Enrique Ochoa Reza y reza…

El dedo divino lo eligió a él, al menos pensado, al que no pintaba en las quinielas para ser el nuevo presidente del PRI. Y vaya que el nuevo dirigente tricolor tendrá que hacer honor a su apellido materno. Ochoa Reza y reza y debe rezar, pues salvar la marca PRI se antoja más complicado que revivir los Blockbuster o lograr un rating alto en Chivas TV (y que conste en actas que soy Chiva).

Y menos si en verdad cree, como ha dicho en sus primeras entrevistas, que el presidente Peña Nieto es el principal activo del PRI. ¿En serio?  Porque una cosa es que deba decir eso de quien lo puso ahí (y antes en la CFE) y otra que pretenda ganar elecciones a partir de esa idea.

Porque de ser así, los rezos tendrán que ser mayores. Y ya ni se diga si piensa, como también ha dicho, que el problema del PRI es que no ha comunicado bien las reformas aprobadas en lo que va del sexenio.

¿A poco habla de la Reforma Educativa que tan de capa caída anda en estas fechas?, ¿o de la energética que nos acaba de recetar un aumento en el precio de la gasolina y de la electricidad industrial?, ¿o acaso está pensando en la fiscal, que sin duda logró quitar dinero a los particulares para dárselo al gobierno, que no ha podido según la IP, aumentar el gasto en inversión?

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Si Ochoa quiere limpiar la marca del PRI no debería dedicar su tiempo a hablar de esas reformas, sino de otra –que nunca llegó– que explica mucho mejor el naufragio del sexenio y es la fallida reforma ética del poder.

Se trata de una que no pasa por nuevas leyes sino por una forma de entender y ejercer los cargos públicos. Una que parece no haberse planteado nunca y que explica la Casa Blanca, la impunidad de Javier Duarte o los despojos de Roberto Borge en Quintana Roo.

Hay que decirlo claro: si el PRI ha perdido, y bien puede salir de Los Pinos en el 2018, no es por un problema de comunicación del programa de gobierno, ni por las reformas, ni por el mal humor social.

La crisis del gobierno y del PRI es simple y sencillamente por la corrupción que ha sido probada y exhibida una y otra vez, y que mientras no sea castigada en serio –con los culpables en la cárcel– no habrá rezos ni nuevos dirigentes que puedan cambiar el negro destino del PRI.