La chespiritización de México, por @Monocordio

Cuando era niño y veía el Chavo del Ocho (no porque me gustara sino porque no había otra cosa que ver en la televisión mexicana) me entraba una especie de angustia depresiva. Por un lado me mal viajaba la sordidez de la vecindad del Chavo, me parecía espantoso que un niño huérfano viviera en un barril a merced de los coscorrones de don Ramón, pero lo que más me provocaba cierta ansiedad era que los personajes parecían atrapados por una especie de maldición, condenados a repetir las mismas acciones, las mismas frases y los mismos chistes hasta el infinito. Ver el Chavo para mí era como estar ante una versión televisiva de El Ángel Exterminador de Buñuel, pero en vez de Silvia Pinal estaba Florinda Meza, y en vez de Buñuel estaba Chespirito. Y en vez de que los personajes se sintieran incómodos con estar atrapados parecían felices marionetas siempre dispuestas a repetir su misma frase, sin ninguna posibilidad de salirse del guión porque el chiste de los chistes del Chavo del 8 era la repetición, no el chiste.

 Dicen que si una mentira se repite mil veces se vuelve una verdad. En el caso de Chespirito el que repitiera mil veces sus mismos chistes probablemente no los hizo más graciosos, pero sí logró que medio continente memorizara sus frases y las adoptara como propias. Sin tener el carisma de Tin Tán, ni el lenguaje de Cantinflas, Roberto Gómez Bolaños entendió que incluso un chiste malo si lo repites en cada emisión puede parecer bueno, sobre todo si le pones risas grabadas. El público celebra lo que ya conoce, se ríe como un bebé de la repetición de un acto supuestamente gracioso pero se anula la posibilidad de un humor espontáneo, y un humor carente de espontaneidad –lo sospeché desde un principio—es una “verdad sospechosa”.

Chespirito y sus chistes repetidos con risas grabadas fueron tan eficaces para un sistema político inamovible como Raúl Velasco y sus “artistas” con aplausos inducidos, o como el PRI y sus candidatos “democráticos”; aún así o justamente gracias a eso se convirtió en el máximo exponente del “humorismo blando” que hizo las delicias de chicos y glandes. Descendiente directo de Capulina y padre intelectual de Derbez, Jaitovich y otros cómicos de humorismo ñango hizo parecer graciosa la miseria de un niño sin casa, la violencia física cotidiana (léase a don Ramón madreándose al Chavo) y el ahora llamado “bulling”. Increíble pensar que en la misma época en la que Chespirito hacía reír a latinoamérica con su chistorete de “no hay de queso, nomás de papa”, en el Reino Unido reían con Monty Phyton y en Argentina con Les Luthiers.

[email protected] han querido restarle méritos a Chespirito después de su muerte. Nada más injusto. Teniendo un presidente al que se la “chispotea” a cada rato, una policía que reprime “sin querer queriendo” y un procurador que adelanta resultados “para evitar la fatiga”, no podemos más que reconocer –que no agradecer—a Chespirito la enorme influencia de su limitado humorismo en este país en perpetua chiripiorca. Un país de donde no podemos escapar, un país en donde todo se repite como en la escalofriante vecindad del Chavo del 8.

 (Fernando Rivera Calderón)