Chatarrero de pies a cabeza

don chava

Salvador Gallardo Castro es tepiteño y desde hace décadas crea muebles con chatarra automotriz.

Sillas creadas con piezas de un carburador viejo. Mesas donde los engranes de un motor se convierten en adornos barrocos. Salvador Gallardo ha hecho de la chatarra piezas dignas de un museo

Chacharear es un oficio complicado. Se trata de recolectar materiales en desuso —chatarra, fierro y juguetes viejos— por toda la ciudad. Es uno de los pasatiempos de don Chava, quien se dedica desde hace casi 40 años a crear muebles con la cháchara que recolecta en talleres y refaccionarias.

Aunque tiene aspecto recio, correoso, Salvador Gallardo no aparenta sus 70 años. Don Chava, como le dicen sus cuates de Tepito. Usa un pequeño sombrero de ala corta, desgastado, que oculta sus canas.

Su inspiración nació en 1979, después de su divorcio: “Mi mujer tuvo a bien llevarse todos los muebles. Entonces se me ocurrió hacerlos de fierro y, ahora sí, a ver cómo chingados se los llevan: pesan más de 50 kilos”, dice mientras intenta cargar sin éxito una de sus pesadas sillas.

Hijo del barrio

Salvador está sentado en el pórtico del número 60 de la calle de Peralvillo, en la colonia Morelos. Es su antigua refaccionaria, donde hoy ya no existe el olor a grasa y aceite, ni hay partes de carro regadas por doquier, sino pedazos de metal perfectamente ordenados. Escenario que recuerda la frase “el tesoro de unos es la basura de otros”, máxima que Gallardo ha convertido en el centro de su vida.

Don Chava no nació en el barrio, pero dice amarlo como si allí hubiera dado sus primeros pasos. Se enamoró de él en la década de los 50, cuando acompañaba a su padre a comprar el material para su reparadora de calzado, en Azcapotzalco.

“Desde la primera vez que pisé Tepito me enamoré de su gente. En lo que mi papá hacía sus compras yo me escapaba, corría a las vecindades. Me gustaba ver a las señoras lavando en sus patios, haciendo fiesta por todo. Luego mis padres se separaron y me vine con mi mamá y mis nueve hermanos a vivir al barrio”, recuerda.

Tepito siempre fue un sitio pintoresco. Los oficios que se heredaban de padres a hijos daban carácter al barrio bravo. Para Gallardo, esta tradición comenzó a perderse cuando la violencia empezó a salirse de control. “El barrio se volvió muy peligroso; en 1997 tuve que cerrar mi refaccionaria porque ya nadie venía a comprarme, además de que recibí varias amenazas de muerte porque no los dejaba vender droga aquí afuera. Mejor decidí despedir a los trabajadores”, suspira.

Reunir las piezas sueltas

Con los trabajadores despedidos y el ambiente del barrio cada vez más enrarecido, Salvador volvió a su refaccionaria. No quería tirar todas las piezas automotrices que habían quedado sueltas, sin uso alguno. “Dos de mis hermanos eran ebanistas. Pensé ‘si con la madera se puede, también con las piezas automotrices’, y con la ayuda de mi sobrino, que es soldador, hicimos 20 Cristos, armé mi sala, comedor y la cama”.

Reconstruir con lo perdido no fue algo nuevo para Salvador. Después de años de armar y desarmar automóviles, de investigar en manuales en inglés sobre el número de engranes de un carburador o sobre las piezas más pequeñas de un motor, dedicarse a ensamblar muebles con esas mismas piezas sueltas fue algo casi natural.

Hoy, acude cada cierto tiempo a los deshuesaderos de autos de las afueras de la CDMX para rescatar piezas descartadas. Las limpia, las clasifica, las atesora, hasta que les halla un uso. Así forma patrones barrocos y elegantes diseños con los engranes de un automóvil marca Ford, con las tuercas de un Cadillac y las horquillas de los pedales de velocidades.

“Mis diseños son hermosos e irrepetibles. Aunque lo difícil está en juntar cada una de las piezas para que se parezcan. Hay desde los años 40 y hasta los 80, yo mismo no podría hacer dos sillas iguales”, dice.

Su obra es singular. No solo recolecta partes de metal antiguo; la verdadera labor es detectar el valor escondido en esas piezas obsoletas, detectar la belleza en esos objetos creados por ingenieros automotrices hace años, décadas.

Pago justo

Cada pieza de don Chava cuesta entre 20 mil y 30 mil pesos. “No los quieren pagar. Se les hacen caros. No saben que la herrería se paga por pulgada. Y no toman en cuenta el trabajo que cuesta juntar piezas de tantos lugares. Aun así, me agrada que la gente venga y quiera conocer mi casa. Con gusto los invito a pasar”.

Y es que su trabajo es similar al de un artesano especializado; para hacerlo, necesita de intuición estética y oficio. Él mismo considera sus piezas como “arte objeto”, consciente de su valor.

De alguna manera, su trabajo también busca rescatar la vieja imagen del barrio, esa que se deterioró a partir de la delincuencia y el crimen; unir las piezas sueltas, los viejos oficios, el de los muebleros y los refaccionarios, los talabarteros y los mecánicos. “Aquí hay zapateros, ebanistas, tapiceros, todos muy trabajadores”. Por lo que no pierde la fe y confía en que ese lugar vuelva a tener la chispa de alegría que lo enamoró cuando era niño. Dentro de las aspiraciones de don Chava está el mejorar sus diseños con otros materiales como la piel y la madera.

En cifras

  • 1997 fue el año en que comenzó a crear muebles con chatarra.
  • 80 años de vida puede tener cada una de sus creaciones.
  • 20 mil pesos puede llegar a costar una de sus piezas.
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Periodista en formación, egresada de la carrera de Comunicación y Periodismo, de la FES Aragón (UNAM). Amante de la buena música, el cine y el café.