CDMX: ¿INICIO DEL FIN DEL MUNDO O DEL NUEVO ORDEN?

En la cuna del río Lerma el agua limpia corre entubada rumbo a la Ciudad de México; la sucia, hacia el Pacífico, por ese río que nace muerto y cuando desemboca huele a cadáver. El municipio mexiquense de Almoloya del Río era un lugar de aguas termales que le daban fama de ser sucursal del paraíso. Fue balneario de varios presidentes: Venustiano Carranza, por ejemplo, dejó como recuerdo un ahuehuete en un islote.
Los lugareños más ancianos aseguran que en sus tiempos había sirenas y les daba por bañarse en los manantiales. Una de ellas (trenzuda y elegante) los invitaba a bañarse entre peces y yerba zacate, mientras que su marido sireno (alto, güero y patilludo) enamoraba a las mujeres que sorprendía sumergidas lavando ropa, las invitaba a pasear en su chalupa y las enloquecía de amor.
EL campesino noventón Francisco Juárez Nazario me contó hace 10 años para un reportaje: “Un día yo joven fui a ver qué se movía en el agua ¡y era la sirena, mitad con cuerpo y mitad pescado! La vi, se estaba bañando, echando jicarazos”.

Un día, los sirenos desaparecieron. Coincidió, dicen, con las perforaciones de cientos de pozos, los dinamitazos, el entubamiento de la laguna y sus manantiales. Eran los años 40 y el parto de lo que sería el Sistema Lerma: la obra hidráulica que extrajo millones de metros cúbicos de agua para el insaciable Valle de México. Hasta que se agotó.

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El ducto voraz desgració los parajes, torció los oficios de los lugareños, chupó el agua y se cree que también a la sirena. Dos décadas después comenzaron las obras del Cutzamala, que provee a la Ciudad de México 19 mil litros de agua por segundo a través de un tendedero de ductos que equivale a ocho recorridos a Tijuana y una elevación ocho veces más alta que la Torre Latinoamericana.
Durante décadas a través de esos ductos y otros muchos que se construyeron con el paso del tiempo hasta que la exportación del agua rebasó los límites de lo sustentable. Y, de todos modos, la escasez es un problema.

La CDMX (como se le llama ahora) ha sido incapaz de cuidar su propia agua, desprecia el regalo de Tláloc y casi la mitad de la entubada se tira a través de fugas. Los capitalinos lo recordamos cada vez que nos cortan el suministro por mantenimiento. O falta de presión. O sequía.

El negocio es para los particulares. La gente gasta en comprar garrafones y pipas mientras el agua de la llave, cuando hay, es casi gratuita. El agua es botín político, crea candidatos y acaba carreras, ocasiona rebeliones y expulsa a los desafortunados al éxodo. Es también motivo de miseria y oportunidad de negocio (como la planta de tratamiento de Slim tan a contracorriente de las leyes de la lógica y las peticiones de la academia de formar un lago con ese líquido: solución sustentable y menos costosa).

La trama de la lucha por el agua en ésta que es una de las más habitadas del planeta, está construida de políticas hidráulicas insuficientes, pésimas o truncas, mala gestión, corrupción generalizada, oportunismo político, falta de consciencia, derroche y contaminación.

El anuncio del fin del DF y su paso a la CDMX coincidió con el corte del líquido por mantenimiento del Cutzamala, según se nos dijo. Esos días hubo encarnizados debates sobre si los habitantes del exdeefe nos llamaremos chilangos, capitalinos o mexiqueños, pero no se discutió sobre la constante importación de recursos naturales para la supervivencia de la ciudad, empezando por el agua. El renombramiento podría servir de inicio para replantearnos la ciudad que queremos. Una ciudad encaminada a ser sustentable, cuya planificación beneficie principalmente a los pobres y no a unas mafias, y cuyo funcionamiento no dependa de depredar alrededores o matar sirenas.