Zapatistas de Troya

La madrugada del 1 de enero de 1994, Amado Avendaño, director del periódico El Tiempo, fue a ver lo que sucedía en la Plaza Central de San Cristóbal de las Casas. Chiapas había iniciado el año con miles de indígenas tomando esa y otras cabeceras municipales bajo la bandera del Ejército Zapatista de Liberación Nacional. Amado, un hombre afable y decano del escaso periodismo independiente en la región, se acercó hasta donde estaba un encapuchado al que intentaba fotografiar Antonio Turok en medio de la penumbra.

– ¿Tú eres el jefe- preguntó Amado.

– No, Amado, yo soy el subcomandante.

– Si tú no eres el jefe, ¿dónde está el jefe?

– Ahorita te llevo.

Marcos agarró a Amado del brazo y ambos entraron a la planta baja de la presidencia municipal recién tomada. El rebelde señaló a un joven que Amado reconoció de inmediato.

– ¿Pero tú?

– Sí, yo soy el jefe, Maestro.

Amado no creía que un muchacho indígena y pobre dirigiera la toma de la ciudad. El “jefe” era uno de sus antiguos alumnos de preparatoria, que en la clandestinidad había decidido ponerse el nombre de Comandante David.

– Pero, ¿cómo te vas a meter de guerrillero? Mira, el Ejercito mexicano está bien pertrechado, tiene armas, armas importantes, tiene aviones, tiene helicópteros artillados, y ustedes andan con armas hechizas, con palos, mal vestidos, no es posible que se pongan ustedes con el gobierno…

– Cállate, Maestro, hace diez años que me metí a esto y sé lo que estoy haciendo, si quieres ayudar, quédate y si no, te puedes largar.

Amado se dio cuenta de que había dejado de ser el maestro y preguntó cómo podía ayudar. David le dio unas hojas donde se leía la Primera Declaración de la Selva Lacandona, la cual le pidió que copiara y repartiera entre periodistas recién llegados. Durante los primeros meses, Amado fue el correo de los zapatistas con la prensa nacional e internacional. Luego vino internet… El día del alzamiento Amado fue invitado a que acompañara a un contingente zapatista que entraría a las instalaciones de la 31 Zona Militar. Amado pensó que la idea era una locura y no fue. Desde su casa escuchó los tronidos del combate ocurrido ese vertiginoso día. Aunque los zapatistas no pudieron tomar la base militar, si pudieron entrar a la sede del Ejército Mexicano en la región, se enteraría Amado tiempo después. Lo habían hecho desde antes del 1 de enero de 1994, a través de una estrategia que viene de los tiempos en que tirios y troyanos se hacían la guerra.

En 1993, como parte de sus tareas previas para el día del alzamiento, el EZLN inscribió a unos 380 indígenas zapatistas como soldados rasos en la zona militar que dirigía el General Gastón Menchaca. Para el año nuevo, los zapatistas ya tenían información privilegiada de las operaciones militares de la región y acceso a buenas armas. Los zapatistas de Troya no infiltraron solamente al Ejército: hicieron lo mismo con los cuerpos policiales municipales y judiciales. “La noche que entraron los zapatistas a San Cristóbal de las Casas -relató Amado en su momento-, ellos (los zapatistas de Troya) estaban de guardia. Cuando yo llamaba por teléfono para preguntarle a la policía, que es la que se supone que debe saber, ¿qué estaba ocurriendo en la ciudad? Me respondían: “todo controlado, señor, ustedes no se preocupen, no pasa nada”. Pero ellos mismos (los zaptistas de Troya) eran los que avisaban”.

Así fue hace 20 años la irrupción de los zapatistas.

BENGALAS

1-
Aunque lo afirmen una y otra vez desde el análisis oficial de la política mexicana, es mentira que el zapatismo ha desaparecido. Además de existir en la cotidianidad de cientos de comunidades de Chiapas en las que gobiernan sus Juntas de Buen Gobierno, el zapatismo permanece en diversos lugares del país como un lento virus que permea sin llamar demasiado la atención. De las diversas ciudades de México que me ha tocado visitar en los años recientes, no hay una sola en la que no haya conocido a jóvenes valiosos dedicados al trabajo social o el arte influenciados por el EZLN.

Todas las ciudades, por más rancias o alumbradas que estén, cuentan con un rincón zapatista. El zapatismo es el alma de la contracultura mexicana de hoy. Influencia lo mismo a la Asamblea Popular de los Pueblos de Oaxaca, a punks de la colonia popular Blanca Navidad, de Nuevo Laredo, Tamaulipas, a activistas de Chablekal, Yucatán, a animalistas del Estado de México o a escritores de Durango. Son zapatistas de troya que atraviesan, aunque pocos lo notan, la medianoche de la institucionalizada cultura mexicana. El documental ¡Viva México!, de Nicolás Défosse es un pequeño vistazo de ese mosaico infectado silenciosamente por el EZLN y que permanece por ahora fuera del radar.

2.-
El periodista Amado Avendaño, quien falleció en 2004, fue el Gobernador en Rebeldía que eligieron los zapatistas después de su alzamiento. En este largo monólogo
, Amado relata con picaresca su encuentro con el Comandante David el 1 de enero de 1994, la infiltración a la 31 Zona Militar y su relación con el EZLN.

(DIEGO ENRIQUE OSORNO / @diegoeosorno)

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Testigo y narrador de conflictos del primer cuarto del siglo XXI en México y otros países. Su más reciente libro es Slim (Debate, 2015). Participó en la Comisión de la Verdad de Oaxaca que investigó y consignó a funcionarios por ejecuciones extrajudiciales y actos de tortura. Cofundador de agenciabengala.com.