El clásico: Mr. Kelly’s

En Insurgentes 337, prácticamente en la esquina con la calle de Durango, se encuentran, desde que tengo uso de razón (y mucho antes de ser Burgerman), las hamburguesas Mr. Kelly’s. De niño recuerdo haber ido muchas veces en las épocas de oro del Tom Boy o del Burger Boy, en aquellos años de la prehistoria en que no habían compañías transnacionales en nuestro país. Creo que, por eso, cuando tienes muy pocas opciones para escoger, te gusta lo que hay.

Entrar al lugar es como un viaje en el tiempo. Tal y como lo recordaba: los mismos colores, el mismo logo, las mismas mesas, el mismo menú gigantesco empotrado en una pared con las letras de aquellas épocas. Las mismas fotos de la comida que no son muy vendedoras (reto a que a alguien se le antoje un hot-dog después de ver el product shot que tienen colgado en una pared).

Pedí la “normal con queso”, que viene con lechuga y jitomate. ¿Qué puedo decir? Hay veces que uno prefiere quedarse con el recuerdo. Aunque el olor y el sabor eran los que recordaba, eso fue lo único placentero. Carne seca y magra. Patties industrializados y probablemente congelados en los que quién sabe dónde quedó la grasita y el sabor intenso de mi infancia. Hecha muy al ‘ahí se va’, carne sin el menor destello de ilusión.

El bollo era igualmente triste: Bimbo cualquiera, del que todo mundo puede conseguir en el súper. Los vegetales tristes e, inclusive, medio pasadones. El queso era como una sugerencia de queso, pues la embarrada fue tan rápida y somera que prácticamente no había. El kétchup rebajadísimo en agua para que rinda más. Mi recuerdo de infancia destrozado. Lo único rescatable es que es muy accesible: barata y, como dice en una pared, sólo cierran el 25 de diciembre, el Viernes Santo y el 1 de enero.

Con todo, algo deben estar haciendo bien para llevar tantos años. Hay mucha gente que las recomienda, pero yo les recomiendo que vayan sólo si de plano no hay de otra.

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