Los otros terrorismos

¿Cuál es la diferencia entre un terrorista extremista que pretende imponer su ideología religiosa y/o política y los políticos que imponen su visión del mundo a costa de la sociedad?

¿Es más peligroso un representante del Estado Islámico que cree que toda idea occidental es pecaminosa, que toda mujer debe estar sometida y que el mundo debe someterse a sus reglas, o un gobernador que mientras roba millones para ocultarlos en sus cuentas ilícitas niega miles de homicidios y cientos de secuestros, cuya presencia en la poder gubernamental implica la muerte, la impunidad, la permisividad de lo ilegal a grado peligroso?

¿Es más inmoral un fanático que orquesta una masacre en una cafetería para imponer su visión del mundo que un político que, en aras de proteger su imagen, niega las desapariciones forzadas y orquesta masacres de jóvenes que considera lacras sociales por su forma de ver el mundo, o manda asesinar periodistas incómodas?

En los últimos días hemos visto cómo cada quién señala lo que puede y lo que quiere respecto al terrorismo. Los baños de sangre incitan a exigir más sangre, la muerte a exigir más muertes, el odio a sentir más odio. La interminable política del absurdo, la ideología guerrera, el deseo de destruir a la otra diferente, al otro que representa un peligro para nuestras limitaciones ideológicas.

Quienes buscan respuestas fáciles ante las complejidades de las violencias terroristas piden a gritos que alguien les mienta, simplifique, les amaine la angustia con alguna receta simplona, inútil.

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Quienes buscan respuestas fáciles ante las complejidades de la violencia del Estado, aceptan la mentira como irremediable. Lo cierto es que el terror se siembra de muchas formas, el más obvio es el del enmascarado que pone una bomba, que se inmola, que dispara en lugares públicos, que asegura que la manera de dominar el mundo es castigando a inocentes. Luego está la otra, la más sutil, ésa del gobernante que mira para otro lado mientras por su estado unos y otros cavan fosas para matar a sus enemigos, ésa del gobernante que ocupado en vicios y ambiciones personales, dejó el barco a la deriva, un barco plagado de usureros, filibusteros, imbéciles, ingenuos, ignorantes, todos a la vez quieren ser capitán y ninguno lo logra. El gobernante que entrega la seguridad y la procuración de justicia a miembros de la mafia, al compadre del tratante de mujeres, al policía responsable de la venta de armas ilegales, al senador extorsionador de extorsionadores.

Unos imponen sus ideas a punta de bombas, creyendo que sus convicciones les llevarán al paraíso del profeta. Otros, tal vez más cínicos, miran a otro lado frente a una lista de 30 mil personas desaparecidas, se lavan las manos frente a la desaparición de estudiantes, niegan miles de feminicidios y sus causas profundas, pagan por docudramas que fabrican mentiras históricas para justificar la muerte y la desaparición forzada; se fabrican medios a modo para contar su fantasía gubernamental. Unos asumen su violencia y la celebran, otros esconden a sus soldados después de la masacre. Unos siembran el terror matando civiles para declarar la guerra a los políticos, otros declaran la guerra a los civiles para permanecer en la política.

La verdadera discusión, el verdadero trabajo para la transformación no radica en descubrir quiénes son más crueles, más violentos y quienes merecen morir en la guerra. El debate necesario, indispensable diría yo, radica en entender que la paz se construye desde la valentía y no desde la ingenuidad, desde el conocimiento y no desde el cliché emotivo. Parafraseando a la poeta: debe haber otra forma de ser político, de ser humano que no sea esta, la que nos tiene aquí de rodillas, entre el mal menor y la violencia vengativa, esta política del odio, del patriarcado impositivo sordo y ciego, porque el terrorismo criminal y el terrorismo de Estado son más parecidos de lo que muchos quisieran admitir.