Nuestras calles se llenaron de arte

arte público
Foto: Lulú Urdapilleta

2017 ha sido el año en el que el arte público se ha consolidado en nuestra ciudad, convirtiéndola en una galería abierta a transeúntes, ciclistas, vendedores ambulantes y demás habitantes de esta capital.

Fue el año en el que los relojes blandos de Dalí amanecieron de pronto como esculturas en Paseo de la Reforma, acompañados de otras 19 piezas originales del artista catalán. El surrealismo continuó en la icónica avenida con el “Onirismo en bronce”, exposición de la artista inglesa Leonora Carrington, con 14 esculturas de misteriosos personajes frente a las rejas de Chapultepec.

Esto sin mencionar las consabidas Alas, de Jorge Marín, que nos convierten por unos minutos en ángeles y que siguen siendo souvenir indispensable e irresistible de locales y extranjeros para presumir su paso por la CDMX.

En fechas recientes, el arte lumínico del festival Filux sorprendió a quien paseaba por Centro Histórico, y hay quienes hasta vinieron de otros estados para ver el espectáculo de mapping sobre la fachada del Palacio de Bellas Artes.

No hay que dejar de lado la intervención mural al mercado más grande del mundo, la Central de Abasto, que ahora luce 32 creaciones del proyecto Central de Muros, que adornan sus paredes y celebran así, con arte urbano, sus 35 años de existencia.

Y este año no se acaba hasta que se acaba: hace unos días, una barca gigante apareció en la explanada de Bellas Artes. Se trata de El ruido generado por el choque de los cuerpos, una pieza monumental y en bronce, también de Jorge Marín —de más de siete metros y 1.7 toneladas—, cuyos pasajeros son dos hombres y una mujer envueltos en telas. El autor ha dicho que busca “tocar el alma de aquellos que convivimos en el espacio urbano”. La toque o no, el hecho es que no va a pasar inadvertida y los ojos chilangos se seguirán llenando de arte al pasar rumbo a sus destinos cotidianos.

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