La plaza del delirio (segunda parte)

Con su escoba de ramas machaca al adoquín de la Plaza San Fernando como si ahí no hubiera viejas fichas Amigo, servilletas sucias, vasos pegajosos, hojas secas, cajetillas de Camel y otras basuras inertes. No, el barrendero deja impecable este rincón del Centro Histórico con furia, encrespado, como si bajo sus pies se escabulleran ratones y debiera acabarlos a punta de machetazos. Alza la cabeza al oír que lo he elegido para una entrevista. Aún más serio, encabritado y con mirada de gavilán iracundo, decreta el reglamento de la charla: ni demente revelará su nombre real –“el más bonito del mundo”, dice– pues no le interesa “la fama” y me exige inventarle un seudónimo del mismo nivel (le llamaremos “José”). Ahora sí, muy propio frena a su escoba como el maestro que con sólo apoyar su portafolios en el escritorio da un cerrojazo a la boca de sus alumnos.

Don José ya da cátedra en este punto de la colonia Guerrero.

–¿Sabe quién fue Uruchurtu?–, me cuestiona.

–Sí.

–Ah, pues si no sabe métase a Internet –me regaña– y escriba “U-ru-chur-tu”. Era un político cabrón: la gente con tatuajes no tenía trabajo, y a los vagos y las mujeres de la calle los llevaba al manicomio–, exclama el macizo varón de 60 años, como si quisiera que las sexoservidoras que en este mediodía ya esperan clientes a su derecha, en Avenida Hidalgo, oyeran las “proezas” de quien entre 1952 y 1966 fue el implacable regente del Distrito Federal.

Listo, es hora de pasar a la siguiente lección. “El mundo se divide en dos”, me instruye y calculo que en clase de Geografía hablaremos de los hemisferios norte y sur. No, no, no. “El mundo se divide en gente trabajadora y perezosa –precisa– Compañeros vagos entran a trabajar como si fueran secretarios de Estado”, ataca sin misericordia a sus colegas barrenderos de la delegación Cuauhtémoc y cuando le pido argumente a cuál bando pertenece aprovecha para iniciar clase de Matemáticas: “Calcule: entro 7 a.m. y me voy 3 p.m. desde hace 17 años –me informa para que haga cuentas–. Como ve, yo aquí ya soy un monumento”. Se ríe de su chistorete, sus bigotes saltan alegres y continuamos con clase Historia: “Debo tener limpio porque aquí al lado esta enterrado Benito Juárez”, señala con su mentón el mausoleo del prócer oaxaqueño –visible desde aquí– en el panteón vecino y vuelve a agitar su escoba, señal de que la clase ha terminado y puedo salir al recreo, que comienza metros adelante. Al borde de un jardín una niñita reposa bajo el sol junto a su padre, Fermín, que se dio un respiro del mundo polvoriento de libros viejos que vende fuera de Metro Hidalgo y a los que ha leído “todos”, aclara. Y justamente fue leyendo, esta vez la revista “El Buscador y sus Caminos” (sobre tarots, talismanes, magia, inciensos, velas aromaterapia, dijes, esoterismo, chakras, cábala, astrología, hinduismo, figuras y campanas) en días en que su mujer estaba embarazada, como supo que el pueblo judío tiene una palabra hebrea para referir el superlativo de dios: Elohim. ¿Una palabra para evocar a un dios supremo entre los supremos? Sí, por eso bautizó Elohim a su hija, su tierna diosa de dos años que se embadurna la boca de rosa con un delicioso helado que escurre por sus cachetes, sus dedos, su ropa, el piso.

–¿De qué sabor es?–, le pregunto a la nena.

–Dile que de cereza–, se adelanta su papá.

De la mano de ella, Fermín viene a esta plaza “hasta tres veces por día” a ver las ocurrencias de Angie, veterana y vagabunda jefa del lugar, y de sus indigentes subalternos que en este momento adornan sus graciosadas con una pléyade de groserías que aviva el licor Tonayán. “Esta plaza es un problema grande”, se queja Fermín del exaltado grupo de vagos pero mirándolos atentos como si estuviera frente a un show para el que pagó boleto.

