“El falso caníbal” por Alejandro Almazán

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Hace días en la Feria del Libro de Minería hojeé un libro que habla sobre los asesinos seriales. Había dos chilangos: Goyo Cárdenas y José Luis Calva Zepeda. El primero violaba y estrangulaba a las mujeres, entre otras monerías. Pero el caso de José Luis ha sido una de las grandes mentiras de la nota roja mexicana.

Les cuento desde el principio: el 13 octubre de 2007, José Luis fue arrestado en la colonia Guerrero. En el refrigerador tenía a su novia Alejandra, destazada. Gustavo Salas, entonces fiscal de homicidios, contó a los medios una historia que no tardó en provocar escalofríos: José Luis se estaba comiendo poco a poco a la chica. La prensa no tuvo otra cosa mejor qué hacer que arrojar al pobre tipo a los tiburones.

Lo apodaron el Poeta Caníbal y hasta lo compararon con el Doctor Lecter. Amante de estos personajes insanos, fui con el fiscal Salas.

Por simple memoria, sabía que Salas había estado involucrado en el famoso caso de la finca El Encanto, donde el ex fiscal Pablo Chapa Bezanilla quiso vendernos el cuento de que a través de María Zetina la Paca, una bruja de barriada, habían encontrado los restos de Manuel Muñoz Rocha, supuestamente autor intelectual del asesinato de José Francisco Ruiz Massieu.

Así que llegué con el fiscal. Salas habló con tal elocuencia que llegué a creer en la inocencia de la Paca y en la culpabilidad de José Luis. Mis agentes están investigando, búscalos, me dijo.

Uno de esos policías era un tipazo del que un día les contaré: el comandante Hugo Moneda. Con el tono de quien está acostumbrado a no mentir, Moneda me dijo: No pierdas el tiempo, este cabrón nomás es un pinche naco asesino. Pero el fiscal dice otra cosa, comandante, no la joda. Moneda soltó una risita y luego me preguntó: ¿Sabes que Salas tuvo que ver con lo de la Paca? Sí.

Esta historia es algo parecido; mira: José Luis mató y descuartizó a su novia; luego, mientras pensaba qué hacer con el cadáver, se comió una sopa Maruchan de camarón y un cereal, se bebió seis cervezas y se chingó dos rayas de cocaína; en la loquera, cortó unos veinte centímetros de lo que fue el antebrazo de Alejandra y lo guisó, le echó salsa Valentina y limón; cuando se lo llevó a la boca, no pudo tragárselo y lo tiró a la basura; ése es tu caníbal.

Volví a ver a Salas y le dije lo que había reporteado. Ya sabes cómo es de amarillista la pinche prensa, se excusó. Ni los medios ni el fiscal rectificarían públicamente. José Luis, obvio, terminó muerto —¿suicidio?, ¿asesinato?—, porque en la cárcel hay un código: hay que matar a las personas, pero tampoco hay que comérselas.

¡Anímate y opina!

axalmazan@hotmail.com

*Estudió comunicación en la UNAM. Ha colaborado en Reforma, Milenio y El Universal y el semanario Emeequis. Es tres veces Premio Nacional de Periodismo en Crónica. Autor de Gumaro de Dios, el caníbal, Placa 36, Entre Perros y El más buscado.

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