Mensajes edificantes, por @antonioortugno

Será porque me junto con puros cínicos y descreídos pero nunca he sabido de nadie cuya percepción de la vida cambiara gracias a un mensaje optimista recibido por medio de Facebook, Twitter o Whatsapp, uno de esos que se suben como postales o cadenitas y que, a unos más y a otros menos, dependiendo de las neuronas de nuestras amistades, nos asaltan en las pantallas nuestras de cada día. Me parece muy remoto, por ejemplo, que mi amigo F, que dejó de beber hace un par de años, fuera convencido de ello por una imagen de un atardecer en el que un Jesucristo rubio y con el cabello peinado con pistola le asegurara: “No le digas a Dios que tienes un gran problema: dile a tu problema que tienes un gran Dios”. Sobre todo porque F no cree en Jesucristo sino en Darth Vader.

Lamento si me quedo sin amigos luego de decir esto (en el fondo lo agradeceré), pero pocas cosas en el planeta me fastidian tanto como los mensajes de superación, amistad y supuesta empatía. Tanto en sus versiones cursis (“Nuestros hermanos son nuestros primeros amigos. Dale “compartir” si tienes un hermano al que amas”) como en las broncas (“Esos que hablan a mis espaldas están ahí porque ya los rebasé”), tanto en las que suenan a catecismo (“No importa a quién… sólo ama”) como en las que se pretenden graciosas (“Etiqueta a ese amigo que no es perfecto pero sí muy querido”), me parecen todas romas, obvias, abominables.

Me parece claro que en una sociedad donde se lee lo mínimo posible (según las últimas estadísticas, estamos en el fondo de los índices de lectura latinoamericanos) este tipo de falsedades, tonteras y cursiladas pasen por filosofía. Si uno no es capaz de leer un texto completo, una frasecita cualquiera, por más zonza que resulte, le puede sonar a aforismo imprescindible. Si uno piensa que Séneca, Aristóteles, Kant, Sartre, Benjamin y Camille Paglia son nombres de calles, corre el riesgo de que lo más cerca que llegue a estar de la filosofía sea un email que despliegue un power point en el que cinco gatos adorables nos brinden cinco consejitos para tener una mejor relación, para ser mejor padre o para administrar mejor el aguinaldo.

Lo siento, amigos que mandan cadenitas, pero una frase aislada no tiene la menor utilidad intelectual, especialmente si su acompañamiento son otras tantas frases aisladas, muchas veces contradictorias, cuya única relación es la carota de la rana René que comparten. Una sociedad que venera los libros pero no los lee está condenada a repetir como cotorra frases tontas que no problematiza ni cuestiona y que si le suenan “pegadoras” e incisivas es solamente porque no tiene costumbre de seguir un razonamiento lógico durante más de dos líneas.

Lo siento, pues, pero prefiero el más adocenado de los memes políticos a la más deslumbrante sentencia de Einstein (o Foucault) sobrepuesta a unas olitas y un cielo azul como si se tratara de uno de esos viejos y horrorosos cuadernos de espiral de la primaria.

(ANTONIO ORTUÑO)

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Escritor mexicano nacido en Guadalajara. Autor de las novelas "El buscador de cabezas", "Recursos humanos", "Ánima", "La fila india" y "Méjico".