Las cuatro crisis de Peña

Dice un querido amigo que la pareja presidencial es como el áloe vera, que mientras más la investigan más propiedades le encuentran. Más allá del chiste, la frase es reveladora del estado de ánimo de una sociedad que hace apenas unas semanas veía al presidente Peña Nieto pedir perdón por la Casa Blanca, y que ahora se encuentra, por la gracia de The Guardian, con una nueva propiedad que, al menos, se presta a la polémica.

El caso es importante, porque confirma una de las cuatro grandes crisis que atraviesa el gobierno del presidente Peña: la crisis de credibilidad. La palabra del Presidente hoy está desgastada. Sus palabras contra la corrupción no se han visto respaldadas por sus actos de gobierno y parece imposible que le pueda dar la vuelta a la percepción que existe sobre este tema.

A esa crisis se suma la de gobernabilidad. Cortesía de la CNTE, el sexenio hace agua y prueba de ello es la explosiva reacción de los empresarios, que como nunca están participando de manera activa en la vida pública, con mucha más intensidad incluso que la llamada oposición.

El gobierno no gobierna en buena parte del territorio nacional —ya sea por el crimen o por los grupos magisteriales— y es evidente que no ha encontrado la forma de recuperar el poder.

En tercer lugar, es ya inocultable que hay una crisis de violencia. Las tendencias de los primeros años que pintaban un descenso en los homicidios han dado ya la vuelta. La escalada de homicidios en Guerrero no disminuye; los brotes en estados como Colima o Michoacán son evidentes, y hasta estados que antes no eran problema como Tabasco o Guanajuato hoy son objeto de preocupación.

Finalmente, y quizá la más grave de todas, hay una sensación de ausencia del poder presidencial. El Presidente no habla de lo que la gente habla – los conflictos, la violencia, la economía, etc. – y hay una sensación de vacío que explica por qué hasta los mismos miembros de su gobierno se ponen un día sí y otro también zancadillas entre ellos, en una lógica que parece indicar que el candidato presidencial del PRI será el que sobreviva a las disputas internas.

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Los problemas no encuentran respuesta en el discurso presidencial; los miembros de su gabinete se han vuelto expertos en evadir los conflictos para que les estallen a otros —sea el enojo de los empresarios, de los doctores, de los maestros, de los campesinos o de los líderes religiosos— y no se ve una estrategia de relanzamiento ni de control de daños ante este escenario.

Un panorama así —con más de dos años por delante— resulta muy preocupante pues en política, nunca estará de más repetirlo, no existen los vacíos y los espacios que se están dejando sin atender serán ocupados por otros actores con sus propias agendas.

El gobierno se ve débil, la sensación de que la reforma educativa ya va para atrás es inevitable, y no sería raro que otros actores quieran aprovechar el momento para revertir cambios que también les han afectado en estos años.

Chistes y memes aparte, el momento del país es delicado y no hay indicios de que en la casa presidencial se hayan enterado.