Criadero de cuervos

Como una nauseabunda cascada de desperdicios misteriosos, diversos, indescifrables y repugnantes, los capítulos de la perversidad de Javier Duarte se desploman uno tras otro, y con la fuerza de su corriente colosal nos cubren a todos, de pies a cabeza.

Su poder nos va infectando uno a uno a los mexicanos, ricos, medianos y pobres, a los que el entendimiento no nos alcanza para comprender cómo hizo un solo hombre para burlarse tanto de una sociedad, violar tanto la ley, alcanzar una red de complicidades así de siniestra, inimaginable, voraz, útil para robar todo lo que a su alcance estuviera, y lo que no también.

Si el PRI es una de las universidades de más alto rango planetario en Corrupción y carreras afines, el exgobernador de Veracruz no es sólo un maestro. Es una lumbrera, un gurú, al que hoy los otros sabios de esa universidad —hasta hace poco sus profesores— le quedan enanos. ¿Es posible descifrar la mente de Duarte, esas oscuras conexiones neuronales que lo impulsaban a urdir una tan impresionante máquina de ilegalidad? Más fácil sería recibir el cerebro de Stephen Hawking y pretender desentrañar los enigmas de su genio. Nuestra racionalidad se queda corta. No debe existir el modo de interpretar al monstruo.

Pero sí hay modo de que las acciones del monstruo tengan en lo futuro utilidad educativa. El camposanto que Duarte dejó —con muertos por millares, cárteles todopoderosos, arcas públicas desfalcadas— deberá ser visto como un monumento pedagógico de la corrupción.

Porque Duarte no sólo destruyó o (o favoreció que se aniquilara) a los más humildes —los periodistas asesinados, por ejemplo— sino a sus poderosos hermanos del PRI habituados a la inmoralidad política pero esta vez avasallados por un niño prodigio que creció hasta ser un sorprendente delincuente que dejó en escombros la imagen del partido. ¿Sirve de algo al PRI que el político veracruzano comprara 19 casas en Miami por casi 5 millones de dólares, se construyera con dinero de la Secretaría de Salud estatal un rancho de 223 millones de pesos en Valle de Bravo, o que 280 empresas fantasma le hubieran ayudado a esfumar 700 millones de pesos del erario? Difícilmente.

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Si es real que al PRI le indigna que su imagen esté en ruinas gracias al que fue su gobernador, debe asumir que Duarte ha dejado una magnánima y preciosa obra para entender la corrupción. Y entender la corrupción significa, entre otras cosas, que el PRI se mire al espejo y repase el largo camino que lo llevó a tener ese rostro desfigurado. Hoy que ese partido clama a los cuatro vientos que Duarte debe pagar, que Duarte será capturado, el PRI se olvida que él mismo es su padre. En febrero de 2010, 1600 miembros del PRI reunidos en Xalapa en la Convención de Delegados eligieron por u-na-ni-mi-dad a Javier Duarte como su candidato para gobernar el estado. “Ante el gobernador Fidel Herrera Beltrán, la disciplina priista imperó y en medio del grito de ‘Duarte, Duarte, Duarte’ avalaron su candidatura, por lo que recibió la constancia que lo acredita como tal”, relató hace seis años el diario El Informador. Duarte agradeció a la multitud: “Tenemos a la mejor gente, al mejor partido y los mejores principios”.

Sí, “Duarte, Duarte, Duarte” bramaban los priistas, celebrando a ese hombre que les hablaba de principios. Duarte era el mejor hombre, el más íntegro, el más popular, el mejor preparado, el más avezado, el más honesto. Hoy, tal parece que el papá está horrorizado del hijo.

Que la tricolor Universidad de la Corrupción mire hacia atrás: no hay modo de entender cómo la impudicia de un sujeto antes adorado llegó hasta este punto, pero sí hay modo de revisar cómo educaste a tu hijo y por qué decidiste entregarle todo el poder.

Si criaste un cuervo, repasa su crianza. Quizá desandando el camino te des cuenta que seguir siendo un criadero de cuervos no es tan provechoso para tu país, y para ti tampoco.

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En sus inicios fue reportero en "Reforma" y otros diarios, después escribió en revistas: "Chilango", "Esquire" y "Newsweek en español", donde hoy hace periodismo narrativo. Ha sido profesor universitario y conductor de televisión. Premio Nacional de Periodismo 2007.