CDMX, un refugio para muchos

En el Distrito Federal vive el 70% de las personas que piden refugio en el país. La mayoría llega huyendo de la violencia que se vive en sus naciones.

Nacionalizada: María Ramírez llegó de Honduras hace 29 años, pero ya es mexicana. Fotos: Alfredo Boc y Rafael Montes / MxM.
Nacionalizada: María Ramírez llegó de Honduras hace 29 años, pero ya es mexicana. Fotos: Alfredo Boc y Rafael Montes / MxM.

Todo empezó con una carta que la Mara Salvatrucha envió al padre de Juan. En ella le exigía entregarle a sus dos hijos para ser reclutados y servir de traficantes. La negación trajo consigo la amenaza de muerte. Juan, sus hermanos y su padre tuvieron que huir.

“Yo no quería dedicarme a eso y mi padre daría la vida por sus hijos antes que perderlos”, cuenta Juan, un hondureño de poco más de 20 años que, por ahora, vive en una iglesia de la Ciudad de México en espera de ser reconocido legalmente como refugiado por la Comisión Mexicana de Ayuda a los Refugiados (COMAR), de la Secretaría de Gobernación (Segob).

El estatus de refugiado se otorga a quienes huyen de su país porque su vida, seguridad o libertad son amenazadas por violencia, agresión extranjera, conflictos internos, violación masiva de derechos humanos o perturbaciones graves del orden.

El proceso es largo, porque la dependencia debe investigar si las condiciones en el país del solicitante ameritan otorgarle asilo en México.

Juan llegó a la Ciudad de México en abril pasado, como parte de la caravana del viacrucis migrante que realizaron diversos sacerdotes, entre ellos el Padre Solalinde. Hoy mira al Distrito Federal como “un oasis”.

HOSPITALARIOS, POR LEY

En 2014, 172 personas llegaron al DF en calidad de refugiados, de acuerdo con cifras de la Secretaría de Desarrollo Rural y Equidad para las Comunidades (Sederec). Ese número representa el 70% de las 247 personas a las que la COMAR otorgó el permiso de refugiados; ese año recibió mil 525 solicitudes.

La Sederec encabeza al grupo de instituciones locales dedicadas a la protección de refugiados, por mandato de la Ley y el Programa Sectorial de Hospitalidad, Interculturalidad, Atención a Migrantes y Movilidad Humana del DF 2013-2018, que tiene como meta que en 2018, los refugiados que habitan en la Ciudad de México tengan acceso, al menos, a 50% de los programas sociales del gobierno capitalino.

La dependencia entrega a los refugiados, así como a migrantes, una credencial que los identifica como “huéspedes” de la ciudad.

“Tenemos una tarjeta de identidad para visibilizar la condición del migrante o del refugiado, (porque) el primer obstáculo que tiene la persona es cómo se identifica”, explica Hegel Cortés, titular de Sederec.

Con esa credencial, los refugiados tienen acceso a los servicios públicos de salud, transporte y programas sociales, como un seguro de desempleo de un salario mínimo mensual, por seis meses, y microcréditos de hasta cien mil pesos, para emprender proyectos productivos que los incorpore al mercado laboral.

José Francisco Sieber, oficial de protección del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR), asegura que el DF tiene todo el potencial para ser considerada como una “ciudad solidaria”, este término forma parte de la Declaración y Plan de Acción de México para fortalecer la Protección Internacional de los Refugiados en América Latina del 2004.

Las “ciudades solidarias” son aquellas —dice Sieber— en donde no hay discriminación y “el refugiado va a encontrar una comunidad que lo acoge, vecinos que lo reciben y que lo ayudan… con esa disposición de orientarle, darle información”.

Fotos: Alfredo Boc y Rafael Montes / MxM.
Fotos: Alfredo Boc y Rafael Montes / MxM.

MIEDO Y DISCRIMINACIÓN

Sin embargo, los refugiados no son visibles en la Ciudad de México. Por protección personal y por temor a ser ubicados desde su país de origen, muchos se esconden, incluso de las instituciones públicas que los ayudan.

Eso se evidenció en 2011, cuando ACNUR realizó la Encuesta sobre Población Refugiada en México. De 20012 a 2011, la COMAR tenía reconocidos como refugiados a 1,186 personas. Pero sólo se pudo aplicar la encuesta a 320, porque el resto no pudo ser localizado.

