China Inc, por Guadalupe Nettel

Lo primero que uno nota al llegar a Bejing es la cantidad abrumadora de publicidad que hay en el aeropuerto, las calles, los edificios, los muros de toda la ciudad. Incluso el taxi más desvencijado tiene, frente al asiento trasero, una pantalla que muestra comerciales sin cesar. Nadie vaya a pensar que se trata de anuncios gubernamentales o propaganda del partido. Lo que exhiben esas pantallas son artículos de lujo, marcas como Gucci, Armani, Mercedes-Benz entre muchísimas otras. En China existen 100 millones de millonarios y 500 millones de pobres. Los primeros son muy visibles (en un restaurante pueden estacionarse una misma noche 10 Ferraris, cada uno de un color diferente).  Los pobres lo son menos. Están, como aquí, pidiendo limosna fuera de las tiendas, en los pasillos del metro, pero sobre todo en el campo, donde cada día mueren decenas de miles por malnutrición. Tanto estos como los millones de habitantes que conforman la clase media están dedicados a una sola cosa: hacer dinero. El dinero y el consumo es lo que más interesa al país. Todo en China es comercio, todo implica una negociación. ¿Un ejemplo? El matrimonio. En un parque muy céntrico de la capital, las familias con hijos casaderos ponen un puesto donde exponen las fotografías, el currículum y la cuenta bancaria de sus hijos. El fenómeno se conoce como El mercado del amor. En la primera cita, las chicas le preguntan al pretendiente si tiene casa, el monto de su salario y cuándo estaría dispuesto a contraer matrimonio. De las respuestas de él dependerá que se sigan viendo. La edad, la atracción física, las afinidades, pasan a un segundo plano.

Como ocurrió en todos los países del bloque socialista, la apertura al consumo ha causado una auténtica adicción al lujo. Si una marca como Chanel anuncia una barata, se formará frente a su puerta una fila de gente, esperando la hora de apertura. El mercado de la fayuca sólo le interesa a los extranjeros. El régimen político sigue siendo una incontestable dictadura: la información restringida, las cuentas de Internet vigiladas, la libertad de expresión considerada un delito. Sin embargo, nadie parece notarlo. Las calles de Shanghai se asemejan, por sus comercios, a las de París o Nueva York. Cada vez es más difícil encontrar tiendas de artesanías o ropa tradicional en las grandes ciudades. Lo que no falta, en cambio, son los centro comerciales. Tan sólo en Shanghai hay 23 mil. Cuando uno los recorre, resulta imposible no imaginar a Mao retorciéndose en su tumba. Aunque su rostro está aún en todos los billetes, quedan muy pocas huellas de la china que él erigió: los nombres de algunas calles y avenidas, libretas rojas y afiches en el mercado de antigüedades. Ese mercadillo fascinante, donde se mezclan objetos de todas las épocas —desde estatuillas de bronce, porcelanas y cuchillos de marfil hasta chaquetas y armas del ejército maoísta—, está siendo derribado en estos días, símbolo inequívoco de que la China previa al capitalismo ha quedado sepultada bajo un monstruoso shopping center.

(GUADALUPE NETTEL)