Peñón de los Baños, el spa más antiguo de México

A los chilangos nos choca bañarnos fuera de casa —incluso en las regaderas del gimnasio, el depa del amante casual o con los vecinos cuando se acaba el gas—, pero acá hay que hacer una excepción. Todo habitante de la Ciudad de México debería pasar un día consintiéndose en los baños medicinales del Peñón. Si los emperadores aztecas, Maximiliano de Habsburgo, Porfirio Díaz o Pedro Infante se beneficiaron de estas aguas termales, ¿por qué no habrías de hacerlo tú?
Lo atípico de la experiencia empieza con las instalaciones, que están como “incrustadas” en una unidad habitacional. No siempre fue así. La naturaleza puso el manantial y los minerales; lo que ha ido cambiando, junto con la ciudad y los alrededores, es el edificio que los contiene. Llegó a ser muy esplendoroso, sobre todo en el porfiriato, cuando tuvo hotel de lujo y toda la cosa. Hoy el lugar no es elegante pero sí limpio y digno, y conserva un par de muebles coloniales, además de un espejo hermosísimo que, cuenta la leyenda, perteneció a la emperatriz Carlota, por si creías que sólo había en Chapultepec.
La onda es tomar un baño en uno de los cuartos individuales o para parejas y sumergirse en las calientísimas aguas minerales que dejan la piel suave y, según dicen los que trabajan aquí, alivianan o previenen malestares como ciática, lumbago o reumatismo. Después de una hora te sientes como tamal o taco sudado, muy feliz. Se puede rematar con un masaje.
En el jardín trasero hay una capilla franciscana del siglo XVII, tan empolvada como hermosa: la prueba de que los baños vivieron mejores tiempos. La experiencia arquitectónico-espiritual puede ser espiada por los vecinos, cuyas ventanas dan a esta área verde. Ellos pueden presumir que viven en un condominio que, si bien no tiene alberca techada y gym, sí cuenta con un spa único en el mundo y una construcción histórica integrados, ¿quióbo?
Los baños están en bulevar. Puerto Aéreo 46, casi esquina con avenida del Peñón, cerca del Metro Terminal Aérea. Abren todos los días del año (¿qué tal un chapuzón un 16 de septiembre o en Navidad?) de 6 a 20 horas.

(Foto: Lulú Urdapilleta)