En 2014, de los 172 reconocidos por COMAR, sólo 12 solicitaron su credencial de huésped ante Sederec. En 2015, se han entregado credenciales apenas a nueve refugiados.

Jean es haitiano y habla muy poco español. Sin dar muchos detalles, cuenta que huyó de la isla porque recibió amenazas de muerte. En la Ciudad de México vive en un albergue y espera la respuesta a su solicitud de refugio. Sale poco, sufre pesadillas y dice que no tiene amigos. Se desespera cuando, en la calle, no logra comunicarse para llegar a algún lugar, pues sólo habla inglés y francés.

—¿Cómo te tratan en esta ciudad?

— Eso es un problema. No soy muy bueno en español. Pero hay gente que me ha ayudado. Una vez iba a Polanco a reunirme con la comunidad francesa en México, pero me perdí. Me encontré con dos jóvenes que me ayudaron. Fueron amables, me indicaron la dirección y me dijeron que tenía que regresar a Chapultepec, pero yo no sabía dónde era eso… empecé a caminar y me dijeron que esa era la dirección incorrecta. Me acercaron a un taxi y le dijeron exactamente a donde llevarme. Es una pequeña historia, pero para mí significó mucho.

Jean ya tiene su credencial de “huésped”, pero a dos meses de haber llegado al DF, aún no recibe asesoría jurídica ni de Sederec ni de COMAR, ni de ACNUR. “No me he acercado a ninguna otra institución por temor a que en mi país se enteren de dónde estoy”, dice.

La hospitalidad no está en todas partes. José Luis Loera, coordinador de la asociación civil Casa Refugiados, señala que los bancos, por ejemplo, aún no reconocen el documento que la Secretaría de Gobernación (Segob) entrega a los refugiados y que existe estigmatización contra colombianos, etiquetados como narcotraficantes, o contra salvadoreños, señalados como maras.

El activista también comenta que en 2012 pudieron conmemorar el Día del Refugiado en el Paseo de la Reforma, pero este año el Gobierno del Distrito Federal no les dio el permiso para realizar esta actividad.

Diana Martínez, coordinadora de la asociación civil Sin Fronteras, afirma que en el DF los refugiados se enfrentan a obstáculos como conseguir trabajo: “Muchas veces no les reconocen los documentos de Segob y las empresas piensan que no pueden contratarlos. También persiste la discriminación contra gente de piel negra o árabes”, dice.

Juan admite que en el DF se siente contento y seguro, que no teme saludar a policías ni salir a caminar al parque, porque en “Honduras ir al parque es ir a entregarte a la muerte”. Si en Gobernación le niegan la condición de refugiado, se regresará a su país, porque aquí no puede conseguir trabajo sin papeles.

“Un día fui a una obra muy grande que se construye en Polanco y el arquitecto me dijo que como no tenía ningún documento, no podía contratarme. ¡Hasta para ser ayudante de albañil piden papeles!”, lamenta.

María Ramírez ha dejado el miedo atrás. También hondureña, la mujer de 81 años huyó de la dictadura en su país. Llegó a México en 1986. A su esposo lo desaparecieron en Honduras en 1975.

Ella forma parte de las estadísticas del refugio centroamericano en México de los años 80, cuando llegaron  46 mil guatemaltecos huyendo de los conflictos armados de Centroamérica.

Décadas antes, la tradición mexicana de dar refugio comenzó en 1939 cuando el país recibió a 20 mil españoles que huían del régimen franquista y que continuó en los setenta cuando abrió sus puertas a sudamericanos que huían de las dictaduras en Argentina, Brasil, Chile y Uruguay.

Apoyada por ACNUR y asociaciones de refugiados en México, María Ramírez rearmó su vida en la Ciudad de México. Hoy ya no tiene motivos para regresar a su país. Incluso, ya no es una refugiada, sino una hondureña nacionalizada mexicana.

DATOS

45 días le toma a la COMAR analizar las solicitudes de refugio.

7 millones de pesos recibió como presupuesto etiquetado la Sederec para impulsar proyectos productivos para migrantes y refugiados.

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Rafael Montes es reportero de la ciudad desde hace siete años. Apasionado de la movilidad, el urbanismo y el medio ambiente. Ciclista y peatón cotidiano, no tiene auto y sólo de ser muy necesario deja la bici para subirse al Metro o al coche de su novia.