El like es un cazador solitario

Por culpa de una desquiciante clasificación gringoide las cosas pueden ser medidas y evaluadas en forma de estrellas.

Hay gente en el mundo que se siente con la calidad moral de ponerle tres estrellas, de cinco, a Crimen y Castigo, o una de tres a un filme de Fellini. Ambos ejemplos claros de que la belleza es una cosa inabarcable. En todo caso, a partir de esta semana los likes en Twitter dejan de ser pequeños astros con luz propia y se transforman en sonrosados corazoncitos.

Ahondar en esta modificación es incluso ocioso pero no pude dejar de darme cuenta de que una buena parte de los usuarios estaba inconforme ante tan dictatorial cambio.

¡Que regresen las estrellas!, exclamaba el multiempleado hashtag al respecto.

A mí en lo personal me choca cada vez que una red social actualiza su aspecto y los botones cambian de lado o de tamaño o de ícono. Siento que es como si llegara a mi casa y me recibiera la sorpresa de que todos los apagadores de luz han mudado de sitio por voluntad propia.

Vivimos en tiempos vertiginosos en los que nada permanece. Hay dos certezas del siglo pasado que caducaron peor que aguacates: que todos tendremos nuestros cinco minutos de fama y que no hay nada más viejo que el periódico de ayer. ¿Cinco minutos? ¿El periódico de ayer? Ambos son ya conceptos de lujo. Hoy en día basta con un ligero menear del dedo pulgar para transformar en material de olvido las vidas de cientos de individuos que ese día merendaron alguna cosa fotogénica o vieron una película que, acaso, los conmovió. Me atrevo a decir, pues, que lo que permanecerá será la sensación “física” que nos provoca nuestra actual vida moderna.

Me explico: Yo estoy seguro de que formaré parte de una generación de ancianos que evocará con melancolía cuando el botón de mayúsculas tenía un foquito que se encendía al activarlo. Así como ahora mismo formo parte de una generación de treintones que añoran el botón REC.

“¿Te acuerdas cuando los likes eran corazones?”, comentaremos en los asilos a nuestros nietos.

¿Qué se pierde con estos cambios? ¿Qué cosa humana se pierde irremediablemente? Caramba, a lo mejor me estoy clavando y es sólo una señal de que los cursis poetuiteros han ganado la batalla.

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Defeño, del Barrio Bravo de Tepito. Autor de los libros de cuentos "Niños tristes" (Premio Maria Luisa Puga 2010), "Perros sin nombre" (Premio Bellas Artes de Cuento San Luis Potosí 2012) y "¡Canta, herida!" (Premio Nacional de Cuento Agustín Yáñez 2015). Además de las novelas "Balas en los ojos", "El siglo de las mujeres" y "Hipsterboy".