El equipo olímpico de los Sin-país

A mitad del mar Egeo la barca comenzó a colapsar, 18 personas estaban a punto de morir ahogadas en su intento por huir de Siria. Dos hermanas jovencitas saltaron al agua convencidas: si somos nadadoras profesionales, será el colmo no hacer nada y morir ahogadas. Con sus brazadas al agua, a contracorriente, nadaron durante tres horas hasta pastorear el barco a tierra.

Se debatían contra la muerte enarbolando una sonrisa para no asustar a un niño de seis años, el más pequeño de los tripulantes, para que no sufriera con lo que estaba pasando.

En tierra firme todo fue más sencillo: campos de refugiados, policías, pobladores xenofóbos. Si vencieron al Mediterráneo, ¿qué vejación en tierra podría vencer su espíritu?

Yusra Mardini, una de las heroínas, compite en los Juegos Olímpicos de Río de Janeiro en el equipo de los“Sin-país”, el equipo de los refugiados, el grupo de quienes huyen de la tierra donde dejaron el ombligo sembrado. Escapan de la violencia, las crisis, el odio o las persecuciones.

Gane o no una medalla, esta sirena de dulce sonrisa ya tiene nuestro oro, el oro que ofrece el público a los verdaderos atletas, a quienes no se preparan para inflar el músculo y ganar medallas, a quienes se forjan con las adversidades de nuestros tiempos y entrenan desde el corazón.

Yusra representa a los desplazados forzosamente de su casa y que, si se juntaran a fundar un país, éste estaría habitado por 65 millones de personas (de éstos 22 millones son del grupo de quienes fueron expulsados de su país, 40 fueron desplazados a otro territorio aunque no cruzaron fronteras y 3 millones imploran vivir en otro lado y esperan asilo).

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Ese país ficticio estaría en la posición 21 de los más poblados del mundo, según la ACNUR, y ya crece de manera alarmante: del año pasado a éste aumentó sus habitantes casi 6 millones.

Ese no-lugar es una radiografía del mundo actual.

En el equipo de los refugiados, inaugurado en Río para llamar la atención sobre esa realidad negada, hay judocas del Congo, maratonistas etíopes, corredores de Sudán del Sur y nadadores sirios, como Yusra, quien nadó para sobrevivir y salvar vidas.

Otros millones de atletas desconocidos no están en las olimpiadas aunque son los mejores atravesando mares en pangas o llantas inflables, y con brazos en lugar de remos. Hay quienes cruzan un país entero sobre los techos de peligrosos trenes, haciendo equilibrismo y resistencia. Algunos atraviesan solos, sin agua, a pie, mortales selvas y desiertos. Y no sólo vencen a la naturaleza; también enfrentan muros construidos por otros humanos, fronteras reforzadas con minas antipersonales, perros entrenados para matar o alambres electrificados donde muchos como ellos se quedan sin tumba. Estas personas se forjan como atletas al huir del sin futuro, buscando con todas sus fuerzas, su alma, sus músculos y su ser entero aferrarse a la vida; aunque para ellas no sea humana.

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Fundadora de la Red Periodistas de a Pie. Colaboradora en la revista Proceso. Autora de "Fuego Cruzado: las víctimas atrapadas en la guerra del narco". Ganadora de varios premios internacionales entre los que destaca el Premio de Excelencia de la FNPI, Premio Wola de Derechos Humanos y Premio a la conciencia e integridad en el periodismo de la Fundación Nieman de la Universidad de Harvard.