Los Grinchs no existen; es la familia

 

 

Tal vez me confunda, recuerde mal o esté inventado, pero hace años luz, cuando era niño y el tiempo aún corría recto, tenía la creencia de que entre más familiares nos reuniéramos en Navidad, mejores serían los tiempos por venir. No estoy seguro si fue Madre quien me inculcó tal disparate. De lo que sí me acuerdo, y me acuerdo muy bien, es de que mis hermanos y yo llegábamos a casa del abuelo antes de las nueve de la noche e íbamos derechito a echar desmadre con los primos. Tronábamos cuetes, tocábamos puertas ajenas y echábamos a correr, le arrojábamos piedras a los camiones, prendíamos llantas para calentar la madrugada, entre otras monerías. Esas sí eran navidades. No importaba que B se quejara de lo que se quejaba cada año: que había trabajado muy duro para sacar adelante a sus hijos y Mira cómo me tratan; cría cuervos y te sacarán los ojos. No importaba que Padre y C y D y E bebieran como si el alcohol no hiciera daño a ninguna hora de la noche ni mucho menos de la mañana, que era la hora en la que el alcohol ya les había hecho mucho daño. No importaba que F me interrogara sobre la caótica relación de mis padres, ni que luego me llenara con una buena dotación de sus chismes (sobre matrimonios mal avenidos, sobre G que ya ni sabía cuántos hijos tenía, etcétera). No importaba que H e I no se dirigieran la palabra esa noche ni que J y K ya no estuvieran juntos. Era un niño y yo no sabía, ni me interesaba entender, por qué a los adultos les duele la Navidad. Yo, a pesar de los dramas familiares, era feliz.

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Entonces el tiempo ya no corrió recto sino en curva y fue en la adolescencia cuando, de un de repente, caí en cuenta de que entre más familia nos reuníamos, más eran las calamidades con los que debía lidiar. Por eso dejé de ir con el abuelo. Necesitaba lugares donde las desventuras no arruinaran la noche. Esos lugares los encontré con mis amigos de la infancia, los encontré con la familia de mi primera esposa (mi exsuegra, la cocinera más exacta de Tacubaya, preparaba la mejor pierna ahumada que he probado) y los encontré en Culiacán con los parientes de mi segunda mujer. Pero las navidades más inolvidables las he tenido acompañado de mis hermanos. Con ellos río y lloro que da gusto. Son mi ejemplo. Cuando Madre vivía, ella también se carcajeaba toda la noche. Ha habido años en los que he querido estar solo como maleta extraviada (cuando murió Madre, cuando me separé de P), pero eso no significa que sea un Grinch. Amo la tragadera de esta época, suelo poner pinito para acordarme de mi infancia y a la hora de los abrazos abrazo a mi gente como si no nos hubiéramos visto desde la prehistoria. En resumen: ahora trato de pasar la Navidad con la gente que es mi raíz. (Recuerdo una sola Navidad que la pasé muy jodido y le ofrezco disculpas a N por llevármela entre las patas).

En fin. Pásenla con sus sabores y su gente. Pero, por favor, no le cobren a nadie las facturas de otros.

Abrazos, raza.

 

Posdata

A todos aquellos que culpan a Chabelo de la diabetes infantil, de la devaluación, de los terremotos y de todos y cada uno de los males de este país, les digo: queramos o no, Chabelo es parte de la idiosincrasia mexicana. Es muy triste, cierto, pero como escribió un buen amigo en feis: “Quien no lo entienda (que es un elemento de la cultura popular) se ha sacado ¡una espantosaaa X!”. Yo agregaría que quien no lo vio un domingo y nunca quiso jugar en la catafixia que arroje la primera piedra. Relájense. El futbol es más dañino y no los veo quemarlo en leña verde.

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Ganó el Premio Gabriel García Márquez en 2013. Es tres veces Premio Nacional de Periodismo en Crónica. Autor de "Gumaro de Dios, el caníbal"; "Placa 36", "Entre perros", "El más buscado" y "Chicas Kaláshnikov y otras crónicas".