A golpes de puño y tecla

Narrar puede ser tan doloroso como recibir un golpe, dice Alejandro Carrillo, ganador del premio de literatura Mauricio Achar.

FOTOS: LULÚ URDAPILLETA

Escribir puede resultar tan doloroso como ser golpeado en la cara, afirma Alejandro Carrillo Rosas, un capitalino que vive entre dos extremos.

Por un lado, confiesa ser un aficionado reciente al kick boxing, un deporte que no se cansa de comparar con el oficio de narrar. Por otro, en el campo de la literatura, ha librado ya varias peleas e incluso acaba de conectar un nocaut: ganar la segunda edición del premio Mauricio Achar, que conceden las librerías Gandhi y la editorial Random House.

El galardón le fue otorgado por su primera novela, Una canción para Dylan, en la cual no sólo muestra su afición hacia el músico estadounidense Bob Dylan, sino que profundiza en la influencia que los ídolos ejercen en la vida de las personas.

El libro —que se espera que salga a la venta a finales de año— cuenta la historia de Omar Brambila, un joven de 19 años obsesionado con el cantautor originario de Minnesota, en quien encuentra una figura que le ayuda a suplir ausencias.

“Yo creo que es algo que todos vivimos. Cubrimos lo que nos falta con un ideal o un personaje. Nos agarramos de eso para crecer, pero llega el momento de despedirse para buscar algo más tuyo”, dice.

Pelea y escribe

Carrillo cree que existen muchas similitudes entre escribir y los deportes de combate, las cuales pueden resumirse en que ambas actividades deben realizarse con agallas: con el corazón.

Para desarrollar y difundir esta filosofía, encabeza el taller sabatino “Pelea y escribe”, que se divide en dos partes: una hora de entrenamiento físico, que está a cargo de un profesor de kick boxing, y dos horas de práctica literaria, en las que los participantes exponen ejercicios y reciben críticas para pulir su trabajo.

En este proceso se busca que los talleristas ataquen sus propias lesiones como un boxeador atacaría las de un rival para poder vencerlo. ¿La finalidad? Explotar aquello que causa dolor.

“Es un método que te permite escarbar en las emociones, reabrir heridas personales, narrar lo que adentro dolería tanto como un golpe”, dice Carrillo, quien en su perfil de Twitter tiene una foto en la que posa como un peleador.

Además, se presiona a los participantes para que no “rehúyan” un combate, es decir, que eviten que sus textos sean demasiado explicativos o descriptivos y, en cambio, se centren en la acción.

“Se llama a ser más claros, a conectar”, comenta Carrillo.

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Vivir del “oficio más chingón”

La curiosidad por escribir surgió en este chilango desde que era un niño, cuando su madre le leía historias que le hacían pensar en otros mundos.

Uno de esos libros es La historia interminable de Michael Ende, que sigue considerando clave en su vida y por cuyo protagonista nombró Bastian a su propio hijo.

Así, con la cosquillita por volcar sus ideas en el papel, Carrillo empezó a escribir canciones a los ocho años y cuentos a partir de los 14. Para dar a conocer su trabajo, fotocopiaba sus historias y las repartía entre sus compañeros de secundaria o prepa y, desde entonces, ha buscado nuevas estrategias para difundir lo que hace.

“Esto ha sido como una especie de guerrilla: venir desde abajo, demostrar que se puede vivir de un oficio tan chingón como es escribir, aunque no tengas regalías millonarias”, dice.

En ese marco, a lo largo de su trayectoria ha escrito cómics pornográficos, guiones para programas de televisión y cuentos infantiles, lo que le ha permitido obtener ingresos y mantenerse activo para desarrollar proyectos de más largo alcance.

Desde hace 10 años mantiene el blog Diario de un chico trabajador, donde difunde algunas de sus historias y textos de otros autores que lo han marcado —como J. D. Salinger—, y actualmente también administra la página Tinta chida.

En esta última, él y otros colegas exponen sus experiencias y comparten consejos con aquellos que quieren dedicarse a escribir, por ejemplo, de qué manera medir cuánto tiempo y esfuerzo se necesita invertir para aspirar a ganar un concurso.

A unas cuantas semanas de haber ganado el premio Mauricio Achar, Carrillo dice estar seguro de que la condición de escritor empieza con la convicción de cada persona, no con la aprobación de los demás.

En su caso, un momento que le hizo llegar a esa conclusión ocurrió durante una visita a la Feria Internacional del Libro de Guadalajara, en la que Ray Bradbury dictaba una conferencia vía remota.

“Le pregunté qué tenía que hacer yo para ser escritor y me dijo dos cosas: primero, escribe muchísimo y con el corazón, y en segundo lugar, si alguien no cree en ti, llámale por teléfono, dile que está despedido y cuélgale”, recuerda.

Y al igual que un peleador que busca conectar un último golpe antes de que suene la campana, Carrillo remata: “Buscar la aprobación de los demás es una idea errónea del éxito. Yo creo que, si más personas se dedicaran a lo que aman, habría una sociedad mucho más feliz”.

En cifras

  • 35 años tiene el escritor Alejandro Carrillo Rosas, originario de la capital.
  • 10 años tiene con el blog Diario de un chico trabajador, en el que publica algunas de sus historias.
  • 250 mil pesos incluye el premio Mauricio Achar, que ganó este año por su primera novela.

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Reportera que camina la CDMX. Ideática y platicadora en sus ratos libres. Escribe de madrugada y duerme en el autobús. Convencida que las personas están hechas de historias y no sólo de tripas y huesos. De la vida aprendió a no tener sentimiento de escasez.