Periodismo en zona de emergencia: entrevista a John Gibler

A PROPÓSITO DE LA RECIENTE APARICIÓN DE SU LIBRO UNA HISTORIA ORAL DE LA INFAMIA (…), EL PERIODISTA HABLA DE LAS COMPLEJIDADES DE EJERCER EL PERIODISMO EN MÉXICO

Ejercer el periodismo en México, especialmente el que intenta arrojar luz sobre las zonas más siniestras de nuestra sociedad, se ha convertido en un ejercicio heroico.

Además de pugnar por combatir las narrativas oficiales o las manipulaciones de los medios, periodistas como John Gibler nos ayudan a situar en su justa dimensión la dramática degradación social y política en buena parte del territorio nacional. A propósito del lanzamiento de su libro Una historia oral de la infamia. Los ataques contra los normalistas de Ayotzinapa, hablamos con Gibler, quien compartió con nosotros algunas de sus preocupaciones sobre el oficio del periodismo y la realidad nacional.

Desde que empezaste a trabajar en México hasta ahora, ¿cómo adviertes el cambio de clima para los periodistas?

Desde que empecé, más o menos en el 99 —que fue cuando vine por primera vez como voluntario para trabajar en Derechos Humanos hasta ahora—, todo se ha descompuesto de una forma terrible. En aquel contexto de finales de los noventa, un solo asesinato era noticia. “Masacraron a ocho personas” era una noticia de varias semanas. Se realizaban búsquedas, se iniciaban procesos, se establecían comisiones de investigación en la Suprema Corte, agencias internacionales hacían sus propios reportajes, etcétera.

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Ahora están matando a periodistas cada par de semanas, vamos a cumplir casi un año de que mataron a Rubén Espinosa y Nadia Vera aquí en la Narvarte y ¿qué tenemos sobre eso? El supuesto gobierno de izquierda del PRD sigue el mismo patrón de impunidad que la PGR. Tuvo un comportamiento muy similar al del caso de Iguala en cuanto a las filtraciones que realizó, la cooptación de columnistas, etcétera.

Y eventualmente la nada…

Exacto.

Apostar al paso del tiempo, como herramienta para que se disuelvan las tensiones…

Sí, sí. Guardar energía y un mes más tarde quién está hablando de que al parecer no solamente policías estatales y municipales —de tres municipios—, federales, y con el ejército mínimamente presente observando en todo momento, mutilaron a un joven estudiante, mataron a seis, siguieron a 40 y desaparecieron a 43 más, sino que desde la oficina de la Procuraduría General de la República se administra la tortura y la fabricación de testimonios. ¿Cómo es posible que eso no es el gran escándalo que tumbó a un presidente y a todo su gabinete? ¿Cómo es que los responsables de esa tortura no están siquiera bajo la mira?

Ahora que hablabas de las filtraciones y la cooptación de periodistas, ¿qué tanto crees que las narrativas que se establecen desde medios oficiales crean complicidades que nos impiden acercarnos a la verdad?

Una complicidad total, sistémica. No de los medios en general, pero de medios específicos y en el caso, por ejemplo de los ataques en Iguala, yo diría columnistas muy puntuales…

Y eso es muy serio, porque ese ruido impide que las personas puedan organizarse con información veraz.

Mucho, estoy totalmente de acuerdo. Yo creo que es parte de una estrategia; es sistemático, no es solamente algo que ocurrió una vez. Con los periodisas asesinados en Veracruz sucede todo el tiempo, un columnista que recibe la llamada de una persona de una oficina tal diciendo “Sabemos que tenía vínculos con la guerrilla”, “Sabemos que tienen vínculos con el narco”, y ese reportero lo publica sin pedir pruebas a cambio y en ese momento se vuelve parte de la nefasta estrategia del gobierno. Ya publicado y con la cita de una fuente ambigua forma parte de lo que dices, abona al clima de confusión, de lodo, de mierda, para que cuando alguien pretenda hacer una investigación seria, con datos puntuales del tipo “Oye, sabes qué, la Policía Federal estaba en esta esquina, la Policía Estatal en esta otra”, esto pasa a ser simplemente “otra versión”.

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Presentando el libro Una historia oral de la infamia me ha pasado un par de veces que alguien del público dice “Bueno, yo ya he escuchado tantas versiones sobre esto, ¿en qué es diferente tú versión? ¿Qué traes de nuevo?”, y esto para mí es muy duro porque yo no hablo de versiones, sino de testimonios de lo que vivió la gente en la calle esa misma noche. ¿Por qué las conozco? Porque fui y hablé con las personas, no con una o dos, sino con más de cuarenta. Esas no son versiones, es la voz que recoge las experiencias de aquellos que lo vivieron.

Son las versiones de los testigos…

Eso si quieres, sí, pero son las versiones de las personas que lo vivieron.

Claro, cuando digo versiones me refiero a la medida en que todo testimonio puede ser una versión, pero de personas que estuvieron ahí esa noche…

¡Eso! Pero si la palabra versión pone en un terreno de igualdad el testimonio bajo tortura de alguien con el testimonio del sobreviviente Uriel o el sobreviviente Juan Pérez o el sobreviviente Coyuco Barrientos —son seudónimos, obviamente—, para mí eso es muy grave.

Aquí te tengo que preguntar, ¿cómo lidias emocionalmente con tu trabajo?

Ni sé. Leo poesía, leo novelas, voy al gimnasio.