¡Ra-ra-ramen!

Hace un poco más de un año abrió Rokai, que fue la sensación entre los japonófilos chilangos. “¡Es que es muy auténtico!”, exclamaban mientras se relamían los bigotes después de comer un omakase, una especie de comida corrida con platillos preparados a partir de los productos frescos disponibles ese día. El pequeño lugar estaba siempre lleno y era necesario reservar para sentarse frente a esa barra repleta de mariscos y pescados y ver trabajar de cerquita al chef Hiroshi Kawahito.

El éxito fue tal que Rokai tuvo que crecer. Rentaron el local de junto, pero en vez de simplemente agregar más mesas, ampliaron el concepto. Mientras que en el espacio original se mantiene la cocina en frío, aquí ofrecen platillos calientes. La noticia no le pudo caer mejor al invierno defeño, que aunque es discreto, ¡cómo se antoja una sopita!

Hay que empezar con unas gyozas o con unas alitas de pollo con miso –no son como las que compras para ver el futbol americano: éstas son saladitas, crujientes, delicadas–. Después, compartir un saboro don, arroz con carne molida de pollo y huevo. Otra opción es pedir sumiyakes variados, es decir, brochetas de carne o vegetales: las de pato con cebollín, salchicha berkshire y corazón de pollo son las ganadoras de la primera categoría; de la segunda, la de miso de aguacate, la de okura y la de berenjena.

Finalmente, el ramen. El de negi-chashu es el más caro pero también el más delicioso: trae suaves rebanadas de panza de cerdo agridulce, cebollín, un huevo y alga; todo en un caldo saladito, grasoso. Si te quedó espacio para el postre y eres dulcero, esperemos que no te decepciones, porque te van a dar un plato de fruta. Mejor éntrale a un sake caliente y a dormir.

 

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Estudió Comunicación en la UNAM, pero en realidad aprendió a escribir en los chat rooms noventeros y luego en los blogs. Es tan fan de la Ciudad de México que tiene el mapa del Metro tatuado en el brazo.