Martín Hernández: de la radio a Hollywood

Una noche, mientras editaban Birdman, a Martín Hernández y Alejandro González Iñárritu les dieron las doce, la una, las dos, las tres de la mañana. Estaban revisando una escena cuando el Negro se empezó a quedar dormido.

–Negro… ¡Negro! ¡No te duermas!

–¡No, no, no! A ver, enséñame.

–Bueno, mira…

–Zzzzzz.

Hernández, encargado del diseño de sonido de la película, mandó a Iñárritu a casa y él se quedó chambeando un par de horas más. Era tan tarde que pasó la noche en el sofá del estudio. Tuvo una especie de déjà vu. “El Negro se moría de risa, me decía: ‘¡Te hice regresar a tus épocas de WFM!’”.

DÍAS DE RADIO

Cuando Martín Hernández habla de su paso por WFM y dice que vivía en la estación, no es una licencia poética ni una exageración. “Llegaba el lunes, me iba a bañar el jueves y regresaba el viernes; trabajábamos viernes y sábado. Domingo era mi día libre”, cuenta. Su dieta era una combinación de hamburguesas, tortas y pizzas; comía todo el día para estar prendido.

A pesar de tener un vozarrón que desde el principio pudo haber dictado el rumbo de su carrera, no planeaba convertirse en locutor. Lo que lo fascinaba era el sonido. Desde niño, sus recuerdos son auditivos: la pesada tornamesa de madera que sólo podía alcanzar si se ponía de puntitas; la fricción de la aguja contra el vinilo de Help, de los Beatles; las enormes salas de cine del Roble, del Diana o del Manacar, esas cajas de resonancia donde iba a sentir el sonido de las películas. Después descubrió la música: el soul, el jazz, el progresivo, el rock… y ya no pudo parar.

Por eso, cuando supo que iban a hacer una nueva estación de radio y que estaban buscando voces, corrió a hacer una prueba. No porque soñara con estar frente a un micrófono, sino porque tenía una buena colección de discos y una enorme frustración por no poder escuchar esa música en el anticuado cuadrante nacional.

Le fue bien, así que esa misma tarde le dijo a Alejandro González Inárritu, su amigo y compañero de la Ibero, que también fuera a hacer casting. A pesar de que era tartamudo y que la locutora Charo Fernández –que ya trabajaba ahí– pensó que no tendría chance, a Miguel Alemán Magnani, director de la estación, le gustó la voz y la forma de presentar del Negro, así que le dio la chamba.

“Miguel Alemán es un visionario, creyó en tres personalidades completamente distintas. Tenía 19 años cuando era director de WFM. Era muy sencillo, muy humano y tremendamente creativo. Nos dio libertad, nos dejó equivocarnos y aprender de nuestros errores. Éramos chavos hablándole a los chavos, con sueños que pudimos concretar gracias a nuestra disciplina, a nuestra constancia y a Miguel”, dice Charo.

En WFM no sólo programaban las canciones que les gustaban (de rock en inglés, un género que tenía muy poca difusión en aquel entonces), sino que aprovechaban el espacio entre una y otra para crear otro tipo de mensajes. “Escribíamos algo que hablara de lo que pensaría la estación como si fuera una entidad… y terminó siendo eso, una entidad; fue algo que descubrimos mientras lo hacíamos”. De aquellos spots, que podían hablar de “la ciudad de las combis” o de que no se les había ocurrido nada ese día, los más recordados son los del Pavo asesino, una saga de terror-cómico-mágico-vacilador que se transmitía en fechas navideñas. La serie de volvió de culto, como la estación.

Ni Martín ni Alejandro volvieron a la universidad después de que la radio los engulló. ¿Ya para qué? Habían encontrado el carril de su pasión.

DÍAS DE CINE

Después de haber sido director de WFM y de haber organizado el legendario concierto de Rod Stewart de 1989, en Querétaro, Iñárritu dio el salto a lo audiovisual. Fundó la productora Z Films, junto con Raúl Olvera, para hacer publicidad televisiva. Martín Hernández se les unió para encargarse del sonido. Ahí crearon campañas que se quedaron grabadas en la mente de una generación, como las del banco Bital o los comerciales de Canal 5.

Además de ser negocio, los primeros años de Z fueron una especie de propedéutico para filmar Amores Perros, la ópera prima de Iñárritu, en 1999. Hernández pensó que sería fácil pasar de spots de 30 segundos a un largometraje de dos horas, que la única diferencia sería la duración. “Pero no. Aprendimos a la mala que no… y fue una tragedia”.

Cuando ya se habían acabado el tiempo y el presupuesto, vieron el corte definitivo (según ellos) de Amores Perros. “Era una mierda. La oímos y pensé: ‘Le acabo de dar en la madre a la carrera de mi amigo, ahora sí se fue al carajo’”, recuerda Hernández. Un invitado, ajeno a la producción, dijo “Ésta es una mezcla temporal, ¿verdad?”. Martín respondió: “Sí, claro”, y salió corriendo a remediar el entuerto.

En cuatro días, Martín arregló el sonido. Y aunque los gringos encargados de la mezcla de audio se traumaron después de trabajar con este par de mexicanos locos y nunca más volvieron a hacer cine, Amores Perros sonó muy bien. Y le fue mejor.

DÍAS DE GLORIA

Quince años después, Martín Hernández ha hecho el sonido de más de 30 largometrajes –entre ellos, los cinco de Iñárritu– y hoy está nominado a un Oscar por Birdman, por ese trabajo que implicó desvelos y dormir en un sofá lejos de casa, como cuando era un veinteañero que se pasoneaba con carbohidratos y música.

Y así como nunca soñó con ser uno de los comunicadores que revolucionaría la forma de hacer y escuchar radio en México, no está muy seguro de cómo llegó ahí, a la víspera de los premios de la Academia, con su país echándole porras. “Esto no lo escoges, así sucede, es una concatenación de eventos que te van llevando a que te siga gustando la música, a que te siga gustando el cine. Cuando era estudiante me decían: ‘¿Qué vas a hacer? ¿En qué vas a trabajar?’. Yo decía ‘No sé’. A la fecha no lo sé. Hago lo que tengo que hacer todos los días, trato de que no salga tan mal, trato de aplicar lo que he aprendido… pero la verdad es no hay una certeza. Es un acto de fe”.

(Tamara De Anda)

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Estudió Comunicación en la UNAM, pero en realidad aprendió a escribir en los chat rooms noventeros y luego en los blogs. Es tan fan de la Ciudad de México que tiene el mapa del Metro tatuado en el brazo.