El amor en los tiempos de las sex shops

Sales del Metro y ves la Torre Latino apuntando como flecha al cielo. Sobre la banqueta de Eje Central te adhieres al desordenado, precipitado flujo peatonal. Das vuelta en 16 de Septiembre. No falta mucho para que llegues a la plaza comercial. Buscas el letrero que diga “Sex Capital” o “La Capital Mundial del Sexo”, pero no aparece por ningún lado de la acera. En cambio está la lona donde se lee “Plaza Cultural Olimpia”. ¿Habrá otra entrada por la calle Venustiano Carranza?, te preguntas mientras avanzas por los puestos de ropa, películas y gadgets que hay en el inmueble. Tienes la vista en todos lados. Nada. Sólo hasta que subes las escaleras eléctricas –que, por cierto, están descompuestas– tus ojos encuentran lo que crees que estás buscando: vibradores, lencería, juguetes que de alguna manera ya imaginabas… Te das cuenta que no hay mucha variedad.

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–“¿Qué es lo más ‘loco’ que tienes?”, le preguntas a la mujer que atiende.

– “Tengo este consolador que estimula paredes vaginales, el punto G y el clítoris, al mismo tiempo”, dice.

– “¿Cuánto cuesta?”.

No es necesario que te responda. La pequeña etiqueta que está en la caja dice: “1,100 pesos”.

– “Pero tengo otros desde 280 pesos”, lanza la oferta y saca un pene artificial de su empaque. “Este es más suave, mira, toca”.

No sabes qué hacer. “Es sólo un juguete. Es sólo un juguete”, repites en tu mente para soportar el receloso contacto de tu dedo con ese falo de ¿plástico?, ¿esponja? “Es de sensación real”, termina de acribillar tu pudor la mujer.

– “¿Y para los hombres, qué tienes?”, preguntas tratando de dejar atrás esa sensación que quedó en tu dedo.

– “Pues tengo estas vaginas y estos traseros”, voltea y señala las cajas que están en una de las paredes de exhibición.

¿Por qué no te dio a tocar esas nalgas artificiales?, piensas. Sabes que a esas no les hubieras puesto tantos peros. En fin. Le das las gracias y vas hacia la salida. Antes, en un puesto de tacos, te echas un poco de gel antibacterial. Limpias –o eso crees– tu dedo, pero no la sensación de suciedad. ¿Cuántos dedos, cuántas manos no habrán pasado antes por esa delicada textura? ¿Será igual que en Tepito? En el Barrio Bravo, te han revelado, venden juguetes sexuales usados.

Cuando abandonas la ‘Capital Mundial del Sexo’, sientes que tu visita no ha terminado. Algo te dice que aún hay más cosas por ver, que la oferta sexual en las calles del Centro Histórico no se queda en juguetes, películas pornográficas, ropa íntima. Alguien te ha dicho que las cabinas “de placer” no existen más, que el Gobierno capitalino las tuvo que quitar porque la prostitución se había “desatado”. Aun así no te resignas. Conservas la curiosidad de encontrar esos rincones –¿prohibidos?– de los que te han hablado, de los que has leído.

Caminas sobre Eje Central hacia Salto del Agua y te encuentras con tres edificios en los que, perdidos entre decenas de anuncios y mercancía tecnológica, apenas se distinguen unos pequeños letreros con luces de neón. Entras a la primera de esas plazas comerciales y lo mismo: sólo consoladores, bombas para mejorar la erección, lubricantes, condones…

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En el segundo de esos centros comerciales, sin embargo, te aguarda algo distinto. El local donde te paras tiene cientos de películas porno sobre varias mesas. Eso no es lo que hace diferente a este establecimiento de los que has visto, sino la mujer que está en el fondo. Una cincuentona, pelo recogido, lentes de pasta.

– “¿Te puedo ayudar en algo, amigo?”, te pregunta.

– “¿Tienen servicio de cabinas?”.

–“Sí. Trescientos el oral y 500 la penetración. Tú escoges la película y el servicio te lo hago yo”.

La mujer se acerca y descubres que bajo su discreto suéter de cierre guarda unos senos monumentales que –sepa qué grúa los levante– se mantienen erguidos. Mientras te muestra unas películas, sigues con la mirada el trayecto de sus anchas caderas y piernas.

– “¿Quieres que pasemos de una vez?”, suelta a rajatabla, como si supiera a la perfección los pensamientos que puede provocar.

–“No, ahorita no. Sólo quería saber el precio”.

–“¿Cuánto traes?”, pregunta con ánimos de negociar.

– “Cincuenta pesos”, le mientes. Tu ritmo sanguíneo se acelera al ver de nuevo sus senos.

– “Pues con eso puedes pasar a la cabina tú solo…”.

– “No, prefiero el servicio completo”, por fin te zafas.

–“¿Sí, verdad? Así solito qué chiste… Pues yo estoy tal y tal día, por si te animas”, te invita la mujer.

Sales del edificio, vas a la otra sex shop, preguntas los precios, ves las mismas cosas: vibradores, cabinas, lubricantes, muñecas –¡de nueve mil pesos!–, vaginas, traseros, ¡huevos masturbadores para hombres! –en realidad, sí hay más surtido aquí que en otros lugares–, pero sigue faltando algo. ¿Qué es?, te preguntas mientras vuelves a perderte en el flujo peatonal de Eje Central. Llegas a casa y revisas la cita de Borges que has guardado durante mucho tiempo –¿acaso para este momento?–: “Los espejos y la cópula son abominables porque multiplican el número de los hombres”. Sientes el mismo vacío. Al final, Borges no es un consolador, mucho menos el amor.

(Fotos: Roberto González, Cuartoscuro y Twitter)

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Inició su carrera periodística hace cinco años en El Universal. Ha colaborado en los suplementos Domingo y Confabulario. Se considera apasionado de la Ciudad de México, de su pasado y de las historias que la habitan, más aún si son mera fantasía.