Ciudad de necios | Terror en el Metro

metro juanacatlán

Necios que durante años no han sabido administrar ejemplarmente al Metro.

Subirse al Metro ya no es lo de antes. Cuando Chava Flores (para quienes no sepan quién fue ese astro del firmamento chilango, ¡Google!) le cantó a ese transporte de la Capirucha, no imaginó que los trenes se incendiaban, chocaban y, en unos años, causarían terror en sus pasajeros.

Es más, los chilangos mayores de 25 o 30 años hemos sido testigos de accidentes en ese sistema que nunca imaginamos que sucederían. Uno piensa que es normal ver algunos descarrilamientos leves. En todo el mundo ocurren sin consecuencias mayores. Es parte de la vida imperfecta de las máquinas. Pero luego vinieron choques de trenes… ¡porque los trenes fallaron! Entre errores humanos y los de las máquinas, el Metro evidenció el abandono en su mantenimiento. Dejaron de invertir en él, el dinero se desvío al sindicato y los gobiernos se concentraron en gastar en campañas electorales para retener el poder político. Las máquinas quedaron, insisto, en el desamparo.

Luego vinieron las lluvias y algunas estaciones colapsaron: las fotos mostraban a miles parados en pasillos, escaleras y andenes. Ni para atrás ni para adelante. Nadie podía salir ni entrar. Con miles enclaustrados en las estaciones colapsadas, no exagero. El arrimón era gratis; el manoseo, incontrolable; la excitación, indeleble.

Los cuerpos de los chilangos atrapados en las estaciones del Metro se mofaban de las leyes de la Física, porque varios cuerpos se fusionaban con otros. Ocupaban el mismo lugar en el espacio. Las inundaciones volvieron al Metro, que ya no era subterráneo, sino submarino: uno veía cascadas de agua puerca que resultaban insólitas y fascinantes. Cascadas “naturales” (porque es natural que ocurran cuando se descuida la infraestructura chilanga) en varias estaciones de la Línea 2, pero también de la 5 y de la 3.

Hasta que vino lo de la semana pasada: un tren salió de Juanacatlán, Línea 1, rumbo a Chapultepec. El tren paró bruscamente en pleno túnel. No estaba ni aquí, ni allá. Se estacionó en una especie de triángulo de las Bermudas entre estaciones. Oscuridad. La luz de los vagones no regresó. Algo olía mal. La gente comenzaba a toser. Era una película de terror que protagonizaron —sin querer— decenas y decenas de pasajeros. Protagonistas de una historia de miedo sin haberlo querido. Por cinco pesos. El humo se convirtió en más humo. La gente tosía cada vez más. En los videos de los pasajeros se observa a una señora, ya histérica, gritar que se iban a incendiar todos. El pánico, ingrediente estelar de cualquier película negra, entró por las ventanas en forma de humo y luego por las narices de los usuarios. Alguien sacó una botella de agua, “¡Mojen sus ropas y pónganselas en la boca!”. Alguien forzó la puerta. ¿Se electrocutará si pisa los rieles y baja a las vías? Alguien tocó con su pie los ejes. La energía no lo quemó. “¡Podemos bajar!”, alguien dijo. Y así fue. Forzaron las puertas para huir del humo, de lo que parecía un incendio, de lo que parecía la muerte, para huir de lo que nadie sabía qué era. El no saber es oro molido para el terror. El transporte que un día fue el más eficiente se volvió el más desamparado, sucio, descuidado y peligroso.

Los pasajeros bajaron a las vías y decidieron caminar entre las tinieblas de vuelta a Juanacatlán. Un joven se golpeó la frente con una caja metálica que no alcanzó a distinguir entre la oscuridad.

Él grabaría un video ya en el andén, con los ojos a medio abrir por la fuerza de la luz que le impactó después de los minutos en las tinieblas del túnel: “Nadie nos ayudó… las autoridades valen madre”. Sí. Los pasajeros estuvieron desamparados. Nadie los protegió. El Metro lleva años así: saqueado, abandonado, desamparado. Y cuando desamparas a una máquina, la máquina explota contigo dentro o junto. ¿En qué se gastaron el dinero? Hoy corremos en dirección a la estación La Chingada. ¿Qué coplas dedicaría Chava Flores al Metro desvencijado del 2017?

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Con 15 años de kilometraje en medios, cree que el rigor de la ironía y la seriedad de la risa pueden hacer un periodismo original.