LEE LA PRIMERA PARTE: LA PLAZA DEL DELIRIO

Al griterío que rodea la estatua de Vicente Guerrero le hace contrapeso un denso silencio meditativo. Carlos Alberto Domínguez, tabaco Delicado ensartado en su oreja, 33 años, mira a la nada. Tiempo atrás, un añejo y sofocante desempleo lo volvió un nómada en pleno siglo XXI. “Con mi mezcalito en la mano iba caminando desde el Monumento a la Revolución hasta Xochimilco –relata– y luego de regreso. Así me la pasaba hasta que se acababa mi tonayanito”.

Pero un día los pies le pidieron tregua y optó por tomar su licor de agave Tonayán en la estable rutina de Avenida Juárez, a la que el destino lo aventó junto a unos cartones que se volvieron su hogar. Ahí arriba comía, veía pasar la vida y dormía. En lo más profundo de una noche a su sueño lo destruyó un golpe sólido en la cara, como si de la nada le hubieran asestado un martillazo a sus huesos cigomático, frontal y temporal. Unos chavos enfiestados asumieron que el moreno que descansaba en la calle no era un ser humano sino un juego de feria. “Me aventaron una botella como de aquí a donde está ese árbol”, señala. La cara cruzada por una larga herida inundó de sangre cartones y banqueta en esa velada invernal de 2015. Carlos no sabe ni cómo llegó de madrugada al Centro de Asistencia e Integración Social de la colonia Viaducto Piedad, donde lo cosieron y le dieron techo. Ahora va y viene entre ese albergue y esta plaza, la que más le gusta. ¿Y su apariencia? Le duele menos su cara tasajeada que un recuerdo de 1998 cuya protagonista es una señora de nombre Carmen Vázquez Suárez, mamá soltera de él y su hermana Maribel. “Conoció a un señor, tomó la Autopista a Querétaro para irse a vivir con él y no regresó a casa. Son casi 20 años sin saber de ella”, dice. Él y su hermana, ambos todavía adolescentes, se quedaron huérfanos.

Carlos me mira fijo con sus extraviados ojos negros y, como si yo fuera una cámara de TV y el botón rojo de “record” estuviera encendido, suelta un mensaje del fondo de su alma: “Mamá, nos gustaría verte: vente a vivir con nosotros”.

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No es el único que en este rincón arbolado perdió a su madre. A Gloria se le fue de un día para otro la mujer que hace 24 años en la ciudad de Pátzcuaro la dio a luz, quien a su vez había perdido a su esposo desde antes que la pequeña naciera. A los 17 años, huérfana y con sólo la Primaria concluida, la joven quiso aplicarle una llave al destino: abandonó su lago michoacano y eligió a la Ciudad de México para cristalizar sus sueños. Aquí encontró a León y se enamoró. Su hijo nació en el Hospital Materno Infantil Inguarán y creció. Pero cuando cumplió cinco años, León desapareció. Nunca más Gloria tuvo una sola noticia del padre de su hijo. Sin pareja, trabajo, familia ni estudios, oyó el consejo de una amiga: “Vete allá y vas a conseguir dinero”. “Allá” eran los arcos de la plaza virreinal de San Fernando, donde en 2014, con minifalda, escote y maquillaje, se metió con un desconocido en una cama del vecino Hotel Managua. 200 pesos media hora.

–¿Qué te acuerdas del primer día?

–Horrible. Esto de meterse con Juan y Abraham, imagínese. Con tal de llevar el pan a casa me pasa hasta lo que no: uno quería sin condón y yo no trabajo así. Me estaba ahorcando en el hotel y me quitó mi dinero. Me aventé al pasillo toda encuerada, salió corriendo y alcancé a darle un patadón en sus partes.

–¿Y dónde está ahorita tu hijo?

–En la escuela. Al ratito lo voy a buscar, por eso yo sólo vengo a la mañana–, responde y le pido que me cuente qué cuelga en su cuello: “mi virgencita, a la que me encomiendo para que me deje llegar con bien a casa. Y esto es un corazoncito –me muestra una piedra roja y sonríe–: me lo dio mi hijo”.

Muy cerca, Guillermo Cruz está vendiendo paletas de caramelo de menta: dos por cinco. Meto mi mano al bolsillo para sacar una moneda y veo su nariz chata a fuerza de puñetazos. ¿Boxeador? Prestigiado peso Mosca en los gimnasios del Centro, Guillermo alegraba a su barrio, Tepito, en cuadriláteros improvisados que alternaba con la brocha gorda para aguantar la vida con unos pesos. Pero la gloria deportiva se le derrumbó de golpe, al agarrar la botella ámbar cuya etiqueta es un campesino que solitario arrea a dos vacas. “Antes de subir al ring, con mis amigos me metía alcohol y ya no podía boxear”.

