“Gritos ambulantes del DF”, por @FlorMK

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Oigo el mismo himno lamentable de todos los días, pero cada vez con más frecuencia, cada vez más cerca. Llego a sospechar que la señorita que lo canta debe estar sufriendo una verdadera agonía, ¿qué tortura impensable puede hacerle dar esos alaridos, como una llorona posmoderna de la miseria, ofreciendo comprar colchones, lavadoras, tambores, refrigeradores, estufas, microondas o algo de hierro viejo que venda?

Denunciarla sería inútil: ya en el siglo XIX la Marquesa Calderón de la Barca escribió en sus memorias sobre los ruidos de la ciudad de México, algo que bien podría haberlo dicho cualquiera de nosotros hoy mismo:  “Hay en México diversidad de gritos callejeros que empiezan al amanecer y continúan hasta la noche, proferidos por centenares de voces discordantes, imposibles de entender al principio”.

Precisamente ayer en el Centro Histórico se anunció otra serie de redadas contra los ambulantes para eliminarlos y el jefe de Gobierno, que ha dado una imagen de grandes desaciertos en medio de varias crisis, está estudiando una propuesta de los ambulantes del metro por regularizarse.

Pensando en la estética de la ciudad, en la imagen al mundo, en la cantidad de dinero que no va al Estado porque no se pagan impuestos, y en muchas razones más, diríamos que es injusto que exista semejante grado de ambulantaje.

Hagamos números: se calcula que un ambulante gana —al menos— dos veces el salario mínimo por día. De acuerdo con la CANACOPE, hay más de 2 millones de vendedores ambulantes en el país; en el DF se calcula que son unos 107 mil. El gobierno podría obtener unos 277 millones de pesos al año si se regularizan (a nivel nacional) y pagan impuestos. Ahora bien: el salario mínimo es de 64.76 pesos (zona A) al día.

El seguro de desempleo que da el gobierno del DF es de 1,942 pesos al mes. La tasa de crecimiento de empleo para este año pasó de 3.5% a menos de 3% en lo que va de estos pocos meses. Hay unos 280 mil desempleados en la ciudad. Y para qué echar cizaña y mencionar los sueldos de los gobernantes.

¿Es posible embellecer o “civilizar” la ciudad y ahorrarnos la imagen —y los sonidos— de los vendedores callejeros sin echarlos a la periferia? Lo ideal es crear las condiciones para que la gente pueda establecerse formalmente. Pero como lo ideal suele ser el opuesto de lo surreal, y México —siempre te lo dice todo el mundo— es esencialmente surrealista, debemos al parecer contentarnos con seguir oyendo los cantos de los vendedores, al fin que en el futuro podrían pasar a engrosar la lista de “pintorescos” pregones que recreó en sus memorias la Marquesa Calderón de la Barca: “¡¡Mantequía! ¡Mantequía de a real y di a medio!’. ‘¡Cecina buena, cecina buena!’; interrumpe el carnicero con voz ronca. ‘¿Hay sebo-o-o-o-o?’. Esta es la prolongada y melancólica nota de la mujer que compra las sobras de la cocina, y que se para delante de la puerta. (…)Y a medida que pasa la noche, se van apagando las voces, para volver a empezar de nuevo, a la mañana siguiente, con igual entusiasmo.”

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 Florencia Molfino es editora y reportera. Escribe sobre arte, arquitectura y sociedad. En la actualidad, prepara un estudio sobre cultura en México.
(FLORENCIA MOLFINO)