Un músico que vive sus canciones

¿Cuál fue tu primer encuentro con  una guitarra?

Mi primer acercamiento fue a los siete años, con una guitarra que tenía una sola cuerda. Yo escuchaba música de los años 50, 60 y 70 que me provocaba la idea de ser cantante. Mi papá se dio cuenta de esto y me apoyó. A los 10 años empecé a hacer mis propias canciones; aún ni sabía tocar bien y ya estaba componiendo. Mi formación fue empírica, sin escuela. Antes no había tanta información como ahora y nuestra forma de aprender era viendo cómo tocaba alguien. Por ejemplo, yo iba a ver al “Three Souls”, les cachaba los tonos y los copiaba.

¿Cuándo formaste tu primer grupo?

Cuando tenía 15, pero no tuvo trascendencia, ¡ni siquiera tenía nombre! Éramos cuatro, tocábamos clásicos del rock y, aunque no tuvimos respuesta, fue la primera vez que me sentí en una agrupación. Luego vino “El Haragán”, pero en un primer momento yo quería ser solista; tocaba solo con mi guitarra donde me dieran chance. Después surgió la propuesta de grabar un disco, pero el dueño de la compañía me dijo que necesitaba armar un grupo con batería y bajo. Es decir, que primero se hizo el disco y luego el grupo.

¿Cómo es tu proceso creativo a la hora de componer?

De varias formas: a veces traigo una idea de canción cuando voy en el Metro o caminando y después con calma le pongo música. Otra es hacer la música primero y acomodarle una letra que ya tenía. Pero hay una mejor, que es como un parto sentimental: hago la canción de un solo jalón; agarro la guitarra, una vía de inspiración y ahí está, al instante.

Tus historias son entrañables, sórdidas y crudas, ¿qué las inspira?

Lo más difícil de hacer una canción es vivirla. Yo viví Él no lo mató, Mi muñequita sintética e incluso A esa gran velocidad, de principio a fin, con todo y la locura de sus requintos. Mis canciones han sido momentos de mi vida que intento reflejar en un rock realista y sensible.

¿Cuál es el público para el que escribes?

Para todo el que me quiera escuchar. Después de tantos años me he dado cuenta que “El Haragán” le toca a personas “marginadas”, pero también a otro tipo de gente que ha entendido el mensaje y son rockanroleros. Puedo tocar en un reclusorio, en un asilo, para los niños o para los abuelitos. Al final se trata de personas a las que les tocó tener varo o no, pero son conscientes, siguen el movimiento del rock mexicano y, eso sí, casi siempre son inteligentes.

¿Cuáles han sido las mayores satisfacciones de tu carrera?

El público. Cada vez que nos vemos y cantamos se siente chido. Esa es la máxima recompensa y saber que mi vida no ha sido en vano; he estado trabajando con todas las carencias o imposibilidades, la marginación y el rechazo que hay de los medios de comunicación a este género. Se ha intentado perpetuar un rock muy color de rosa, liviano y dulce, pero para eso hay románticos mexicanos que ya lo hicieron y muy bien. El rock and roll debe ser un grito de libertad y rebeldía, en cuanto te autocensuras deja de ser rock.

PRÓXIMAS PRESENTACIONES

Sábado 15 de noviembre

La Caverna.

Miguel Ángel de Quevedo, 687.

180 pesos.

Viernes 28 de noviembre

Segundo Piso.

Av. Azcapotzalco 608.

180 pesos.

Domingo 14 de diciembre

Urban Fest 2014.

Centro de Convenciones Tlalnepantla.

200 pesos.

(Miréia Anieva)