“Leyes para nadie”, por @FlorMK

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“No, qué cree, no tengo lugar, no hay ni entradas (sic) ‘orita”, dijo el viene-viene de la calle en la que vivo, un hombre maduro y cansino, de pocas palabras, inexpresivo como si los gestos se le hubieran petrificado con lava. Todas las mañanas y hasta la siesta ocupa su puesto en las calles aledañas a mi edificio. Por las tardes viene el relevo, su hijo, acompañado por su mujer, quien no pasa de lanzar miradas amenazantes a los coches que transitan a menos de 20 km por hora, y de cazar aguacates con un palo de escoba del árbol que está frente a mi casa.

Cada día, aquí, se libra una batalla entre vecinos, viene-vienes y valet parking por el paraíso irremediablemente perdido de lo que en teoría se conoce como vía pública. Los vecinos ponen sus propios botes “aparta lugares” o de plano mandan colocar postes de metal, pegados a la banqueta con cemento, que sobresalen impidiendo que cualquier coche pueda estacionarse en un perímetro determinado. Los viene-viene tienen sus espacios gestionados vía mordidas, y los valet parking hacen lo propio cada vez con más astucia, dado que media colonia ha quedado excluida de sus actividades desde la instalación de los parquímetros.

Para muchos inocentes y esperanzados ciudadanos los parquímetros eran la solución. No obstante, tienen lo suyo: sólo 3 pesos de cada 10 que ganan van a la inversión del espacio público: o sea, a arreglar baches y banquetas -cosa que, por cierto, no se ve con frecuencia en las zonas que están a su cargo-: el resto es ganancia pura para quien los gestiona. El segundo punto es aún más escabroso: el destino de los viene-viene.

Uno podría pensar que lo ideal es que sean contratados precisamente por las empresas de parquímetro: el problema es el que explica también la superabundancia de limpia coches en los altos, los ambulantes y demás personajes de la ciudad: sus ganancias son, con creces, más altas en estas actividades absurdas e irregulares, que las que obtendrían trabajando para una empresa.

Y aún más: su actividad, por más ilícita que parezca a nuestros ojos, no lo es. Me explico: aun cuando apropiarse de un pedazo de calle, de vía pública, y cobrar por ella es algo que definitivamente no puede caer bajo ninguna definición de “trabajo”, para el gobierno del Distrito Federal de alguna forma lo es, como me explicó amablemente un funcionario de Honestel (el nombre de este servicio merece un artículo aparte). Los viene-viene son considerados “trabajadores no asalariados” y ahora están regularizándose, es decir volviendo legal su actividad que a todas luces podría parecer lo contrario, un recurso fácil y demagógico para darle solución a algo mucho más complejo: el alto desempleo y los bajos salarios.

¿Qué puede hacer entonces un vecino cansado de desembolsar diariamente diez o veinte pesos para estacionar su coche a la intemperie y sin ninguna seguridad frente a su propia casa? Levantar un reporte en la Delegación, indicando el nombre completo del viene-viene en cuestión. Así, el viene-viene será citado y se le dará la posibilidad de blanquear su situación. A partir de entonces contará con un permiso del gobierno para ejercer la misma actividad, incluso en las misma zona de la que uno hizo la llamada para liberarse de su presencia. No importa que la zona sea pública ni que el predial que se paga contribuya al mantenimiento de la ciudad, no es suficiente para hacer un uso libre de este espacio.

En cuanto a los vecinos que colocan postes para impedir que nadie más que ellos sean dueños de ese trozo de tierra común, sólo queda hacer una denuncia en la delegación y esperar, rogando a los cielos, que los inspectores que vayan a revisar sean incorruptibles.

La sensación de ser un mosquito en un inmenso mundo fuera de control aumenta con las pocas chances que hay de ejercer la ciudadanía y de que se respete esa práctica. Aunque existan los mecanismos para controlar o denunciar lo que no funciona, la misma legislación impide que haya una solución real. Aquí gana el más astuto, sobrevive el más “apto” dentro de este sistema sin soluciones. En el DF se aplica sin consideraciones la ley darwiniana de selección natural.

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 Florencia Molfino es editora y reportera. Escribe sobre arte, arquitectura y sociedad. En la actualidad, prepara una estudio sobre cultura en México.
(FLORENCIA MOLFINO)