canales de televisión internacionales como “el niño genio mexicano”.

En la página de internet del Centro de Atención al Talento (Cedat), donde actualmente Andrew se desempeña como director del Departamento de Psicología, se lee: “su graduación como licenciado en Psicología, el 18 de agosto de 2011, lo convirtió, según registro de la World Records Academy, en el ‘más joven psicólogo del mundo’. Asimismo, al concluir la licenciatura en Medicina a sus 19 años, se convirtió en uno de los más médicos más jóvenes en América”.

Para obtener esta mención, así como para poder ingresar al Doctorado en Innovación Educativa en el Instituto Tecnológico y de Estudios Superiores de Monterrey (ITESM), Andrew tuvo que adelantar grados escolares por medio de exámenes, pues el modelo de educación tradicional que ofrece la Secretaría de Educación Pública (SEP) no satisfacía, tal y como ahora ocurre en el caso de Carlos Santamaría, sus condiciones especiales de aprendizaje.

Los niños con sobredotación intelectual “van avanzando muy rápido y no les basta con lo que ven en las escuelas”, explica el profesor Gerardo Ortiz, y en esto coincide el padre del pequeño Carlos: “No todas las personas asimilan las cosas al mismo tiempo o con la misma profundidad. Es lo que le pasa a Carlos. Él podría estudiar la primaria perfectamente si le dieran los temas con la profundidad que los necesita, como ahora lo hace en la Facultad de Química”.

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Para Ortiz, quien no conoce a Carlos en persona pero está al tanto de lo que ocurre con él, por lo que los medios informativos refieren de su desempeño académico y la relevancia del caso en torno a los procesos de enseñanza y aprendizaje, no sólo en la capital sino en todo el país, refiere que lo importante para estos menores con aptitudes sobresalientes es abrirles espacios que no los alejen de su realidad social, pero que sí atiendan sus peculiaridades cognitivas.

“Cuando a los niños se les aísla de la escuela, si bien pueden potenciar al máximo sus capacidades intelectuales, lo que se va a poner en ‘tela de juicio’ siempre va a ser el aspecto social. Esto podría generar fugas de cerebros en el sistema educativo mexicano. Eventualmente esos niños van a terminar yéndose del país”, señala el profesor.

En cambio, opina Ortiz, si a estos niños se les inserta en el sistema educativo, con la posibilidad de ir adelantando cursos, ir tomando materias y haciendo otras actividades, lo que se puede lograr es ver que tienen la capacidad de avanzar en otros rubros.

“Me parece que en el caso de Carlos, podría tomar cursos esenciales para que él mismo viva su niñez como alguien prometedor, pero no disociado de la realidad social, con todo lo caótico que pueda ser el sistema educativo y la violencia que se viva dentro de las escuelas. Lo ideal es que niños como él asistan dos o tres días a escuela regular y dos o tres días a algún programa de rendimiento distinto”, dice.

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“APENAS VIENE LO BUENO”

El diplomado en Bioquímica y Biología Molecular le dejó varias cosas buenas a Carlos Sanatmaría. Una de ellas, dice, fue darse cuenta de que la UNAM es una institución “muy buena, la mejor escuela a la que he ido”. Lo que más le gusta de la máxima casa de estudios, específicamente de Ciudad Universitaria, son sus áreas verdes y la calidad de la educación.

Don Fabián también notó un cambio en su hijo después de que éste tomó el diplomado en la Facultad de Química. “Carlos ahora duerme mejor, está más contento, más pleno, más seguro de sí mismo”, refiere el hombre, aunque también reconoce que apenas “viene lo bueno” en cuanto al futuro académico del pequeño, pues considera que ni en la Ciudad de México ni en el resto del país existe un sistema educativo que se adapte a lo que requiere un niño de las condiciones de Carlos.

“Nos hemos acercado con varios especialistas, incluso con funcionarios públicos, pero vimos que eso no nos iba a aportar nada. En cambio, en la UNAM, Carlos tiene el cariño de la comunidad universitaria gracias a sus méritos académicos. Le gusta venir a clases, tiene amigos, le gusta hacer bromas y saca buenas notas”, señala.

En este sentido, Gerardo Ortiz acota que no es lo mismo estudiar mucho de una cosa y aprender sobre esa cosa en términos de adquirir datos, conocimientos de ella, a construir un juicio que le permita tomar decisiones respecto a su disciplina.

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“La inteligencia como constructo contemporáneo se piensa mucho más que en la capacidad de resolver problemas, en la capacidad de plantear problemas, poder reflexionar, identificar necesidades y, a partir de ello, generar propuestas. Es ahí donde toma sentido la sobredotación intelectual; cuando el niño no solamente sabe mucho, sino tiene la capacidad de problematizar”, explica el pedagogo y académico.

Mientras las definiciones se formulan o se reformulan, mientras otros más estudian en sus aulas al ritmo habitual que marca el sistema educativo tradicional de México, Carlos Santamaría sigue atendiendo las preguntas de los reporteros en Ciudad Universitaria. Ahí, separado de su hijo, don Fabián dice:

“Yo lo único que sé es que Carlos viene (a la universidad), que le entiende, que le gustan los temas de Química. Sale de la clase como si fuera a Disneylandia: contento, reconocido por los maestros y por los compañeros. En la casa está motivado, es bromista. Como padre, para qué necesito el diagnóstico (de sobredotación intelectual). Si mañana me dicen, no lo es y tu hijo obtuvo estos logros académicos siendo ‘normal’, pues adelante. ¿Qué más da?”.

Hasta ahora no ha pasado mucho desde que Carlos caminó acompañado de algún reportero sobre la orilla del estanque sin agua, en sentido contrario al que apuntan todos los hombres de las diversas civilizaciones que hay en el mural de Chávez Morado, quienes tienen fija su mano en la misma dirección que el Quetzalcóatl.

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Inició su carrera periodística hace cinco años en El Universal. Ha colaborado en los suplementos Domingo y Confabulario. Se considera apasionado de la Ciudad de México, de su pasado y de las historias que la habitan, más aún si son mera fantasía.