Los Tanques de la Portales, las gomichelas más brutales

Los Tanques de la Portales

A mediados de los dosmiles arrancó un fenómeno gastronómico-evolutivo-masivo en México: de pronto a la cerveza, esa maravillosa bebida fermentada que siempre está a la mano para alivianar “la calor” y las penas del espíritu, se le empezaron a añadir ingredientes. Pero ya no nada más limón, chilito y salsas, sino botanas y alimentos y casi casi guisados que han llevado al otrora chupe más sencillo a un nivel de barroquismo descontrolado, a una sofisticación inédita para los pinchurrientos vasos de unicel que contienen esta magia.

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Aunque la tendencia es nacional, en la Ciudad de México nos hemos especializado en la gomichela. ¿Es una buena idea? Definitivamente no: al contacto con la cerveza, estas golosinas se hacen aguadas, pegostiosas y amargas; el escarchado de chamoy de los vasos se te embarra en toda la cara. Además, son un atajo hacia la gastritis, la presión alta y la diabetes (¡alguien llame al PrevenIMSS!). Sin embargo, son extrañamente adictivas.

La gomichela abunda alrededor de universidades, estadios y, a pesar de que no está permitido, en los tianguis. Uno de los ejemplos más brutales del gomichelismo está en Los Tanques de la Portales, un puesto que se atiborra tanto de vecinos sedientos-glotones como de fuereños. Hay gomichelas “normales”, muy competentes, pero la onda son los tanques del título. Son contenedores de dos litros que, además de cerveza, pueden llevar fruta, pepino, salsas, chamoy, clamato, bebidas energizantes… ¡o todas las anteriores! Al envase le ponen su tapita y encima empieza la verdadera locura. La cantidad de comida que lleva es brutal, excesiva, absurda. Si optas por gomitas y les entras hasta empacharte, aun así te van a sobrar para la calaverita en Halloween y para la piñata en Navidad. Si eliges papas fritas, vas a tener que comprar un cartón de chelas en la tiendita para equilibrar la relación alcohol-botana. Y si te vas por la carne seca, los charales y los chapulines, habrás consumido tu ración diaria de proteína animal.

Este santuario del carbohidrato simple y mal-gusto-del-que-nos-gusta está en calzada Santa Cruz entre Tlalpan y el Mercado, a unos pasos del Metro Portales. Se pone de jueves a domingo desde las 15 horas y hasta que se acaben las chelas, lo cual puede pasar entre 7 y 10 de la noche.

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Estudió Comunicación en la UNAM, pero en realidad aprendió a escribir en los chat rooms noventeros y luego en los blogs. Es tan fan de la Ciudad de México que tiene el mapa del Metro tatuado en el brazo.