La plaza del delirio

Ancianos, desempleados, mendigos, adictos y trabajadores sexuales confluyen en las cercanías del panteón de San Fernando y dan su sello al lugar.

FOTOS: LULÚ URDAPILLETA

Las carcajadas hacen retorcerse a don Enrique: con las rajas del tiempo que le estallan de la frente al mentón, su cara extenuada sufre sus 70 años, los mil 179 kilómetros y las 15 horas de viaje entre su pueblo duranguense, Rodeo, y la Ciudad de México, a donde llegó esta mañana. Sombrero vaquero, camisa escocesa, botas y jeans, bajó del autobús en la Terminal del Norte para hacer unos trámites en el Tribunal Agrario, pero en su amanecer veraniego en la capital acordó un reencuentro con sus primas. Eligió su lugar predilecto: un rectángulo del Centro Histórico atestado de mendigos, prostitutos, adictos, desempleados, sexoservidoras, lisiados y ancianos solitarios, que desde hace años ensanchan una cofradía escandalosa, casi siempre eufórica, como si celebrara el desamparo, escabroso aunque quizá con una ventaja: la libertad.

De pie en la plaza San Fernando, don Enrique cierra una broma con un “así son las mujeres”, y frente a él se desternillan de risa tres señoras, entre ellas Teresita del Niño Jesús, vendedora de panqués de pasas, chocolate y nuez “hechos no al ahí te va, chíngate y órale —aclara—, sino hechos con amor y limpieza”, además de montones de mantequilla que cubren mi paladar al darme una probada. El grupo toma aire tras las risas y le pido una entrevista a Enrique, pues mi misión es saber quién habita hoy la insólita plaza de la colonia Guerrero. Me ve como a un extraterrestre: “Bastantes problemas traigo”, se niega.

—Es un minuto.

—Voy a buscar a la policía.

—¿Por qué se enoja?

—Si quiere entrevistarme, antes pida permiso a un juez.

—Imagínese si cada vez que entrevisto a alguien pido permiso a un juez.

—Así debe ser: usted no lo sabe porque viene de otro país.

Que el Reino de Dios gobierne, parece clamar con su intervención pacífica una de las primas y fans del campesino duranguense: Airam Ersol Selena Odeboc, como jura llamarse la octogenaria de falda florida que me interrumpe con un regalo arrugado, húmedo y de color papiro. Estira su brazo y recibo La Atalaya del 1 de enero de 1990, revista de los testigos de Jehová, con el siguiente propósito: “Vigila los sucesos mundiales a medida que estos cumplen las profecías bíblicas”, explica la página 1. “Mire: Buenas nuevas para toda la humanidad —recita Airam, repitiendo las líneas de la portada—. Se la voy a obsequiar para que la lea usted”, sonríe y se va mientras sobre un jardín descansan sus otros amigos, esposo y esposa de elegancia marca California Dancing Club: Gustavo Cisneros, de 75 años, y Graciela Ruiz, que se abrazan sentados. Sombrero Panamá, voz apacible de caballero clásico, el varón dice que están aquí “por el canto de los pájaros” y por otra razón: la taciturna y mortuoria compañía de su admirado Benito Juárez, prócer laico cuyos restos yacen a unos 10 metros, en el vecino panteón de San Fernando. “El conocimiento del hombre es pasajero. El conocimiento del creador es superior al del hombre”, suelta Gustavo —maestro hasta 2014, tras 54 años de ejercer en la primaria Tezozomoc— con la cara vuelta hacia el mausoleo.

—¿No es contradictorio que admire a Juárez, un antirreligioso, y alabe el conocimiento del creador?— lo cuestiono.

—La educación en México no es laica. Se festejan posadas y eso ya es religión— refuta. La mujer aprueba a su hombre con silencio y ojos enamorados.

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Gustavo Cisneros y su esposa, Graciela Ruiz.

Atrás de la pareja, con las manos llenas de surcos que el tiempo tiñó de negro, Sofía Nicolás sostiene el diario La Prensa. “¡No circulaba!”, exclama el encabezado sobre la foto de quien en vida fuera la doctora “Adriana” y ahora es un cadáver con los ojos abiertos, madre de dos niñas, asesinada en un microbús en Naucalpan. Sofía da vuelta a la página y le pregunto su edad: “80 o 90 años, por ahí así”, dice la antes “restañadora” de la fábrica de chocolates Mckim. ¿Qué le ve a esta plaza? “Nada, no me gusta”, lanza con amargura la dama que en 1947 dejó su Tulancingo, tierra del luchador el Santo. “Y tierra de Nuestra Señora de los Ángeles”, me regaña como si ignorara la verdadera encarnación de santidad.

—¿Le gusta su vida?

—Soy feliz— dice sin amagar sonrisa.

—¿Qué es lo que más le gusta?

—Tejer chales. Con las manos— precisa.

