“Jaywalking en el DF”, por @DKrauze156

Tras caminar a un café y de regreso detenerme para dejar pasar a un alud de automovilistas que ni siquiera amagaron con darme el paso, llegué a mi departamento y abrí Twitter para mentar madres. Harto de la descortesía chilanga, propuse un concepto innovador para el DF: dejar pasar al peatón. En cuestión de minutos, mi timeline de interacciones, generalmente desolado como el desierto de Atacama, se llenó de comentarios a favor y en contra de mi queja. Obtuve más de cien respuestas, de las que saqué opiniones interesantes.

Transitar por el Distrito Federal es un ejercicio intragable de frustración. Los automovilistas aceleran al ver la luz amarilla, la gente se estaciona en triple fila en espera de que un valet parking se apiade de ellos y los microbuses se detienen donde se les pega la gana. Pero nada más desesperante que la ignominia en la que viven los peatones. Crecí en una zona imposible de caminar. Tuve que mudarme a la Nápoles para constatar que en el D.F. el transeúnte es invisible. Las reacciones en Twitter indican que otros opinan lo mismo.

Aquí, los automóviles aceleran cuando ven a alguien cruzar la calle; prefieren ahorrarse dos segundos de su día que dejar pasar a una persona que camina por la raya de cebra. Basta con subirnos a un coche en otra ciudad autocéntrica como Los Ángeles para ver el respeto que merece el peatón. Independientemente de si una bocacalle cuenta o no con semáforo, los automóviles frenan en seco y esperan a que alguien camine de una esquina a otra.

Muchos usuarios también se quejaron del desorden que ocasionan los propios peatones, quienes aparentemente ven rayas de cebra pintadas en toda la calle y cruzan sin esperar la luz verde ni seguir el camino indicado. De nuevo, basta con visitar una que otra ciudad de EU para ver cómo se penaliza caminar durante una luz roja o a la mitad de una avenida. A esto los gringos le llaman jaywalking, y amerita un castigo en casi todas las metrópolis, salvo en Nueva York, como queda claro en Midnight Cowboy, cuando Dustin Hoffman golpea el cofre de un taxi que no le cede el paso, al inmortal grito de “I’m walkin’ here! I’m walkin’ here!”.

Lo interesante es que muchos usuarios de Twitter me indicaron que esta práctica no impera en el resto del país. En muchas ciudades del norte se le da el paso al transeúnte, quien también respeta los cruces y las señalizaciones. Supongo que es una conducta arraigada en su educación. Los chilangos no gozamos de esa vacuna vial; quizás por eso pensamos que la calle es un basurero o que es impensable no dejar tu coche al valet parking.

Tal vez valga la pena adoptar medidas punitivas, similares al alcoholímetro, que redujo los accidentes causados por borrachos en un 30%, según cifras de la policía del DF. Después de todo, la civilidad vial de Los Ángeles no es gratis. Una multa por jaywalking cuesta 190 dolaritos. Ahí nomás.

¡ANÍMATE Y OPINA!

Daniel Krauze (México D.F., 1982) escribe sobre demasiadas cosas, de las que sabe mucho menos de lo que cree, para poder pagar la renta. En el 2012 publicó “Fallas de Origen”. También edita el blog de cine de Letras Libres en línea. Tampoco lo hace particularmente bien.

(DANIEL KRAUZE)