Alguien tiene que ganar dinero

Nunca observé en calma, con detenimiento y esmero, todo lo que hay en la esquina de casa. Pero el paisaje, a fuerza de mirarlo mañana, tarde y noche, está grabado en cada pliegue de mi corteza cerebral.

El edificio de enfrente, con sus nueve pisos de ladrillo gris, me roba carradas de luz y desde lo alto vomita montones de conexiones de Cablevisión que como lianas negras asaltan la fachada. Delante de mi balcón, un transformador de la CFE estalla cada tanto y aunque sus detonaciones aún no carbonizan mi departamento me pregunto si su radiación no mutará mis genes y un día me despertaré con la novedad de que una tercer oreja me nació en la planta del pie.

Después, si miras las azoteas, el paisaje se completa con los vecinos míos y tuyos: una marcha de extraterrestres rojos, las antenitas de Dish.

También hay un árbol magnífico y algo más: la banqueta. Nunca saqué la lupa para saborear sus asperezas, sus estrías, sus rajadas, su “Domitila, te amo. Atte. Lucio”, las huellas del perrito juguetón que databan del mismísimo día inmemorial de 1976 o por ahí en que pusieron la cama de cemento.

Es cierto, nada de eso hice pero tengo la irrefutable certeza de que era casi tan tersa como la piel de Brook Shields en 1980: si acaso la banqueta tenía las arrugas comprensibles del tiempo, sus carismáticas líneas de expresión. En todo caso, nada que justificara un lifting profundo, menos una costosa, dolorosa y traumática liposucción de cemento.

Pero ni eso bastó para que una de estas mañanas saliera de mi edificio en la colonia Del Valle y viera a una cuadrilla delegacional destruyendo con rabia la vereda. “¿Qué hacen?”, pregunté. “Vamos a cambiarla”, dijo uno. “¿Para qué si no tiene nada?” “Orden de la delegación”, añadió otro y entonces un trabajador de bigote, gorrita, manos en jarra y mirada sabia se apoyó en su pala con cara de cansancio y nos llenó de luz: “¿Quiere que le diga por qué es necesario cambiar la banqueta?”, lanzó. “¿Por qué?”, dije. “Porque alguien tiene que ganar dinero”.

Durante dos días estuvieron duro y dale sudando y machacando el concreto rebelde; no con modernos martillos neumáticos demoledores, sino a pico y pala, como si la obra se financiara con el presupuesto del municipio de Tuxcacuesco y no con el de la altiva, acaudalada y aristocrática delegación Benito Juárez, tierra del ya mítico Lord Audi.

“Paciencia”, me dije, y paciente fui cuando a la tarde vi que a la rampa del estacionamiento colectivo la bloqueaban tres grandes montañas de cascajo (mi vieja y amada vereda) que me impedían sacar mi desvencijado automotor. “Mañana las quitarán”, me convencí, pero llegó mañana y nada. “No importa, usaré Metrobús”, me tranquilicé, pensando que el trasfondo del bloqueo era ecológico (igual de cordial hubiera sido que la delegación ponchara las llantas de todos los autos del rumbo para proteger a nuestros pulmones y encinos).

Pasaron los días y las montañas de cascajo ya eran un basurero espontáneo. Los peatones pasaban y generosos añadían su toque a la instalación de arte contemporáneo con un empaque de Takis, un vaso de Starbucks, un bote de Peñafiel con twist de limón, una cascarita de mandarina, con suerte una bolsita con pañal.

En ese momento, cuando las montañas de cascajo ya comenzaban a despedir un delicado buqué por la humedad de las lluvias sobre los desperdicios, caminé por el barrio para hallar a la cuadrilla y preguntar si algún camión de redilas se llevaría las montañas que bloqueaban la rampa. “Ahorita la delegación no tiene camiones disponibles”, adujo uno que reventaba otra banqueta.

Las montañas (y su querida basura) desaparecieron a la semana.

LEE LA COLUMNA ANTERIOR DE ANÍBAL SANTIAGO: MATO, BAILO, CANTO Y TE DIGO “ACÉRCATE”

Hoy, la Colonia del Valle es un fantástico territorio de banquetas levantadas. Aún vemos orgullosos por aquí y allá montañas de cemento sano pero ya triturado, y en muchos rincones cascajo abandonado al borde de la calle que permanecerá hasta el año 2243 D.C. y que será parte de los vestigios que los antropólogos del futuro usarán para reconstruir la historia de la región.

Curioseando en Internet, me encontré esta preciosura del periodista Ernesto Visconti, sobre dos presidentes municipales que platican.

“No compadre, mi municipio ta muy fregao, no hay dinero, estoy batallando hasta pa la nómina. -Compadre pos no batalles, ¡haz obra! –Pos no te digo que no tengo dinero, ¿con qué hago obra? –Pos por eso, mira… haz un proyecto de remodelación fregón, involucra a la iniciativa privada y a la sociedad civil, solicita un crédito al Gobierno del Estado, a una financiera; sobra quien te preste. -¿Y luego? – ¿Cómo… y luego?, pos nomás con la pura licitación te quedas del 15 al 20% del costo inflado de la obra; haces derrama económica y dejas bonito el pueblo. -No compadre; sabes, yo no quiero tomar dinero del pueblo. -¡Má!, ¿pos luego con qué piensas pagar los gastos de tu candidatura a diputado? –Pos sí verdá (…) yo así le estoy haciendo y no hay parque que se me pase de pintarlo, aunque esté buena todavía la pintura. – ¡Ah qué compadre! – ¡Má, pos luego!”.

Hoy, antes de escribir esto, me dije “voy a contemplar mi nueva banqueta”. Bajé y le vi sus chichones de cemento, sus huellas de perrito juguetón, sus cuarteaduras recién estrenadas. Y al árbol de la esquina lo rodea en la parte baja de su tronco, sobre las raíces, una nada despreciable cantidad de cascajo de mi vieja vereda: seguro la delegación lo dejó ahí porque servirá de abono para que crezca grande, verde, frondoso y lo pueblen pájaros de colores.

Subí a casa mientras resonaba en mi mente la frase de un presidente municipal (o un delegado): ¡Pos haz obra, compadre!