“Mis tortugas cocodrilo”, por @APSantiago

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Salí de Plaza Universidad, pisé la banqueta y el anciano vendedor levantó del caparazón a las dos tortuguitas hasta suspenderlas ante mis ojos. Su movimiento al verme fue tan automático que sentí que él estaba ahí sólo para esperar mi llegada. Quién sabe por qué misterio observé las caras de los pequeños reptiles, sus ojitos de bebé que pedían compasión, y me sentí como un padre que abandona. Pasé de largo aquel puesto y le dije a Beluga, mi compañero de trabajo, “Qué bonitas, ¿no?”. “Preciosas. Llévatelas”, agregó deteniendo el paso, como para que la inmovilidad moviera mi corazón.

Desde que mis canarios Pucho y Xóchitl murieron un mismo día cuando yo era un niño, hacía ya 20 años, y los enterré en un camellón bajo dos ramitas que formaban una cruz, jamás tuve un animal. “¿Cómo crees -contesté a Beluga-, qué hago yo solo con dos tortugas?”. “No seas así”, me regañó y no lo dudé más: entregué al vendedor dos monedas de $10, arrojó en una bolsa con agua a los quelonios que patalearon contentos y me informó: “Deles de comer carne”. “¿Carne?”, lo cuestioné. “Sí, carne: hígado, pollo, bistec. Lo que sea”, dijo.

Enternecido, Beluga me miró con mis mascotas y dijo: “Te harán muy feliz”.

Salí del trabajo y en una carnicería pedí un cuarto de hígado. Al subir por mi edificio con las dos pequeñas me crucé a Memo, mi mofletudo vecino pasadísimo de kilos. “Qué chulada”, dijo acercándolas a su nariz.

Ya instaladas en casa, las tortuguitas ingirieron gustosas su hígado. Y felices, días después, en su pecera comieron sterling de res, molida de bola, deshebrada, chorizo, top sirloin. Incluso apreciaron la ternera kosher de mi novia judía Joanna.

Carne, carne, carne. Mis tortugas vivían para la carne. Oían que me acercaba, emergían de su charco, trepaban a su roca y estiraban el cuello para de un mordisco saciar su apetito. Con el tiempo, el consumo de carne creció de modo exponencial. No era lo grave: las bombas proteínicas habían vuelto a las tortugas enormes como melones. Angustiado, las reinstalé en una gran tina. Ahí, monstruosas, saciaron su apetito de cocodrilo. Y siguieron creciendo. Por eso quise cambiarles la dieta; pero al ver un apio casi se convulsionan.

Recuerdo que un domingo todo se volvió intolerable: estiré la mano para darles el desayuno y de un movimiento ágil, propio de un guepardo, una tortuga mordió mi dedo. Con mi herida sangrante, adolorido, me dije, “esto no está nada bien”. El terror empezó a consumir mis días y mis noches.

Hasta que una tarde me crucé otra vez a Memo, el vecino. “¿Y tus tortuguitas?”, preguntó. “Pasa a verlas”, le propuse. Miró de cerca a las linduras y exclamó en el mismo tono en que un adulto habla a un bebito: “¡Qué grandotas estas chuladas!”. “Te las regalo”, le ofrecí. Se las llevó extasiado.

A los dos meses me topé a Memo en las escaleras: “¿Cómo están las tortugas?”, pregunté. “Creciendo”, respondió. No las quise ni imaginar. Pero el rostro de mi vecino había cambiado: percibí miedo. Entonces miré sus carnosos, regordetes y nutritivos cachetes. Y sí, pensé en lo peor.

Me mudé y ya no supe de las tortugas. Ni de Memo. Sólo ruego que siga vivo.

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Aníbal Santiago en sus inicios fue reportero de Reforma y otros diarios, y después pasó a escribir en revistas como Chilango, Esquire o Emeequis, en la que hoy hace periodismo narrativo. Ha sido profesor universitario y conductor de televisión. Premio Nacional de Periodismo 2007.

 

(Aníbal Santiago)