¿Por qué somos así?

Cultura

Hace un par de días estuve en el Museo Nacional de Arte para el recorrido de prensa de Nahui Olin. La mirada infinita. Me emocionaba de manera especial saber que habría mucha obra reunida de una mujer que admiro y de la que nunca había tenido chance de asistir a una exposición que abordara su mito y trabajo en su totalidad. Sabía que habría fotos inéditas de Edward Weston, además de expertos que hablarían de su aportación al arte mexicano.

Así inició el recorrido, con Tomás Zurián —el responsable del concepto original de la muestra— hablando del legado de una mujer poeta, pintora, musa y rebelde… De pronto, una reportera irrumpió a gritos en la sala; se aproximaba a empujones quejándose de que no se oía nada… Cabe mencionar que quienes llegamos temprano, estábamos adelante y escuchábamos bien. En un intento de regresar a su discurso, Tomás fue de nuevo interrumpido ahora por una grabadora que invadía los 30 centímetros del espacio vital de su rostro. Era la misma reportera —cuyo micrófono decía Milenio—, seguida por algunos otros rezagados. Los que estábamos adelante terminamos desplazados de nuestro lugar, que ahora era de ellos.

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Este tipo de actitud, prepotente, invasora y falta de respeto no es algo fuera de lo común de parte de algunos compañeros de la prensa (no todos, por fortuna). Personal de los museos me ha contado que han recibido amargas quejas porque la botana que se ofrece —a manera de gesto amable en los recorridos— es insuficiente. Que también hay quien, por pertenecer a un medio, exige entradas gratis para amigos o familiares; además de otras peticiones extravagantes que, si no son cumplidas, terminan en “periodicazos” en detrimento de la muestra o la institución. Impuntualidad, empujones y celulares que interrumpen en pleno discurso son la regla.

Sirva este breve espacio para tener una reflexión acerca de los que profesamos amor y respeto a una profesión tan gratificante y enriquecedora como el periodismo cultural. No es un coto de poder que nos permita actuar con protagonismo o privilegios, no debería serlo. La cultura debe empezar por nosotros mismos y nuestro comportamiento.

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