La peculiar historia del campesino abandonado en la ciudad

En el mero final sureño de la Ciudad de México, ya casi en su frontera con el estado de Morelos, está el pueblo de Parres el Guarda. Y ahí, en plena carretera, hay una misteriosa escultura que retrata una escena trágica: una mujer acongojada se cubre el rostro mientras una figura masculina yace inerte sobre su regazo. ¡Zas!

No tiene placa ni está firmada. Los vecinos más viejos del pueblo recuerdan que la pusieron ahí a mediados del siglo pasado, justo frente a lo que era la escuela primaria (que hoy está en otro lado). Le dicen “El monumento a la madre” y la creencia popular es que se trata de un homenaje a algún niño que murió atropellado.

Sin embargo, la obra tiene otro origen. Se llama Campesino sacrificado y es de Francisco Arturo Marín (1907-1979), un tapatío médico de profesión que, en su faceta como artista, rompió con la anatomía clásica e imprimió dramatismo a sus piezas a través de extremidades y gestos exagerados.

Aunque también estaba un poco clavado con el arte prehispánico, que retrató en varias de sus obras. Fue discípulo de Carlos Orozco Romero y Luis Ortiz Monasterio, y llegó a colaborar con Diego Rivera en algunos murales para el edificio de la Secretaría de Educación.

Esta obra, de 1954, fue una comisión de Pedro Ramírez Vázquez para la Secretaría de Educación Pública. A pesar de su importancia, Campesino sacrificado está en el abandono. Los habitantes de Parres e incluso los cronistas de Tlalpan no saben qué onda con ella, pero existe una petición en change.org para reubicarla o por lo menos darle una manita de gato, porque ahí en la carretera nomás está acumulando mugre y en cualquier momento un coche se la lleva de corbata, aunque hasta el momento a la petición no la ido muy bien. Se puede visitar en el kilómetro 39 de la Carretera Federal a Cuernavaca, en el pequeño pueblo de Parres el Guarda, en la delegación Tlalpan.

Compartir
Artículo anteriorLas cárceles, de panzazo
Artículo siguienteTribeca: un premio para tu panza
Estudió Comunicación en la UNAM, pero en realidad aprendió a escribir en los chat rooms noventeros y luego en los blogs. Es tan fan de la Ciudad de México que tiene el mapa del Metro tatuado en el brazo.