–¿Qué alcohol?

–Tonayán, el más barato–, inculpa a la bebida de a 25 el litro.

Adiós brocha, uppers, rectos, ganchos. Hola, Plaza de San Fernando, su nuevo hogar, donde también dormía. ¿Y qué reglas hay que cumplir para adquirir la nacionalidad en este pequeño país del tamaño de una manzana, habitado por adictos, jubilados, vagabundos, sexoservidoras? “Borrachos y drogadictos nos respetábamos los unos a los otros. Así era”, se despide Guillermo, que habla en pasado porque jura sumar “10 meses limpio” sobreviviendo por las gracias de sus paletitas de menta.

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El mediodía de verano se llena de música: del coquetísimo carrito de conos, congeladas, sándwiches y paletas de Helados Mega, surge una voz grave. Le pido a María Luisa Pérez, su dueña, se detenga un momento: acerco la oreja a un pequeño altavoz que cuelga de una sombrilla de colores. Una voz canta Tengo miedo de tu amor / y hoy que estoy cerca de ti, mi amor, mi corazón late más / Mi corazón, te entrego yo mi amor / te pido que tú lo aceptes / ¡oh, mi vida, te adoro yo! / Tú eres todo para mí. ¿Alberto Vázquez?, busco adivinar, y ella festeja mi acierto guiñándome el ojo: “canción antigüita pero bonita”, apunta y atiende a un varón encorvado con muchísimos años a cuestas.

–¿En qué lo puedo atender, señor?

–¿Tiene las pequeñitas de mamey?

–Claro que sí.

–¿A cuánto?

–Cuatro, no suben.

–¿Cómo no? Las tenía a 2.50.

María Luisa responde “nooo, siempre han estado a cuatro”, le da un peso de cambio a su cliente, que ya se lleva la mini paleta a la boca aliviado de los calores con su postre de mamey. Aquí no hay azar: la comerciante de 57 años sabe de fríos manjares de arroz, fresa, crema, chocolate, nuez, y también del corazón. En 1978 llegó desde Celaya, su ciudad. Veamos.

–¿Por qué eligió al DF?

–Por necesidad. Allá trabajaba de doméstica, a la señora Diosito se la llevó y su hija vino a vivir acá. Me vine con ella y encontré a mi esposo.

–¿Cómo lo encontró?

–Gateando en la Alameda.

–¿Cómo que gateando?

–Antes nos decían “gatas” a las domésticas.

–No me ha contado cómo conoció a su marido.

–Sonrisita por aquí y allá. Flechazos de domingo–, se ríe.

LEE LA COLUMNA ANTERIOR DE ANÍBAL SANTIAGO: ALGUIEN TIENE QUE GANAR DINERO

Las taquicardias de esos días se volvieron negocio. Su hija les construyó dos carritos de Helados Mega con que marido y mujer pagan su renta en la Guerrero y consienten a sus nietos. Y como en todo negocio, por delante la disciplina.

–¿Cómo es tener de clientes a las personas de esta plaza tan agitada?

–Los tengo educados. Me dicen “Jefa, preste una paleta, luego le paso”. “Con perdón –les digo–. ¿Tienes para una mona (solvente para inhalar) y no para una paleta de a cuatro? ¿Tienes para enviciarte y no para tragar?”. Se los digo así, joven. No presto, se las doy más baratas o se las regalo.

–Disculpe, ¿en cuanto anda una mona?–, le pregunto a ella.

–¡No tengo idea, yo qué sé!–, se carcajea.

–¿Y cómo reaccionan si no les fía?

–Los mariguanos, mis respetos. Me dicen: “Jefa, si tiene un problema con alguien nos avisa”, relata María Luisa, que se despide escabulléndose entre las bolitas de gente aunque se estén pasando mona, Tonayán o lo que sea.

Se va muy tranquila: en la Plaza San Fernando hay delirio, cariño y respeto.

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FOTOS: LULÚ URDAPILLETA

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En sus inicios fue reportero en "Reforma" y otros diarios, después escribió en revistas: "Chilango", "Esquire" y "Newsweek en español", donde hoy hace periodismo narrativo. Ha sido profesor universitario y conductor de televisión. Premio Nacional de Periodismo 2007.