Breve momento musical y esperanzado, por @afuentese

Taxista, que en un mes cumple 70 años, con una sonrisa en los ojos me pregunta –a través del espejo retrovisor– si no me molesta el radio.

 Me conmueve su voz dulce, pausada, cómoda, así que –pese al dolor de cabeza– le respondo en un susurro que no y le sonrío al retrovisor, para que vea que le echo ganas y ánimo a esta vida.

El señor de pelo blanco muy corto se vuelve hacia la puerta del auto y enciende un radio, uno de esos aparatitos que, en pleno egoísmo clasistoide, a veces pienso desaparecidos, pero ahí está, con su única bocina, musicalizando el ambiente.

A mi cuerpo llega una voz espesa, sé que la he escuchado antes y es un clásico del blues, pero no me pidan citar su nombre, ni idea, sólo sé que es música para enamorarse. Le sigue Mozart, lo que me hace recordar mi clase del día anterior: rock music o classical. No importa, es mejor un viaje con música variada que cargado de sólo un género musical, en especial si es onda “Porque como los gatos, tú y yo no nos echamos al ratón”.

Y no es que me moleste, me gusta pensar que para cualquiera es irresistible tener tumbao o zapateado de vez en vez, pero toda variedad genera riqueza, digo yo.

No todos los taxistas parecen coincidir con eso. “¿Por qué siempre necesitan música?”, a veces me pregunto. Tengo una amiga que desde que llama al #taxi (siempre usa de sitio) aclara que lo quiere SIN música, obvio los choferes la odian por amarguetas.

Porque no importa si son de sitio, de app, piratas o libres: calculo que de cada 10 autos que abordo, en nueve tengo que padecer la gozadera y ¡azuuuuucar!

Incluso en los Uber, que se supone deben preguntarte si te apetece, gusta o gozas la música, muchos de los que me han tocado, casual, se brincan ese pasito y ponen la música que les da su recontragana, y ¿cuál es? Pues la guapachofolcloricomexicana, oscors.

En un viaje de esos, de plano mi organismo imploraba silencio, pero como la Celu no dejaba de mover el palmito, me resigne a su fiesta, recordando al señor de 70 años que tan derechito se sienta y que poco refleja su verdadera edad en el rostro, y que sonríe con la mirada.

Su camisa impecable, pese a lo roído del cuello, sus manos limpias y firmes agarrando el volante, aguantando vara ante el tráfico sin jadear ni un poco…ojalá así lleguemos todos a la séptima década, pienso al bajarme.

Con medio cuerpo fuera del auto, veo que estira el brazo hacia mí, e intrigada, regreso el cuerpo completo al auto: me da 100 pesos, que agarro sin entender mucho por qué me los da. Dos segundos después, se lo agradezco como si fuera la lotería, así de mucho me sorprendió su honestidad. Resulta que había pagado con un billete de 200, me dio 40 y pensé que era todo (ajá, había olvidado que 10 segundos antes le di un-billete-de-200), así que me bajé del auto, fue por eso que estiró el bracito con 100 pesotes en la mano, para regalarme un momento de esperanza.

(ALMA DELIA FUENTES)