“Pesadill-IMSS”, por @zolliker

Se llama José Luis. Tiene 87 años. Es poeta y está a punto de morir.

Tuvo la fortuna de casarse con el amor de su vida y si bien no tuvo hijos, siempre estuvo rodeado de cariño de amigos y familia, porque es una ley de la vida que quien mucho da, mucho recibe.

Hace algunas semanas, sin embargo, se puso malo.

Como cualquier pensionado, asistió al Seguro Social. Debe estar constipado, le dijeron. Un lavado intestinal y váyase a su casa. ¿No serán necesarios más estudios? Quizás, pero no hay espacio, le expusieron.

A los días, retornó. El mismo problema. Y ahora, el vientre sumamente inflamado y todo él, hinchado. Casi seis horas sentado en la sala de espera con muchísimo dolor, hasta que alguna enfermera de urgencias se compadeció y lo ayudó a subirse a una camilla desocupada.

Lo dejaron ahí en el pasillo, 24 horas.

Al día siguiente, una médico que pasaba, le palpó el vientre. Le ordenó radiografías y estudios de sangre. Está muy mal de sus vitales, tiene el potasio en el suelo, las defensas subiendo, me imagino que se trata de un cáncer que mecánicamente le bloquea el intestino.

Debe estar literalmente, tapado. Se le ha de estar contaminando la sangre.

Su esposa, asustada, pregunta por el tratamiento. Le responden que necesita verlo un gastro, un cirujano, un oncólogo, hacerle una tomografía computarizada y entonces, ver qué procede.

Pero hay un problema: la espera para el tomógrafo es larga. De días.

Vamos a necesitar su autorización escrita en caso de que sea necesario intervenirlo, le sentencian. Sí, sí, lo que sea para que se reponga. Y cuando la mujer va a hacer el complejísimo papeleo administrativo, otro médico pasa y lo da de alta. Usted muy bien puede convalecer en casa.

Dos días pasados, su esposa de ochenta y tantos años y cuarenta y tantos kilos de peso, tuvo que llevarlo cargando con ayuda de un taxista.

Para internarlo, el médico de turno cubre al anterior y sólo tachonea el alta que le dieron. Ay señora, no se apure, no pasa nada, pero hay un pequeñísimo inconveniente: ¡ya perdieron su lugar para el tomógrafo! Y entonces, cuando ella va al área administrativa para quejarse y lidiar con la asfixiante burocracia, llegaron unos médicos y decidieron operarlo.  “Fue a ciegas”, le dijeron después. No teníamos el estudio, pero ya abierto nos dimos cuenta que no se trataba de un tumor como tal, si no una infección muy fuerte que le creó un absceso.

A la semana, cuando recobró la conciencia, la jefa de turno decide que lo mejor es que se vaya de alta médica voluntariamente a fuerza, porque hay una bacteria intrahospitalaria y dice que es mejor que se aleje de ahí.

Lo sacan del cuarto. Lo acuestan en un reposet y le colocan los pies sobre un banquillo. Lléveselo a su casa.

Oiga, aún no está bien, además, ¿quién me lo va a cuidar allá? Yo soy vieja y sola, no puedo ni cambiarle el pañal. Eso, señora mía, es su bronca. Usted hágale como pueda.

Ha pasado casi un mes desde su primer internamiento y el poeta acaba de fallecer.

En su casa. Con las piernas llagadas por falta de movimiento y una decena más de problemas de salud por una cirugía aparentemente mal practicada.

José Luis siempre fue un buen hombre, no merecía ser tratado así, como una bestia, dice la viuda antes de vomitar.

En la semana, reunirá sus últimos libros de poesía.

Tienen un gran contenido espiritual, dice. Le llevará un ejemplar a cada médico y burócrata del IMSS que le hicieron imposible la vida a su marido las últimas semanas.

Ella, siempre propia y educada, se los entregará de mano con una confiada sonrisa, sin decirles que en la primer página, habrá escrita una dedicatoria de su puño y letra: “CHINGUEN A SU MADRE, PESADILL-IMSS”.

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(J. S. ZOLLIKER / @zolliker)