“Datos duros”, por @DRabasa

SÍGUEME EN @drabasa

En una época en la que un baile que celebra el estilo de vida de los mirreyes región Corea (Gangnam Style), o la simple imagen de una ardilla con gesto de sorpresa obtienen millones de vistas en Youtube, historias como la del músico Sixto Rodríguez resultan difíciles de creer.

En 1970 el músico norteamericano, hijo de inmigrantes mexicanos, Rodríguez graba su primer disco (Cold Facts) y a pesar de que recibe algunos tímidos elogios, para los principales actores de la industria musical el álbum pasa como lo hace un fantasma en medio de una multitud.

El documental Searching for Sugar Man, traído a nuestro país por Ambulante y estrenado en el circuito de salas comerciales el pasado fin de semana, nos cuenta que mientras Rodríguez vivía en las esferas lumpen que lo vieron nacer en Detroit, Michigan, cargando refrigeradores sobre su espalda, sus canciones eran interpretadas como himnos de resistencia en contra del apartheid sudafricano. En un aviso moderno de cómo habría de funcionar la música en el futuro (la piratería ayuda a que la música viaje, se conozca y luego los músicos hacen caja con presentaciones multitudinarias en vivo), Rodríguez encuentra su público gracias a que una mujer le llevó a su novio en Sudáfrica una copia de Cold Facts y luego el disco se multiplicó en cientos de miles de copias.

 

Testimonios que aparecen en el documental, aseguran que Rodríguez, en su tiempo, fue más grande que Dylan o los Stones en ese país africano. Como todo ídolo se cubrió de leyendas: que si se había inmolado, que si se había disparado en la cabeza durante una presentación en vivo, que si, que si, que si. Su figura se encumbró hasta alcanzar niveles de héroe mitológico moderno. La escena en la que finalmente da un concierto en Sudáfrica y tiene que esperar diez minutos para poder empezar a cantar por los estruendosos alaridos de la gente es un momento épico en el cine documental.

Después de haber sido sepultado por el olvido, de haber sido ignorado por sus contemporáneos, Rodríguez encuentra el reconocimiento que merece. Pero lo más impresionante del filme no está en el lado cenicientesco del asunto, sino en la impávida actitud de Rodríguez ante su tardía fama. La antítesis del hombre y la mujer de nuestro tiempo obsesionado, obsesionada con dejar un legado en el mundo. Con que éste lo, la reconozca por las enormes virtudes que muy en el fondo él, ella sabe que tiene.

 

http://youtu.be/m3XLiGw4MKo

Un dolor que de no ser por las artes, por la música en este caso, convertiría la experiencia de vida un trasiego insoportable desde la nada hacia ninguna parte.

 

¡Anímate y opina!

[email protected]

*Diego Rabasa es parte del consejo editorial de Sexto Piso y del semanario capitalino La semana de Frente.

(Diego Rabasa)

Compartir
Artículo anterior“Difama, que algo queda”, por @dmorenochavez
Artículo siguiente“Iztapalapa invicta”, por @JorgePedro