—¿A quién se los regala?

—¿Regalar? Los vendo por pedido.

—¿Hay que tener mucha habilidad en las manos?

—¡Claro!— se ríe por primera vez y se queda mirando su viejo periódico del 23 de mayo, con la médica ejecutada boca arriba.

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Sofía Nicolás.

Delante pasa Luis Ángel Ávila. En cuanto nos voltea a ver, advierto que la cuenca de uno de sus ojos la ocupa un redondo vidrio blanco. Lo llamo y me explica: el 5 de septiembre pasado un grupo lo agarró en su colonia, Tacuba. “Me dieron un patadón en el ojo y me lo estrellaron. Fue visceración”.

—¿Por qué se molestaron?

—No lo sé, no lo recuerdo.

Hace un minuto que hablamos y Luis Ángel, desempleado que apenas supera los 30 años, llora. Las lágrimas cubren su ojo de cristal. “No recuerdo nada, nada de ese día —dice bajo su gorra con la cara empapada—. Me siento solo”.

—¿Dónde despiertas?

—Aquí, contigo— hace un chiste.

—¿Cuáles son tus sueños en la vida?

—Un taco de canasta, pero me gusta mucho el vicio. Hubiera querido ser doctor.

—¿Qué traes en la botella?

—Mona. Me encuentro entre fuera y cerca. ¿Me entiendes o no? Traigo para comprar, pero quiero y no quiero.

Su lengua se barre, farfulla palabras: paz, vicioso, brothers, secundaria, tranquilidad. Nos despedimos y me abraza aún llorando: “Me transmitiste algo”, susurra. Nos alejamos y pega un grito: ¿Tú quién eres?, ¿te gustó mi historia?

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Luis Ángel Ávila.

Su voz la oye Kung Fu Jr., musculoso luchador con playera sin mangas Maui Beach que hoy evitó la máscara y que en esta colonia, la Guerrero, conoce a todos los que lo rodean cuando pasea a Chocolate, su french poodle. El gladiador de 40 años saluda a la gente, pero los compadece: “Vandalismo, prostitución, borrachitos y vagabundos han ganado terreno”, lamenta horas antes de viajar a combatir a McAllen, pero hay quien lo rebate. “Observe usted: una plaza bonita y tranquila —dice el oficial G. Cruz en la patrulla 301 C1—. Nadie se droga, no hay asaltos, ni robo de vehículos, autopartes o transeúnte”.

A unos metros está el mundo que no quiere ver. Sobre la plaza, frente al Hotel Managua que refugia a los solitarios ansiosos de sexo hasta por 200 pesos media hora, circulan los botes de solvente —la mona— y el licor de agave Tonayán, de a 25 pesos el litro. Ocre y cristalino, escurre por las gargantas de Mónica, sexoservidora, el “prostituto” José Carlos Semprana, la jefa Angie, un trasvesti de pelo rubio y larga gabardina dark que volteando la cara rechaza dar su nombre, y el Albur, flaco en huesos que nutre la euforia general con su “¡Chichis pa’ la banda, pelos pa’ la banda!”.

Cuerpo esbelto pero exuberante, preciosos ojos grandes y tersa piel blanca, Mónica dice que es “sexoservidora internacional” y enumera: “Trabajo en Francia, Italia y Alemania”, dice la hermosa tapatía que ya cumple tres años de haber llegado a la ciudad de mano de un padrote que, jura, mientras la explota le permite conocer el mundo. Y como ella no sabe de fronteras, su tarifa es la más alta de la plaza: mil 500 la hora para ir juntando para sus debilidades: “Carros, dinero y ropa”, delimita con seguridad. Al reír, su pechos ondulan bajo el escote fucsia que de reojo mira José Carlos Semprana Cautinho, su amigo jarocho que está con ella bajo el pedestal del monumento a Vicente Guerrero. Espada en su mano izquierda, al bronce del héroe de la Independencia lo acompaña una placa que dice “Vivir por la patria o morir por la libertad. Fue sacrificado el 14 de febrero de 1831”, junto a un arreglo de flores secas.

Semprana, exestrella de baile de calientes antros mexiquenses, como el Spartacu’s de Neza, cuando tenía 22 años tuvo la ocurrencia de conquistar a una chica de 15, cuya madre lo denunció por estupro: “La señora quería conmigo. Nunca quise y me hizo la vida imposible”, gruñe. La sentencia fue de siete años de cárcel, que concluyeron hace un mes en el Reclusorio Norte. Ya libre se volcó a la calle. Ejerce como sexoservidor de gais o parejas que le piden tríos en su hotel favorito, el Royalty —escenario del asesinato de una mujer hace seis meses—, o en otros hoteles cercanos a La Ciudadela, donde da placer por 500 la hora. “Les gusta que le haga el amor a su vieja. Tengo buen pene: lo saben mis exigentes clientes cubanos y puertorriqueños”.

