¡Ay, mi soledad!

No estoy de acuerdo con que a los mexicanos nos da risa la muerte. Sin embargo esa mentira dicha mil veces me agarró a timbrazos saliendo de la Cineteca el domingo. Juan Gabriel pasó a mejor vida en la tarde. En la noche, mi WhatsApp tenía almacenados al menos 15 memes, juegos de palabras y ocurrencias de internet al respecto del deceso, me los habían mandado diferentes contactos y llegaron todos de golpe. Destacaba, en medio de la pachanga, una foto de la plaza Garibaldi en ese momento. Mariachis y ebrios cantando alrededor de la estatua de cuando el divo estaba jovenazo.

Huyendo del cotorreo electrónico en mi bolsillo le pedí a un taxista que me llevara hacia allá.

Me recibió el horripilante Museo del Tequila. Qué mentada de madre. Pasado ese obstáculo institucional, la fantasía de Garibaldi es inmediata. Fiesta, desvelo, sombreros, zarapes, gritos, ebrios y canciones llegadoras estallando como flores a la distancia y alrededor de uno. A México le sale la tilde en Garibaldi aunque la tecleemos mal. Desde hace algunos años en Garibaldi ya no puedes beber en la vía pública una michelada con Clamato de a litro por 80 pesos. Norma estrictísima que la muerte de Juanga omitió cabalmente. Daba gusto ver a la gente empedando en la calle con toda libertad y confianza, estábamos ceremoniosos y de luto. Dicen los fantasmas que aquello parecía los años 90. Había fila para entrar al luminoso Tenampa, sin embargo ya adentro varias mesas estaban vacías. Me metí ahí casi por inercia y me dio la impresión de que lo mismo le había pasado a todos los parroquianos ahí reunidos. Una costra de juniors y turistas cantaban de pie rolas del muertito que quién sabe quién estaba pagando. Monopolizaban a los músicos y realmente no pasaban del Amor Eterno y la Querida. Ambas, preciosas. Los del son jarocho estaban sin chamba, acodados en una mesa poco privilegiada. Al hermoso cuadro de Juan Gabriel (que según yo cambiaron de esquina) lo rodeaban banderas tricolores en papel picado porque cuando este texto llegue a sus lectores ya será Septiembre. Una corona al lado rezaba: “Tenampa te recuerda”, flores tristonas y fúnebres, gente ligando, gritos y besos, compadrazgos inusitados. Bebí sendos tequilas y regresé a la plaza. Juanga fue y es de todos pero yo prefería penarlo con los de afuera. Llovía quedito pero empapaba. Me fui de lleno al pabellón de las esculturas pensando en cómo el México de nuestros padres está muriendo poco a poco a pasos agigantados.

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Alrededor de la escultura una feliz muchedumbre clamaba la pérdida cada quien con su veneno. Teporochos, vagabundos, muchos jóvenes ya bastante empezados, señores con los ojos inyectadísimos de sangre, señoras en mandil persignándose, ancianas arrojando besos. Cada dos pasos alguien me trataba de vender una rosa blanca. Juanga ya tenía muchas: incrustadas en ambas manos, a sus pies, pisoteadas en la base de su efigie. También vendían cigarros, chicles, paletas. Olía a mota, había selfies, picos de caguama que cambiaban de labios, creo que hasta vi a un tipo cazando pokémones. A coro se cantaban fragmentos sueltos de las canciones más representativas, más bien parecían cánticos futbolísticos ahí mal bramados. ¡Ese feo sonsonete que sabrá dios a quién le aprendimos! Poco a poco la turba se iba meneando involuntariamente hacia el Guadalajara de Noche, hacia mesas de plástico en los sitios aún abiertos o meadas veloces en las cortinas de acero. Pensé en regresarme a casa. A lo lejos se escuchaba, anticlimática, una de Chente. Más allá una de José José.

Realmente era como ir a Garibaldi un día cualquiera.

De repente, como un relámpago, apareció la frase “Perdona si te hago llorar” traducida en onerosa trompeta. Llegó un músico y se colocó entre las personas, profeta charro bigotón. Juanga vivirá disperso en todos los mariachis del mundo, pensé. Más bien: pensamos. Nos volvimos a hacer un muégano cantarín. Aplaudimos y gritamos asombrados, hinchados de vida. Desde los rincones de toda la ciudad aparecieron dolientes con un bonche de himnos y un héroe caído. Y más músicos. Más trompetas. Guitarras. Una escuinclita con voz de ser alado. Con el puño alzado cantábamos sencillas letras sobre la posibilidad de que el amor nos salvará. Abrazados pero sin abrazarnos. Evocando a la madre, a la pareja, al novio. Un chavo de unos quince años, intoxicado, se sostenía del bote de la basura, sufriendo de a de veras. Entre los arreglos florales y las veladoras había vasos con trago abandonados a la mitad y llenándose con agua de lluvia. Ahí yacía, adormilada, una metáfora que no pude descifrar. Una darketa estaba comprometidísima en mantener encendidas las veladoras, tapaba las flamitas con sus manos pálidas. Había varios panzones con las casacas del maratón que se había desarrollado en la mañana. Pedísimos cantaban. Juanga fue de todos. Es de todos. Acudieron al llamado más músicos y fue hermoso. Sumaban sus instrumentos a un popurrí que a partir de ahora sonará un poco tétrico. A partir de hoy cada que retiemble Juan Gabriel estaremos escuchando a un difunto. Pero por cerca de 10 minutos fue como si a los mexicanos nos diera risa la muerte. Lloré poquito. Alargamos la canción como lo hacía en vida ese cabrón barroco y dulcemente homosexual. En medio de aquel coro de ebrios apareció de pronto mi amigo el poeta Daniel Miranda, abrazando a su novia. ¿Lo notas, Gabis?, me dijo con un pedazo de sol en cada ojo, esto es historia. Es como cuando te preguntan qué estabas haciendo el día del terremoto.

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Defeño, del Barrio Bravo de Tepito. Autor de los libros de cuentos "Niños tristes" (Premio Maria Luisa Puga 2010), "Perros sin nombre" (Premio Bellas Artes de Cuento San Luis Potosí 2012) y "¡Canta, herida!" (Premio Nacional de Cuento Agustín Yáñez 2015). Además de las novelas "Balas en los ojos", "El siglo de las mujeres" y "Hipsterboy".