No te metas con Rosa Isela

Vanesa Robles.- En el caso que todavía viva, Alondra debe andar cerca del medio siglo de vida. Pobre, ingenua, morena, redonda, con un rasurado siempre imperfecto, Alondra no alcanzó las cirugías, las depilaciones láser y el glamour que cubre a otras transexuales. Aún así, en 2007, se convirtió, sin proponérselo, en un desafío para las instituciones públicas más tradicionales de Jalisco. Su propósito era –era— recuperar a Rosa Isela: una niña a la que crió durante ocho años. Entonces, el Estado violó la ley y desapareció a la nena, en un galimatías de burocracia y conservadurismo.

Alondra nació hombre por accidente, dice. Su identidad fue de mujer, desde que ella se acuerda. Lee mal y escribe peor. Se cree lo que le dicen. Durante mucho tiempo ha sido trabajadora sexual, pues nadie la contrataba para otra cosa.

La historia de Alondra y Rosa Isela empezó en el municipio de Tala, Jalisco, donde hay un puñado de centros nocturnos. La transexual llegó a uno de esos negocios a bailar y una noche se enamoró de José Manuel Jiménez, albañil asiduo a los bares. Se hicieron pareja. Rosa Isela nació en noviembre de 1997, tras una violación a María del Refugio, una niña trabajadora sexual, a la que no se le permitió abortar. A la madre biológica le urgía encontrarle casa a la bebé. Alondra se acomedió a criarla.

Ante el DIF de Tala, que actuó con más buena fe que conocimiento, ambas hicieron una carta de entrega-recepción de la nena. Ambas pensaron que hacían lo correcto.

En Tala, Rosa Isela superó gripas y calenturones, fue al jardín de niños, al médico, al catecismo y a la primaria, de la mano de Alondra, quien era llamada a las juntas y a los festivales del Día de la Madre.

Nadie se molestaba. Hasta que un día José Manuel las dejó y madre e hija viajaron a Guadalajara, para establecerse aquí. En la ciudad cosmopolita, alguien de buena conciencia las denunció y el DIF Jalisco las separó (Emilio González Márquez gobernaba la entidad).

La excusa fue que no eran una familia: faltaba un padre en casa y a la que fungía como madre la bautizaron con el nombre de Alberto Ávila Vélez. Como desde pequeño quería ser niña, la expulsaron de la escuela y, como no podía hacer más para colaborar con su familia paupérrima, comenzó a prostituirse muy pequeña. Así nació Alondra, bailarina exótica trabajadora sexual y madre amorosa… Hasta que las buenas conciencias de la ciudad le quitaron a su hija. En realidad lo que hicieron: despojaron a Rosa Isela de su madre y la metieron en un orfanato, con otros sin-familia.

Pronto, los peritajes médicos y psicológicos que le practicaron a la niña, revelaron que su integridad sexual y emocional era admirable, y asumía con naturalidad que su madre había nacido como hombre. En cambio, a raíz de su confinamiento en un albergue, Rosa Isela comenzó un deterioro emocional, que le provocó una escara en el mentón, que se mordía por ansiedad.

Sin dinero ni relaciones sociales, Alondra dio la pelea legal por su hija muchos años. Ganó en distintas instancia legales: varios jueces ordenaron al Consejo Estatal de Familia que Rosa Isela volviera con su madre. Rosa Isela nunca apareció otra vez en la vida de Alondra.

No es que la niña tuviera algún valor entre quienes pelearon por mantenerla lejos de una madre transexual. Pronto todos se olvidaron de ella, que vivió por lo menos un año en un albergue y quizás después fue dada en adopción.

Ahí está: los que en los próximos días marcharán por la calle para proclamar a la familia tradicional parecen no estar interesados por ningún niño, por ninguna historia de amor. Exigen respeto y ofrecen soledad, en un hospicio. Prefieren seis mil niños en albergues, antes que en familias diversas.