—¿Cómo te piden el servicio?

—¿Oye, no te gusta mi esposa, mi novia? Ellas me muestran las chichis, se suben el vestido, no traen nada abajo y se empiezan a tocar. Es lógico que se me pare un guato la verga: en la cárcel casi no cogía.

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José Carlos Semprana.

Muy cerca un hombre ve a los autos pasar. Con más de 70 años, a sus pies los cubren unos tenis adolescentes de colores chillantes. Tiene una barbita a lo Ho Chi Minh y transporta un huacal de leche Al Día donde carga libros usados que vende en el Monumento a la Revolución cuando no cuida los coches que aquí estacionan. En su cuello, una medalla de San Benito, “poderosísima y antidiablo”: “El día que me la regalaron era dorada y al otro día estaba negra”. Práxedes Giner es el gran pensador de la plaza desde 1985, año en que llegó tras retirarse como “Agente 78 de la PGR y comandante en jefe del Pacífico norte”. Y su mente no crea abstracciones, sino ciencia dura. Aunque cada vez los grupos se mezclan más, estableció una geografía de la plaza en cuatro zonas, “con diferentes ideologías”, que va así: Zona 1) “Mujeres y hombres de la calle. Mariguanos, tranquilos, católicos”. Zona 2) “Adoradores de la Santísima Muerte: chavos adictos y uno que otro ladroncillo y chacalón agresivo”. Zona 3) Alcohólicos de edad avanzada”. Zona 4) “Multifuncional”.

—Cuénteme un par de historias de la plaza— le pido.

—Un chavo cuidaba carros. Robaron algo, lo arrestaron sin tener nada que ver, entró al reclusorio. Ahí adquirió sida, quedó ciego por diabetes y al salir murió en esa esquina hace cuatro años. Y la segunda: vestido impecablemente, un catedrático de la UNAM se sentó en esa banca a beber. Nunca dijo por qué. Con el mismo traje duró bebiendo un año: brandy, tequila y luego matarratas. Señor ilustrado, sumamente educado. Falleció en la banca con su traje— relata.

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La jefa Angie.

Las sexoservidoras se ofrecen solitarias en los vértices de la plaza, en hilera al borde de la avenida Hidalgo o en bolita alrededor del atrio de la Iglesia barroca de San Fernando, donde los barrenderos tienen sus botes. Angie, desdentada mujer de 53 años, seis hijos y 17 nietos, oye que pregunto “¿cuál es la hora fuerte del sexoservicio?” y contesta gritando “ahorita mismo es la hora fuerte: bájate el cierre”. Ríe y se pone de frente, roza mi torso con el suyo envuelta en un gruesísimo abrigo bajo el sol contundente. El sexoservidor Semprana se carcajea y dice: “Aguas, que ella es diva como Thalía”. Angie no le hace caso, me palpa con su mano para hallar el tirador de mi bragueta. Retrocedo, se adelanta y cuando averigua qué hago en este lugar me informa: “Estoy aquí desde antes de nacer. Aquí me cortaron el ombligo, hermano. Y si se pasan con Angie se los lleva la puta madre”, lanza la patrona de la plaza de pelo revuelto y muchos collares: “Todos tienen significado: este es un angelito, manito: me lo dio un galán de toda la vida. Este ámbar con una abeja me lo dio mi primo y este rosario me lo regaló mi jefecita; está ahí sentada”, señala a una viejita que se expande tejiendo en una banca y a la que pido una entrevista: “No, qué. No doy entrevistas —refunfuña—, pero te regalo un rosario”.

Angie ve que en una banca está Luis Ángel, el chavo del ojo de vidrio, que la mira tímido, silencioso, retraído.

—¿Me estás gritando?— vocifera ella al joven, en un reclamo esquizofrénico. Nadie le gritó nada.

—No— musita Luis.

—¿Por qué me gritas?

—¿Quién está gritando?— responde él con pavor.

Tomándome de la mano, Angie me aparta y susurra: “En esta plaza me la cotorreo y me duermo donde se me para la verga”.

—¿Y si te dicen algo?

—Yo les digo: me regalas una moneda o te cojo. ¿Quién va a querer que me lo coja? A güevo me vas a regalar la moneda— se carcajea.

Angie da media vuelta y su banda la recibe con gritos arrebatados, como a una emperatriz. Apenas es mediodía y a la cofradía de la plaza San Fernando le quedan muchas horas de fiesta.

Brotan abundantes la mona y el Tonayán.

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Práxedes Giner.

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En sus inicios fue reportero en "Reforma" y otros diarios, después escribió en revistas: "Chilango", "Esquire" y "Newsweek en español", donde hoy hace periodismo narrativo. Ha sido profesor universitario y conductor de televisión. Premio Nacional de Periodismo 2007.