Ciudad de necios | Cuando todos ven y nadie hace

vendedores

Necios que toleran lo que es intolerable: la ilegalidad.

Me mandaron esta historia por correo electrónico. Me quedé helado. Sabía que ocurrían estas desgracias en las estaciones del Metro, pero no había conocido tantos detalles. Le escribí de vuelta a quien me pedía “que se denuncien estas cosas”. Le pregunté sobre cómo había ocurrido aquello, los nombres, la hora, el lugar, la reacción de quienes pasaban cerca de donde ocurrió esta golpiza, las descripciones de los agresores, de las víctimas. Me respondió todo, incluso un “y quiero que publiques mi nombre por que (sic) no les tengo miedo”. Pero pasaron tres días y luego cambió de opinión: “Me recomiendan que es más seguro que me cuides mi identidad el de mi papá (sic) y no digas la estación del Metro… al fin y al cabo trabajo por ahí… y paso diario cerca… En el fondo si (sic) me dan miedo”.

El caso es este: un hombre de 68 años sale con su hija, de 39, de una estación del Metro de la Línea 1, la azul, la que va de Cuatro Caminos a Taxqueña. Es un martes a mediodía y la estación está colmada de pasajeros. Es una de esas estaciones que están a las orillas del Centro Histórico de la Ciudad de México. La reacción de la policía en las estaciones que hay dentro del Centro es más rápida respecto a cuando ocurre algún desmán en las de la periferia, más allá de Izazaga, de Reforma (me refiero al tramo menos turístico), más allá de Puente de Alvarado.

La estación estaba (y sigue estando) llena de vendedores ambulantes. Los pasillos, las banquetas alrededor. El paso público está privatizado por chilangos que buscan una manera de ganarse la vida, sí, pero que también forman parte de organizaciones de vendedores que son reclutados por otros que se dedican a distribuir mercancías ilegales: ropa, lentes, relojes, mota, electrónicos, libros, comida, zapatos deportivos, celulares (piratas, piratas robados y originales robados), de todo. De todo y más. El anciano tropezó con un puesto de lentes de sol. Cayó sobre su codo. Rompió varios lentes. Lejos de ayudarlo a levantarse, la vendedora —una mujer de unos 40 años, obesa, con cangurera negra a la cintura, pelo oxigenado y lentes para ver mejor— lo pateó. Lo pateó en la cara y el vientre. Y no solo eso. Pidió ayuda a otros colegas suyos para quitarse de encima al viejo y a su hija, quien se aprestó desesperada a defender a su padre. Aquello terminó en una trifulca: seis vendedores se agarraron a golpes con otros dos pasajeros que habían decidido ayudar a la mujer y a su padre herido. La cara del viejo sangraba por una herida en la ceja derecha y respiraba con dificultad.

Si hay algo que me asombra, además de la violencia de estas personas, es la pasividad de los que pasan alrededor. Los pasajeros salían como hordas de la estación. “¿Nadie más les ayudó?”, le pregunté a quien me escribió. “Nadie, era como si fuéramos un espectáculo”. Seis contra dos defensores espontáneos, una mujer y un anciano herido. La gente pasaba cerca, rodeaban la escena con cuidado de no pisar a los heridos, nadie se mete. Veía cómo pateaban a un anciano, nadie hizo nada. La escena era un puesto más en un mar de puestos. Solo llegaban más y más vendedores para cuidar que nadie golpeara a los suyos, entre ellos a la señora histérica de la cangurera. Que los intereses que importan, el de los organizados en la informalidad, no sean trastocados. Y así fue.

¿Policías? “Sí 2 que hacían como (que) hablaban por radio pero nadie llegó”. El tiempo pasó rapidísimo. Ni una patrulla, ni un ambulancia. “Cuando me di cuenta ya estábamos en un taxi camino a casa”.

Me dice la mujer que ya denunciaron, tengo los datos verificados de la denuncia. Que su papá está mejor: seis puntos en la ceja izquierda para cerrar la herida. Espero que la Procuraduría de presunta Justicia capitalina deje de comer tortas de milanesa detrás de su escritorio y se levante, salga de su cubículo y se ponga a investigar. La denuncia está hecha. Las amenazas a las víctimas también. Hay un par de personas a las que hay que cuidar y proteger de represalias por la denuncia. En estos casos, los agresores reciben un pitazo de los judiciales con los nombres de los denunciantes y luego toman represalias. Espero que no sea este el caso. Lo ruego.

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Con 15 años de kilometraje en medios, cree que el rigor de la ironía y la seriedad de la risa pueden hacer un periodismo original.