El amor en los tiempos del Tinder

 

Hace poco más de un mes, le platiqué a una amiga que V me había echado de su vida. Mi amiga debió haberme visto tan jodido que su mejor consejo fue que entrara al Tinder. “Ahí vas a encontrar a muchas mujeres”, auguró, pero yo solo quería (quiero) encontrarme a V.

Al igual que esas fiestas tristísimas y miserables que organizan para solteros, pensaba que el Tinder era algo así como un contenedor de basura a donde mandaban a los infelices. Pero ahora mi amiga me decía que no, me juraba que el Tinder era muy divertido, hablaba de que el mercado —así se refirió a hombres y mujeres— era enorme, me contaba que ahí fue donde su hermano encontró novia, y me remarcaba que el propósito para que el Tinder había sido creado, hacer amigos, ahora había derivado en una máquina de citas y acostones.

Me sentía tan deprimido que no me opuse a bajar la aplicación en mi celular. Lo primero que hice, por sugerencia de mi amiga, fue buscar una foto de perfil donde lo poco agraciado que soy no se notara al primer vistazo. Recurrí a una que V me tomó en el jardín de su casa, en uno de esos días en que nuestros corazones tenían los mismos planes. En la configuración, seleccioné a mujeres entre los 45 y 35 años, y no fui más allá de los cinco kilómetros de búsqueda. Le di OK y en seguida apareció una especie de catálogo de lo mejor y lo peor del sexo opuesto. Desde el primer día a la fecha, me ha llamado la atención cómo se describen las mujeres: dicen que son auténticas, guapas, trabajadoras, independientes, alegres, dicen practicar el deporte, les gusta viajar, bailar y, casi todas, beben vino tinto, comen quesos y leen. (No dudo de su palabra, solo no entiendo por qué entonces las faltas de ortografía en su perfil).

Las fotos que cuelgan también tienen lo suyo. Están las que presumen sus viajes (si es Europa o Nueva York, mejor); están las que salen en el antro o en la playa; están las que suben de peso de una foto a otra; y no faltan las transgénero, las que enseñan las tetas o el tamaño de su trasero, las que aparecen con amigas (y nunca se sabe quién es la del perfil), o las que se retratan con sus hijos, con sus perros y hasta con sus parejas. Recuerdo haber visto a una que subió las fotos de su boda y en su perfil decía que buscaba al amor de su vida. Otra, que aparecía con el ojo morado, advertía: “Mujeres, mucho cuidado con este hombre, acabó por ponerme una golpiza”, y en seguida mostraba la foto del redomado cabrón. Otra decía: “¡Qué barbaridad!!! Están bien pinches feos, y los disque hombres bien, tienen averiado el cerebro!! así como va a salir uno de la soltería!!!”. Y una más escribió: “Pervertidos y casados, absténgase de darme LIKE”.

De cómo me ha ido en el Tinder no hay mucho qué contar: he hecho match con tres chicas. La primera se escabulló del chat cuando le dije que era reportero y deseaba entrevistarla sobre el Tinder. La segunda quería que le invitara unos tragos; me dio flojera salir a media noche a malgastar mi dinero. Y la tercera.. ¡uf!, estaba más deprimida que yo. Creo que lo menos aburrido del Tinder ha sido ver que por ahí andan unas cuantas amigas, pero de eso no voy a hablar.

El Tinder, en resumen, es como un bar en tu celular a donde llega gente solitaria, vanidosa, pretenciosa, interesante, inútil, amigable, desmadrosa, y un largo etcétera, que quiere ligar, quiere platicar sus penas o que busca desesperadamente a alguien que la ame. No digo que esté mal, es solo que, para mí, el amor en estado puro no está en una aplicación. Qué se le puede hacer: estoy chapado a la antigua.

Es hora de cerrar el Tinder y de escribirle a V para rellenar su silencio.

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Ganó el Premio Gabriel García Márquez en 2013. Es tres veces Premio Nacional de Periodismo en Crónica. Autor de "Gumaro de Dios, el caníbal"; "Placa 36", "Entre perros", "El más buscado" y "Chicas Kaláshnikov y otras crónicas".