“Un manojo de contradicciones”, por @FlorMK

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Son las diez treinta de la mañana y el sol emerge lentamente entre las nubes grises. En una o dos horas me dejará marcas rojas en todas partes pero mientras espero a Wenceslao frente al Ángel de la Independencia todo sigue en calma. Vemos pasar mariposones, señoritas conejo, y falsas María Félix. Un día atrás me advirtieron que lo que estaba a punto de presenciar no le envidiaría nada a los 120 días de Sodoma de Pasolini. En lugar de eso, estoy a punto de ver una extraña versión de la Guelaguetza. Es la 35 Marcha del Orgullo Gay de México.

Wences me explica rápidamente cómo está la situación: él, todo un experto en el tema, me introduce a las luchas ideológicas de los “históricos” frente a los “empresarios”, dos grupos de choque que buscan reivindicar la libertad de elección sexual en esta marcha pero por caminos disidentes entre sí: los primeros, a través de discursos complicadísimos que incluyen menciones a autores marxistas, leninistas y feministas. Por el otro, los que quieren demostrarle al mundo que todo les vale madres y que ser quienes son, aún siendo lo que nadie quería que fueran, es lo mejor. A este último grupo no lo veo por ningún lado. Wences me explica que ganaron los históricos.

Llega entonces su amigo Víctor Santana: los tres estamos aquí esperando algo para relatar en nuestras respectivas columnas. El terreno es árido: ellos se ocupan de la crítica, yo, como mera testigo, busco la escena escandalosa, inusual, pero no hallo nada, nada de lo que consideraría como tal en una marcha gay.

Wences me cuenta también que el gobierno del DF pidió que este año hubiera algo más de recato, menos música, menos ruido, menos escenas candentes, menos decadencia. El resultado, no hay carrozas ni limousines pintorescas sino una breve secuencia de personajes “atípicos”: hombres montados a caballo de sombrero, jeans y camisa blanca bordada que se hacen llamar vaqueros del centro de México. Luego un folklórico ensamble de [email protected] con huipiles, y por último, lo más hardcore: un grupo de chinelos tepoztecos. Mientras me recupero del shock veo pasar un camión de Morena haciendo proselitismo en la marcha.

En medio de la muchedumbre los únicos que nos hacen sentir que estamos en una marcha gay son personajes aislados: un trío de pitufos, angelitos, algunos travestis y un camión de la asociación de Osos, un grupo de gays unidos por su condición fornida y excesivamente pilosa.

Nos cruzamos con una feminista socialista que lleva una pancarta y suelta un discurso implacable que juzga de banal y neoliberal cualquier intento de expresar cualquier cosa que no esté anclada a una postura política. Huimos. Wences recuerda que fue precisamente un evento violento en un antro gay de Estados Unidos lo que inspiró la creación de las marchas del orgullo. La lesbiana socialista quizás se enfurecería si se lo recordamos, y quién sabe qué diría si hiciéramos memoria acerca de la actitud de los gobiernos comunistas hacia los homosexuales.

Caminamos desorientados. El sol está en su zenit y estoy a punto de abandonar la marcha. Pensamos que el mundo ahora, supuestamente más abierto, tiende cada vez más a la mojigatería, al conservadurismo; incluso los más contestatarios, en su furiosa defensa, pueden enceguecerse y dejar de ver que existen otras maneras de demostrar el descontento que no sea por medio de discursos implacables. La mayor contradicción de este tiempo, pienso, es que incluso los provocadores pueden terminar sirviendo al estatus quo, sin saberlo, en un acto de aridez total.

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Florencia Molfino es editora y reportera. Escribe sobre arte, arquitectura y sociedad. En la actualidad, prepara un estudio sobre cultura en México.

(Florencia Morfino)