Raíz de perro*

El DF cumple 191 años este 18 de noviembre y mi regalo, políticamente incorrecto, será contarle sobre El Arenal:

Había por el rumbo del Metro Pantitlán un barrio donde se sentía que el último minuto de tu vida estaba esperándote apenas doblaras la esquina. Bien que lo conocí porque de allá soy. El Arenal. Mi infancia se llamó El Arenal. Quedaba a una calle del fin del mundo, frente al canal de aguas negras, justo encima de un vasto terreno arenoso donde más de uno desconfiaba de la Tierra fuera redonda. Allá en El Arenal se crecía con todas las probabilidades en contra, la carrilla y la pobreza se veían como deberes humanos y al chisme se le consideraba una ciencia exacta. Sólo al futbol se le daba trato de Santo o de símbolo patrio.

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Es una lástima que a mí el futbol nomás me sirvió para que a los ocho años viera a mi primer muerto. Fue un sábado, bien temprano. Recuerdo que había llovido toda la noche, y que lloviera en El Arenal a finales de los años setenta, que es del tiempo del que estoy hablando, significaba que el agua arrastraba toneladas de lodo, dejando la sensación de que a nosotros nos llovía mierda. Aquel sábado, mis hermanos jugaban con el España 82, una palomilla de adolescentes desmadrosos a los que nunca se les miró porvenir en el futbol. Todavía hoy sospecho que el España 82 existió para que cada tanto tiempo busque a El Arenal en los mapas que ya no sirven y me ponga a escribir de dónde vengo. Pero como no estoy hablando del España 82, sino de mi primer muerto, me acuerdo que camino a la cancha nos encontramos al entrenador. Le decían el Peterete, según esto porque se parecía a Don Ramón, el viejo flaco ese que actuaba en El Chavo del Ocho, pero en lo único que se parecían era en lo mariguanos. Mataron al Oso, nos enjaretó el Peterete sin sentirse afectado por la noticia y enseguida nos avisó que el partido se había suspendido. Dejaron al güey tirado en la cancha, se fue rezongando. Tengo poco claro cómo fue que mis hermanos y yo nos apersonamos frente al cadáver. Tampoco estoy seguro si la novia le lloró al Oso porque ella todavía era una niña o porque estaba preñada o porque alguien debía llorarle a ese hijo de la chingada. Me acuerdo, eso sí, y me acuerdo muy bien, de haber visto al Oso tendido bocabajo; traía una chaqueta negra tipo Joey Ramone y la cabeza estaba reventada a palos. Sé que fue viendo el cadáver cuando se me trepó una sensación de desamparo, como si me hubiera quedado desesperado para siempre. Algún tiempo llegué a pensar que ese maldito desespero había sido el anuncio oficial de que mi infancia se había acabado. Error. Mi infancia terminó un año antes, cuando dos jovencitas me tocaron en donde a esa edad nadie tiene por qué tocarte. Pero esa es otra historia que otro día voy a contar. Hoy vine a decir que frente al cadáver del Oso me sentí jodido no sólo porque la muerte dejara de ser figurativa en mi vida. Me sentí así porque vi el futuro y el futuro era el asesinato entre pandillas. Madre también lo vio. Lo sé porque, en cuanto le contamos que habían matado al Oso, nos abrazó y le pidió a San Judas que le avisara a Cristo que sus hijos lo necesitábamos.

(Miento. Madre esa vez no le rezó a nadie ni nos abrazó. Madre, al igual que todos los vecinos, suspiró y nos dijo que el mundo tenía suerte de que el Oso estuviera muerto.)

 

* Fragmento de una crónica que será publicada en próximos días en la Secretaría de Cultura del GDF.

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Ganó el Premio Gabriel García Márquez en 2013. Es tres veces Premio Nacional de Periodismo en Crónica. Autor de "Gumaro de Dios, el caníbal"; "Placa 36", "Entre perros", "El más buscado" y "Chicas Kaláshnikov y otras crónicas".