Confundir al enemigo, por @apsantiago

“¿Qué es ser judío?” Sentados en el patio de su casa, le solté a mi abuelo esa pregunta. Aunque imaginé una contestación larga y complicada, todo lo que esa tarde dijo a su nieto de 11 años fue: “No sé qué sea ser judío. Pero mientras exista en el mundo un antisemita, asúmete judío.”

Mi abuelo Simón, nacido en la aldea de Biala Podlaska en 1921, había huido desde Polonia hacia América siendo un niño de cinco años. A bordo del Vapor Asturias, con sus padres y dos hermanos escapó de la miseria europea tras la Primera Guerra Mundial, y de los pogromos, los linchamientos contra ese grupo religioso. Con aquella respuesta me quiso decir que ser judío valía, sobre cualquier otra cosa, para luchar contra quienes odian a los judíos –los antisemitas-, y contra el racismo.

Mi abuelo fue directivo de Max Nordau, un club social y deportivo de la colectividad judía. En un muro del club vi un día un mural con fotos de multitudes que protestaban ondeando la bandera verde, roja, blanca y negra de su pueblo, Palestina. Es decir, una institución judía defendía el derecho de los palestinos a fundar su patria.

La primera vez que pisé una sinagoga fue hace 20 años, cuando en la adolescencia me hice novio de Mijal, una judía a la que acompañaba al templo Nidjei Israel de la colonia Condesa. Cada viernes, para el inicio del Shabat, me ponía mi kipá (la gorrita ritual) y entrábamos. La gente oraba alegre ante el rabino, oía los cantos hebreos del jazán Mendelson, y luego comía y bebía. Me fascinaba participar de una ceremonia religiosa con abrazos y risas, bromas a todo pulmón, choques de copas.

Troné con Mijal y durante 15 años no volví al templo. Un viernes de hace poco decidí regresar solo a la sinagoga. Un joven guardia judío me impidió entrar. Le aclaré: “Soy judío”. “Una identificación”, ordenó y leyó mi IFE: “No puedes pasar: Santiago no es apellido judío”. “Mi otro apellido, Fridman, sí lo es”. “Ahora vuelvo –dijo llevándose la credencial-: lo va a revisar el consejo”. En minutos regresó. “Vete, por favor”, me pidió. “¿Por?”. “Desconocemos tu intención”, contestó.

El guardia había confundido al enemigo y me tuve que ir.

Ayer vi en la web una foto: en una calle terrosa de la Franja de Gaza un padre desesperado abraza y besa el cadáver ensangrentado de su pequeña hija, con la piel pálida de la vida que se le fue, y un moñito naranja en su cabeza.

El ataque israelí a Palestina es un doble tormento: alimenta al criminal monstruo del antisemitismo (que por ignorancia no distingue la diferencia entre pueblo judío y gobierno de Israel) y masacra a miles de inocentes que nada tienen que ver con el terrorismo de Hamás.

Es una tragedia para el mundo y para el propio pueblo judío que el gobierno israelí confunda al enemigo.

Foto por el periódico: Daily Bhaskar (de la India) https://tinyurl.com/p8ck9n9

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